Hay momentos en la vida donde el mundo parece acelerarse. El calendario marca el avance de los proyectos en el campo, la rutina de un matrimonio de años y la inminencia de un fin que, como creyente, siento respirarme en la nuca. Pero en medio de esa carrera, la vida decidió ponerme un espejo frente a frente en el lugar menos esperado: una silla de barbería.
La Génesis: Magnesio y Profecías
Todo comenzó en septiembre de 2025. Al principio, Santiago era solo "el barbero". Nuestra conexión nació de lo práctico: un número de teléfono, una recomendación de magnesio para su salud, un enlace a mi canal de YouTube. "Me gustaría ver tu contenido", me dijo. Y lo que empezó como una cortesía se convirtió en el primer hilo de seda que nos unió.
Él empezó a asomarse a mi mundo espiritual y yo al suyo, lleno de arte y optimismo. Compartimos fotos de mis perras, quejas sobre el trabajo tóxico y charlas sobre arepas al amanecer. Santiago tenía el don de la validación; me hacía sentir "de revista", me recordaba que a mis 37 años aún había mucha luz por dar. Yo, en cambio, veía en él un alma sensible, un artista con bloqueos que buscaba desesperadamente una señal de Dios.
El Terremoto: El Vapor y la Verdad
Lo que empezó como una mentoría espiritual se fue tiñendo de una complicidad eléctrica. Las conversaciones de "Bro" pasaron a ser confesiones de necesidad mutua. Nos bautizamos como "SugarFriend" y "SweetiePie", un juego de palabras que escondía un hambre emocional que ambos compartíamos.
El lunes 26 de enero de 2026, el muro se derrumbó. En el vapor de un turco y la quietud de una piscina, la distancia física se desintegró. Santiago me confesó que moría por besarme. Resistí cuanto pude, tratando de proteger mi paz y la suya, pero en los baños de Comfama, el deseo gritó más fuerte que la razón. Nos besamos con una pasión que no recordaba que existiera en mi cuerpo. Fueron treinta minutos perdidos en el tiempo, una conexión de almas que se reconocían en el lugar equivocado.
La Noche de las Máscaras Caídas
La semana siguiente fue un carrusel de agonía y éxtasis. Santiago se convirtió en mi "kriptonita". Planeamos una noche de cine en su casa para vernos "en nuestra privacidad". Sin embargo, el destino nos obligó a mirar la realidad de frente cuando mi esposo, Sebastián, sacó cita con él. Santiago se quebró: "No encajo en tu mundo... me siento terrible mintiéndome".
Esa noche, bajo un ataque de ansiedad, Santiago buscó a Dios y yo lo busqué a él. Terminamos durmiendo juntos, refugiados en un abrazo que intentaba detener el tiempo. Al día siguiente, Santiago soñó con un pastel blanco en un auditorio; un pastel delicioso que se echaba a perder si intentábamos robarlo. Entendí el mensaje: nuestro amor era ese pastel, y yo no era digno de él mientras mi suelo estuviera contaminado por la mentira.
El Cierre: El Amor como Renuncia
Impulsado por esa verdad, el 5 de febrero tuve la conversación más difícil de mi vida. Le confesé a Sebastián que llevaba años muerto por dentro, que me había desconectado y que había alguien más. La honestidad dolió, pero me devolvió la respiración. Por primera vez en mucho tiempo, dejé de fingir.
Sin embargo, el amor real no se trata solo de querer poseer, sino de querer bien. El domingo 8 de febrero, Santiago, con una madurez que me desarmó, me pidió una pausa. "Te quiero sano, Juanse... lo más amoroso que podemos hacer es darnos un tiempo".
Hoy, 9 de febrero de 2026, a las 4:11 a. m., le entregué mi adiós temporal. Acepté el desierto. Me alejo de él no por falta de sentimientos, sino porque lo quiero tanto que prefiero que me olvide antes que marchitarse esperando las migajas de un hombre que aún debe resolver sus ruinas.
El Hoy: El Silencio y el Desierto
Hoy Santiago me ha eliminado de sus contactos. El golpe es seco y profundo. Sé que es su forma de sobrevivir, de no flaquear ante el deseo de escribirme. Duele, claro que duele, pero también me regala el silencio necesario para empezar mi periodo de prueba matrimonial.
Hoy empiezo un desierto en solitario. Debo limpiar el suelo de mi vida, resolver lo que queda de mi matrimonio y descubrir quién soy después de este terremoto. Santiago me devolvió las ganas de amar, y aunque hoy no esté a un clic de distancia, ese fuego se queda conmigo como una promesa de que, algún día, podré amar desde la libertad absoluta.
Te llevo en el alma, mi niño de la luz. Gracias por recordarme que estoy vivo.
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