jueves, 7 de mayo de 2026

1 Dia despues de tocar fondo



Santiago, este es ud, no soy yo, yo sigo orando porque ud pueda sanar su corazón, y esa es su rabia y su ira que al final no que quise quedar, aunque ud se esforzó por fingir realmente alguien que no era y esa es mi descepción mas grande y mi desilusión, siento rabia pero no con ud, ud al final es un muchacho joven con mucho por aprender de la vida, pero yo, yo soy un tipo de 38 años que ingenuamente creyó en sus palabras y en las buenas intenciones que prometía tener, yo no quise construir con ud, porque me di cuenta lo que ud lleva en el interior, la clase de persona que es, lo lejos que esta de poder llegar a ser un buen compañero de vida, y si me equivoque, porque alargué de más algo que percibí al poco tiempo de haber abierto esa puerta que me trajo hasta aqui, a permitir nuevamente que una persona con tantas heridas, tantos resentimientos, tan lleno de ira y de dolor y guerra en su interior se llevara mi paz, intentara parasitar las cosas bonitas que ofrezco, mi luz, mi tranquilidad, mi estabilidad. 

Ud trajo a mi vida caos, amargura, rabia, ira, violencia, dolor, ansiedad, falta de principios, mentiras, pecado, pero no tiene la madurez suficiente para asumirlo, para hacerse responsable de sus actos, yo no necesito a ud denigrarlo o humillarlo, ni dedicarme a mandar indirectas en redes para validar quien soy, pero que triste que ud si necesita denigrar al otro para poderse sentir bien con ud mismo, porque no es capaz de soportar su propia verdad. Yo no le mentí cuando le dije que lo amaba, porque lo amé, pero por fortuna del cielo, y por misericordia de Dios, abrí los ojos rapidamente y ud me mostró poco a poco el verdadero ser que lleva por dentro y que esconde con esas máscaras de cordialidad y ternura, ud no puede ofrecer amor real, porque no lo tiene, eso es lo que ud puede ofrecer, pasión, sexo, ansiedad, demanda constante de atención, de validación, porque no tiene autoestima, y su odio hacia mi es que no pudo usar lo que seguro le ha funcionado otras veces con otras personas en el pasado conmigo. 

No me quede porque ya no quise, no quise compartir mi vida al lado de alguien que era capaz de mentirme, de decirme cosas lindas para luego humillarme y herirme en lo mas profundo solo porque no respondía al afán y al capricho, no iba a destruir toda mi vida por la ilusión que muy pronto se desvaneció, y cuando me di cuenta me quedé un tiempo para tratar de asegurarme si no eran mis miedos los que me estaban haciendo ver el monstruo que se esconde debajo de su piel de cordero, como me dijo.

Pero ud demostró quien es realmente, nadie tuvo que contarmelo, no tuve que adivinarlo, ud solo se encargo de quitarse su mascara, y lo que ví me hizo cerrar completamente la puerta a cualquier oportunidad de si quiera volver a cruzar palabra. Siento mucho que ud se sienta asi por dentro, porque si efectivamente su karma es ud mismo, su soledad, su amargura, su incapacidad de tener relaciones reales, sinceras, duraderas, ud no tiene las herramientas para sostener ninguna relación, porque hiere, porque demanda, porque quiere controlar al otro, quiere convertirlo en su esclavo, en su dependiente emocional, me aterra pensar lo cerca que estuve de arruinar toda mi vida por una mentira tan grande, hubiera comido mierda, asi como ud me mando a comer mierda, no tenia que ir a ninguna parte a buscarla, porque me la comí toda con ud, a mi no me importa lo que ud opine de mi, porque es claro que de los dos, el que mas ha sentido la perdida es ud, de lo contrario no necesitaria andar a diario posteando su rabia y su veneno, no se con que intenciones, seguro porque sabe que de pronto lo voy a leer, pero tampoco me importa, yo espero que nunca mas aparezca en mi vida, yo cerré la puerta completamente, ud ya es un hombre adulto no es ningún niño asi que es perfectamente consciente de lo que hace y lo que dice, que triste Santiago que ud repita el mismo patrón una y otra vez con sus relaciones sentimentales, y sus amistades, todos somos malos, ud es la victima, ojala se cuestione esa narrativa, porque cuando todos somos los malos y nos hemos ido de su vida, el factor común es ud, cuestionese ud mismo si realmente los demás somos los que hemos hecho daño o tal vez ud nos ha herido tanto que preferimos alejarnos de su vida.

No siento el haberme ido, no quiero saber nada de ud, ud puede opinar de mi lo que le plazca, pero eso demuestra de que estamos hechos cada uno, yo no necesito hacer nada de esas cosas, no necesito convertirlo en nada, ni siquiera en un recuerdo, yo soy quien soy y por eso le duele tanto que me haya ido, porque nadie le va a borrar a ud de su corazón la paz y la luz que yo traje a su vida y que ud perdió con todo lo que hizo y su comportamiento nefasto, violento, humillativo, irascible, porque si Santiago el unico responsable de mi ausencia en su vida, es ud, ud no quiere y no es capaz de admitir esa verdad porque ud necesita autoconvencerse de su mentira, yo me fui en paz, no me arrepiento de nada de lo que le dije porque es la verdad, al final eso fue lo que encontré en ud, alguien sin principios, sin respeto por el otro, lleno de violencia, de amargura, intenso, tóxico, inmaduro, falso, manipulador, que me engaño completamente haciendome creer que era alguien que nunca fue en realidad, ud fue un espejismo, un reflejo, una lección de vida, nada va a cambiar mi esencia ni mi realidad, ni la paz, ni el amor que llevo por dentro, todas esas palabras son para ud, esas palabras que ud cree que me esta dedicando, lealas, lealas con conciencia, ud arrastra su miseria a cada vinculo, ud miente sobre ud mismo y finge hasta perderse, manipula y cambia de versión a conveniencia, se enamora de quien le da un minimo de atención y le llama destino, se enamoró de mi solo porque fui amable y quise compartirle la luz que habia en mi vida, ud no se respeta, no respeta los vinculos ajenos, ud no le importa ser el otro si eso significa recibir cariño y atención, arruinó este amor con su actitud, todos somos culpables y victimarios en su versión retorcida de la vida, ese es su karma Santiago. Su pobreza viene del espiritu, porque esta vacío por dentro, ojalá algún dia encuentre la luz, porque mientras camine en esa oscuridad la historia se va a repetir en su vida una y otra vez.

Yo me voy y me voy tranquilo, recupero mi vida la que estuve a punto de destruir por sus mentiras y engaños, me voy al amor que nunca debi herir, a mi hogar tranquilo, a mis oraciones matutinas, a la bendicion de la paz y el perdón que encuentro cada día en mi Dios, sigo orando por ud, no le guardo rencor, tengo rabia por sus palabras pero yo no soy un resentido, pronto olvidaré todo esto, incluida su voz, su rostro y todo lo que ud pudo haber significado para mi, que Dios lo acompañe le deseo bien Santiago porque muy a diferencia de ud, yo no tengo porque dañar para sentirme aliviado, no tengo que herir para sanar, no tengo que destruir a nadie para construirme, y por favor le pido nunca, nunca mas vuelva a escribirme o a buscarme, no quiero volver a saber absolutamente nada de ud, que Dios le acompañe. Dios tenga misericordia y le ayude a madurar. Ud no me merece, y núnca jamas una persona como yo va a estar con una persona en sus condiciones emocionales y espirituales. Muchos exitos Santiago.





miércoles, 6 de mayo de 2026

50 dias despues de la despedida - Tocamos fondo / cierre definitivo.

Hoy entiendo que lo que viví con Santiago no fue una mentira. Y aceptar eso también implica aceptar algo mucho más incómodo: tampoco fue suficiente.

La historia comenzó como comienzan muchas relaciones que nacen desde la necesidad emocional de ser vistos. No empezó desde la estabilidad. No empezó desde dos personas completamente sanas que decidieron construir con calma. Empezó desde el hambre afectiva, desde heridas abiertas, desde la ilusión de encontrar en otro un lugar seguro donde descansar el corazón.

Y eso fue exactamente lo que sentí al principio.

Santiago llegó a mi vida en un momento donde emocionalmente yo estaba agotado, confundido, roto en muchas partes que ni siquiera entendía del todo. Y él apareció con atención, deseo, intensidad, validación, cercanía, admiración, ternura. Me hizo sentir visto otra vez. Deseado otra vez. Vivo otra vez.

Poco a poco comenzamos a construir una intimidad emocional muy fuerte. Los mensajes empezaron a llenarse de palabras bonitas, de ilusión, de coqueteo, de cariño, de pequeños rituales emocionales que sin darnos cuenta fueron creando apego. Empezamos a hablarnos como pareja mucho antes de tener una relación realmente estable.

Y ahí estuvo uno de mis primeros errores.

Abrí emocionalmente un vínculo muy profundo sin tener resuelta mi propia vida interior.

Porque aunque yo sentía cosas reales por Santiago, la realidad es que yo todavía estaba dividido emocionalmente. Seguía tratando de sostener otras responsabilidades emocionales, otras relaciones, otros dolores, otras culpas. Una parte de mí quería correr hacia Santiago y vivir todo lo que sentía. Otra parte sabía que mi vida todavía era un caos y que yo no estaba listo para sostener una relación tan intensa.

Pero no fui capaz de detener el vínculo antes de que creciera demasiado.

Y cuando uno no pone límites a tiempo, las emociones toman velocidad más rápido que la madurez emocional necesaria para sostenerlas.

Comenzamos a idealizarnos mutuamente.

Yo empecé a ver a Santiago como un refugio emocional. Como una conexión distinta. Como alguien que despertaba partes de mí que llevaban mucho tiempo dormidas. Y creo que él también comenzó a verme como una figura emocional muy importante dentro de su vida. Poco a poco dejamos de relacionarnos desde la realidad y comenzamos a relacionarnos desde la fantasía emocional.

El problema de la fantasía es que siempre termina chocando contra la realidad.

Y nuestra realidad era complicada.

Yo necesitaba tiempo, espacio, orden emocional. Necesitaba resolver cosas internas y externas antes de poder entregar estabilidad a otra persona. Pero Santiago necesitaba certeza. Necesitaba sentirse elegido. Necesitaba claridad emocional constante. Necesitaba sentir que avanzábamos hacia algo concreto.

Y ahí comenzó el patrón que terminó destruyéndonos.

Él sentía mi ambivalencia como rechazo.
Yo sentía su necesidad constante de certeza como presión emocional.

Entonces empezábamos a girar en ciclos.

Él pedía claridad.
Yo intentaba explicar.
Él seguía sintiendo inseguridad.
Yo me agotaba emocionalmente.
Él explotaba.
Yo intentaba contener.
Y finalmente me retiraba cuando la conversación cruzaba límites que yo no podía tolerar.

Ese patrón ocurrió más de una vez.

Y durante mucho tiempo traté de justificarlo porque entendía que su dolor venía de sentirse inseguro, confundido o no elegido completamente. Y sí, objetivamente mi ambivalencia alimentó muchas de esas heridas. Yo enviaba señales contradictorias:
te amo, pero dame tiempo.
quiero construir contigo, pero no ahora.
siento mucho por ti, pero necesito espacio.
sí quiero, pero todavía no puedo.

Aunque mis sentimientos eran reales, emocionalmente eso generaba muchísima incertidumbre.

Y la incertidumbre sostenida destruye a las personas ansiosas emocionalmente.

Pero también tuve que aceptar algo muy importante: entender el origen del dolor de alguien no significa que deba aceptar el maltrato que nace de ese dolor.

Porque las discusiones comenzaron a escalar cada vez más.

Ya no eran conversaciones difíciles.
Se convertían en ataques.

Santiago empezaba a desregularse emocionalmente, a decir cosas hirientes, a cuestionar mi carácter, mi moral, mis intenciones. Y yo, aunque al principio intentaba contener, explicar y sostener la conversación, llegaba a un punto donde mi sistema emocional simplemente colapsaba.

Porque hay algo dentro de mí que no puede tolerar sentirse humillado para conservar amor.

Y eso también tiene raíces profundas en mi historia.

Creo que en el fondo, muchas veces me quedé tratando de salvar el vínculo porque tenía miedo de que retirarme significara abandonar a alguien que amaba. Pero poco a poco entendí que permanecer dentro de dinámicas donde mi dignidad emocional comenzaba a deteriorarse también me estaba destruyendo a mí.

La pelea final del 6 de mayo no fue realmente el momento donde murió la relación.

La relación ya venía muriendo lentamente desde antes.

El 6 de mayo simplemente fue el día donde ambos dejamos de sostener la ilusión de que todavía podíamos volver a la versión bonita e idealizada que habíamos construido al principio.

Ese día ya no hablábamos desde el amor.
Hablábamos desde el agotamiento.

Santiago explotó desde el dolor, la frustración y la sensación de abandono.
Yo respondí desde el cansancio, la desilusión y la necesidad de protegerme.

Y terminamos destruyéndonos verbalmente.

Nos dijimos cosas que nacieron más del dolor que de la verdad absoluta. Y eso fue lo más triste de todo: ver cómo dos personas que genuinamente se quisieron terminaron convirtiéndose en una fuente de sufrimiento mutuo.

Hoy entiendo que ninguno de los dos era completamente el villano ni completamente la víctima.

Éramos dos personas heridas intentando amar sin tener todavía todas las herramientas necesarias para hacerlo de forma sana.

Y esa es probablemente una de las lecciones más importantes que me deja esta historia:

El amor no basta cuando las heridas son más grandes que la capacidad emocional de sostener el vínculo.

También entendí que no puedo volver a abrir relaciones tan profundas mientras siga emocionalmente dividido o confundido. No puedo volver a permitir que la intensidad emocional avance más rápido que la estabilidad real. No puedo seguir usando el amor como refugio psicológico mientras mi vida interior siga desordenada.

Necesito aprender a identificar señales tempranas:

  • ansiedad relacional constante,
  • necesidad excesiva de validación,
  • ciclos de acercamiento y alejamiento,
  • discusiones que escalan demasiado rápido,
  • miedo constante a perder al otro,
  • sensación de agotamiento emocional frecuente,
  • necesidad de justificarme repetidamente,
  • ataques personales durante conflictos.

Porque cuando una relación comienza a funcionar desde la regulación emocional mutua y no desde la libertad emocional, el vínculo lentamente deja de ser amor y empieza a convertirse en dependencia.

Y la dependencia emocional termina destruyendo incluso sentimientos reales.

También debo aprender algo muy importante:
no debo romantizar el sufrimiento emocional como prueba de profundidad.

Las relaciones intensas no necesariamente son relaciones sanas.

A veces el caos emocional se siente profundo simplemente porque activa heridas viejas muy fuertes.

Y quiero aprender a amar distinto.

Quiero aprender a construir vínculos donde pueda existir:

  • claridad,
  • estabilidad,
  • comunicación,
  • regulación emocional,
  • respeto incluso durante el conflicto,
  • seguridad emocional,
  • espacio individual,
  • y dignidad mutua.

Porque hoy entiendo algo que me costó muchísimo aceptar:

El amor verdadero no debería obligarme a sobrevivir emocionalmente dentro de la relación.

Adios Santiago, hoy me prometo núnca más apareceré en tu vida, no sé si vuelvas a aparecer tu en la mía pero si llega a suceder te prometo que vas a encontrar la puerta cerrada con llave. 


domingo, 12 de abril de 2026

25 días despues de las despedida - Anatomia del Desapego

 Llevo dos días atrapado en un bucle mental del que no logro salir. Cometí el error de romper mi propia regla: entré a su Instagram. Lo que encontré fue un golpe seco, una puesta en escena de su dolor convertida en agresión simbólica. En uno de sus estados, Santiago le pedía a un amigo que lo llevara a un cementerio para fingir que lloraba mi muerte. Me duele profundamente que necesite "matarme" en su narrativa para poder cerrar su historia. Siento que me faltan las fuerzas; estoy soportando una presión emocional que me está agotando, pero sigo aquí, de pie, intentando procesar lo que parece un naufragio emocional.

Me enamoré de Santiago. Es un hecho que no puedo ni quiero negar, pero sé que lo correcto ahora es tomar decisiones sin dualidades, sin esas medias tintas que solo prolongan la agonía. Mi matrimonio con Sebas merece dignidad y respeto; son doce años de compromiso que no puedo simplemente incinerar para salir corriendo detrás de una intensidad que hoy reconozco como inestable. Entiendo que debo esperar a que esta marea emocional baje para saber, con la cabeza fría, si deseo continuar con mi matrimonio. Siento que no es lo que Dios quiere para mí, ni tampoco tengo certeza de que Santiago sea mi destino. Sigo sin entender del todo por qué sucedió esto o qué lección hay detrás de tanto daño, pero a ratos la sensación de injusticia conmigo mismo es abrumadora.

Al analizarlo con frialdad, me doy cuenta de que este dolor no es solo por "amor". Es una abstinencia neuroquímica. Santiago activó en mí un mapa emocional que llevaba tiempo dormido: la validación profunda, la intensidad de ser elegido y deseado con una contundencia que me hizo sentir único. Hubo una conexión que no solo fue afectiva, sino corporal y simbólica; la sensación de entrega absoluta, de soltar el control y ser poseído, me generó un enganche que hoy identifico como una mezcla de dopamina y validación de mi propio valor. Él tocó mis vacíos internos y mis necesidades de ser visto en un momento en que yo era vulnerable a ese tipo de impacto.

Sin embargo, el episodio del cementerio me ha servido como un "baño de realidad". No fue un acto de amor, fue manipulación emocional y castigo simbólico. Entiendo ahora que si hubiera insistido en esa relación, me habría hundido en una dinámica de drama extremo y desregulación emocional. Santiago me daba picos de euforia, pero carecía de la estabilidad necesaria para construir algo sólido. No era una relación que construía, sino una que consumía. He comprendido que no extraño a Santiago como hombre completo, sino a la versión de mí mismo que aparecía cuando estaba con él: alguien validado, intenso y libre de cargas.

Hoy cierro esta entrada con una certeza que me libera: si existiera una persona madura, estable y coherente que me hiciera sentir exactamente lo mismo, Santiago no tendría lugar en mi mente. Por lo tanto, Santiago no es mi destino ni mi "gran amor perdido"; fue el catalizador que reveló mis necesidades no resueltas. Mi tarea ahora no es buscarlo a él, sino integrar esa intensidad y esa validación en mi propia vida de forma sana. No necesito respuestas hoy, necesito estabilidad. No estoy eligiendo, estoy reaccionando, y no volveré a tomar una decisión hasta que la paz sea mi único norte.

lunes, 6 de abril de 2026

19 dias despues de la despedida - Mi responsabilidad

 Yo tengo que admitir que abrí una puerta que no debía abrir en las condiciones en las que estaba. Me involucré con Santiago cuando mi vida ya estaba comprometida, cuando yo no estaba libre, cuando ya había una realidad moral, afectiva y espiritual desordenada que no había resuelto. No fui un hombre disponible. No fui un hombre claro. No fui un hombre entero. Y aun así dejé entrar a otra persona a un lugar íntimo de mi vida como si tuviera algo estable que ofrecer, cuando por dentro yo ya estaba fracturado.

Tengo que reconocer que sí amé, pero también tengo que reconocer que no solo amé. También busqué refugio. Busqué consuelo. Busqué validación. Busqué descanso emocional en medio de mi caos. Y ahí estuvo uno de mis errores más grandes: convertí a una persona real, con corazón, ilusiones y vulnerabilidad, en un lugar donde yo también descansaba de mí mismo. Eso es demasiado peso para poner sobre alguien. Porque cuando una persona se vuelve amor y refugio al mismo tiempo, uno corre el riesgo de aferrarse a ella no solo porque la ama, sino porque le calma el ruido interior. Y cuando luego uno descubre que no puede sostener esa relación, el daño que deja no es pequeño.

También tengo que admitir que fui ambivalente. Le di cercanía, afecto, ilusión, ternura y lenguaje de amor a Santiago, mientras por dentro seguía dividido, culpable, confundido y sin resolver el lugar real que esa relación podía tener en mi vida. Eso fue injusto. Aunque mis sentimientos fueran sinceros, no basta con que algo sea sentido para que sea correcto. Yo alimenté un vínculo que no estaba en condiciones de sostener limpiamente. Le di verdad emocional a algo que estructuralmente estaba roto. Y esa contradicción terminó lastimándolo.

Tengo que reconocer que tardé demasiado en hacer lo que tenía que hacer. Vi las señales. Sentí la culpa. Sentí la ansiedad. Sentí la presión. Sentí que me estaba rompiendo. Y aun así seguí ahí más tiempo del que debía. Seguí intentando encontrar una salida menos dolorosa, una forma de no perderlo, una manera de no verme a mí mismo como el que destruyó todo. Pero la verdad es que mientras más tardé en cortar, más grande hice la herida. Mi demora no fue amor maduro. Mi demora fue debilidad, miedo, apego y resistencia a enfrentar las consecuencias de mis propias decisiones.

Tengo que admitir también que, en muchos momentos, todo giró alrededor de mi conflicto interno. Mi culpa, mi crisis espiritual, mi sensación de estar perdido, mi dolor, mi quiebre. Todo eso era real, pero también es cierto que otra persona terminó atrapada dentro de ese torbellino. Aunque yo no quisiera manipular, el resultado fue que Santiago quedó metido dentro de una historia donde mi caos interior marcaba el ritmo de la relación. Y eso no era justo. Una relación no puede construirse alrededor de la crisis no resuelta de uno de los dos. Eso asfixia al otro.

Tengo que asumir, sin excusas, que fui infiel. Engañé. Crucé límites. Le hice daño a Sebastián. Le hice daño a Santiago. Me hice daño a mí mismo. Me alejé de Dios. Desordené mi vida y afecté la de otros. No necesito adornar eso. No necesito justificarlo con “pero yo sentía amor” o “pero estaba roto”. Todo eso puede ser verdad y aun así no limpiar mi responsabilidad. Hice mal. Y tengo que cargar esa verdad con honestidad, no con victimismo, no con autoengaño, no con poesía barata.

Tengo que aceptar también que una parte de mí quería las dos cosas al mismo tiempo: quería sentir ese amor y esa conexión, pero también quería evitar el costo completo de mis decisiones. Quería vivir lo que sentía, pero sin asumir de inmediato toda la devastación que eso traía consigo. Quería el afecto, la ternura, la ilusión, el alivio, pero sin entrar de frente y a tiempo en la realidad brutal de lo que estaba construyendo. Y eso fue inmaduro de mi parte. Porque no se puede jugar con fuego y luego sorprenderse por las cenizas.

También debo reconocer que, aunque yo no quisiera usar a Santiago, sí hubo momentos en que mi manera de relacionarme pudo hacerle sentir usado. No porque yo fuera un depredador frío, sino porque yo mismo no estaba claro ni ordenado. Pero el efecto no deja de contar solo porque la intención no fuera perversa. Eso tengo que aprenderlo bien: no basta con decir “yo no quise herirte”. Si mis decisiones te hirieron, entonces tengo que mirar de frente lo que produje. El impacto también importa.

Lo que no puedo volver a hacer es entrar en la vida de alguien desde mi hambre emocional, mi soledad, mi vacío o mi necesidad de refugio. No puedo volver a llamar amor a algo que también está siendo escape. No puedo volver a confundir intensidad con verdad suficiente. No puedo volver a prometer con mi presencia lo que mi realidad no puede sostener. No puedo volver a abrir un vínculo íntimo mientras sigo dividido, comprometido o moralmente enredado. No puedo volver a usar mi crisis como contexto permanente dentro del cual otro tenga que amarme, entenderme y esperar. Eso no es justo. Eso no es limpio. Eso no es maduro.

Tengo que cambiar de raíz mi forma de entrar a una relación. Primero tengo que estar libre. Libre de verdad, no solo emocionalmente excitado, no solo ilusionado, no solo cansado de mi vida actual. Libre en hechos, en estructura, en convicción y en verdad. Tengo que aprender a no buscar redención en otra persona. Tengo que aprender a tolerar la soledad sin correr a refugiarme en un vínculo. Tengo que aprender a tomar decisiones duras más temprano, no cuando ya todo está incendiado. Tengo que aprender que la sinceridad emocional no reemplaza la integridad. Sentir mucho no es lo mismo que hacer bien.

También tengo que dejar de romantizar lo prohibido, lo intenso, lo que parece salvarme. Tengo que desconfiar de esa parte mía que se siente especialmente viva cuando algo llega con mucha fuerza, porque ya vi que no todo lo intenso es sano y no todo lo profundo es sostenible. Tengo que preguntarme antes de entregarme: ¿estoy entrando desde la verdad o desde la necesidad? ¿Estoy ofreciendo amor o estoy buscando rescate? ¿Estoy construyendo o solo estoy huyendo de mi realidad a través de otra persona?

Tengo que cambiar además mi relación con la culpa. Porque quedarme en un lugar que me rompe no es responsabilidad, pero usar la culpa como el centro de toda mi narrativa tampoco arregla nada. La culpa debe llevarme a arrepentimiento, orden, reparación y verdad. No a vínculos donde otro termine cargando conmigo mientras yo intento reconstruirme encima de él. Nadie tiene que convertirse en el altar de mi crisis.

Y lo que no puedo volver a permitirme nunca es sostener una doble vida emocional. Nunca más. Nunca más ese lenguaje de amor mientras por dentro sé que no puedo sostener el terreno donde lo estoy diciendo. Nunca más esa convivencia entre deseo, culpa, miedo, apego y silencio. Nunca más hacer que otro invierta su corazón en una historia que yo todavía no he tenido el valor de ordenar. Nunca más.

Mi responsabilidad en todo esto es real. No me voy a esconder detrás de la palabra “proceso”. No me voy a lavar la cara diciendo solamente que estaba confundido. Sí estaba confundido, pero también fui responsable de no detenerme a tiempo. También fui responsable de no poner la verdad por delante desde el principio. También fui responsable de querer sostener algo hermoso sin tener la vida ni el carácter alineados para hacerlo correctamente.

Pero asumir mi responsabilidad no significa aceptar una caricatura falsa de mí mismo. No necesito llamarme monstruo para decir la verdad. No necesito diagnosticarme con etiquetas de internet para cambiar. Lo que necesito es algo más serio y más útil: lucidez. Disciplina. Integridad. Límites. Verdad. Humildad. Y una decisión radical de no volver a construir amor encima del desorden.

Hoy lo tengo claro: no quiero volver a ser el hombre que ama desde la fractura, que se refugia en otro mientras su casa interior está incendiándose, que entrega palabras que su vida no puede respaldar, que prolonga lo que debe terminar por miedo al dolor, y que deja que otra persona pague el precio de su indecisión. Ese hombre ya me hizo demasiado daño a mí y demasiado daño a otros. Ese hombre tiene que morir en mí.

Lo que quiero ser ahora es otra cosa: un hombre limpio, claro, responsable, capaz de esperar, capaz de renunciar, capaz de decir la verdad antes de que sea tarde, capaz de no tocar el corazón de nadie mientras sus manos sigan llenas de desorden. Un hombre que no busque ser salvado por el amor de otro, sino que primero se ordene, se humille, se reconstruya y recién entonces, si algún día corresponde, ame sin duplicidad, sin triangulación, sin culpa y sin destrucción.

Esa es mi confesión.
No me absuelve.
Pero sí me obliga a cambiar.

19 dias despues de la despedida - Decisiones definitivas

 Lo que viví con Santiago empezó como empiezan esas historias que parecen tocar algo muy profundo en uno: con intensidad, con ternura, con la sensación de haber encontrado a alguien que me veía, que me entendía y que despertaba en mí una parte viva, ilusionada y esperanzada. Hubo momentos que sentí casi mágicos, como si todo hubiera llegado en el instante exacto para recordarme que todavía podía sentir, todavía podía enamorarme y todavía podía imaginar una vida distinta. Por eso también dolió tanto. Porque no fue una historia vacía. Fue real. Lo que sentí fue real. Lo que compartimos fue real. Pero precisamente porque fue real, también me obligó a mirar con honestidad todo lo que esa relación estaba moviendo dentro de mí y todo lo que estaba comenzando a quebrarse.

Con el tiempo empecé a darme cuenta de que no me estaba sintiendo en paz. Lo que al principio parecía amor, cercanía y conexión empezó a mezclarse con ansiedad, culpa, presión y una sensación constante de tener que explicarme. Poco a poco dejé de sentir libertad emocional y comencé a sentirme observado, interpretado, exigido y puesto a prueba. Cada vez que yo necesitaba distancia, silencio, descanso o simplemente espacio para pensar, eso era leído como frialdad, rechazo o engaño. Mi palabra empezó a no ser suficiente. Mis límites empezaron a ser cuestionados. Y ahí entendí algo que me costó aceptar: una relación no se rompe solamente cuando deja de haber amor; también se rompe cuando deja de haber confianza, cuando no hay descanso emocional, cuando uno vive a la defensiva y cuando empieza a sentir que para conservar el vínculo tiene que traicionarse a sí mismo.

La conversación final me mostró con mucha claridad lo que ya venía sintiendo desde hacía tiempo. Yo intentaba cerrar con honestidad, con dolor pero con responsabilidad, diciendo que no podía seguir, que necesitaba alejarme, que esta situación me estaba superando y que tenía que recogerme por dentro. Pero cada intento de poner un límite terminaba convertido en una discusión, en un juicio, en una herida nueva. Yo quería una despedida madura, limpia, humana. Quería asumir mi parte sin seguir destruyéndonos. Pero entendí que cuando una relación entra en una dinámica donde uno tiene que defender todo el tiempo su cansancio, su silencio, su decisión y hasta su propia dignidad, ya no se está hablando de amor sano, sino de desgaste emocional.

Lo que más me abrió los ojos fue darme cuenta de que yo ya no estaba luchando por amor, sino por sostener una estructura que me estaba quitando la paz. Y esa fue una verdad muy dura para mí. Porque una parte de mí todavía quería salvar lo bonito, rescatar la ternura, aferrarse a la idea de que lo que comenzó tan intenso y tan hermoso podía corregirse si yo explicaba mejor las cosas, si era más paciente, si encontraba las palabras perfectas. Pero no era un problema de palabras. Era un problema de fondo. Yo ya me había dado cuenta de que no podía seguir en una dinámica donde mi necesidad de espacio se convertía en una ofensa, donde mis decisiones tenían que ser negociadas para no provocar dolor, y donde el otro terminaba colocándome el peso de su estabilidad emocional sobre los hombros.

Ese fue uno de los grandes aprendizajes que me dejó esta historia: yo no soy responsable de sostener la paz emocional de otra persona a costa de perder la mía. No tengo que sacrificarme psicológicamente para demostrar amor. No tengo que aceptar presión, culpa, chantaje afectivo o desconfianza repetida solo porque la relación tuvo momentos bellos. No tengo que quedarme donde mi cansancio es interpretado como traición, donde mis límites son vistos como agresión, o donde se espera que yo abandone mi centro para evitar que el otro se desborde. Amar no puede significar vivir bajo examen. Amar no puede significar estar en deuda emocional permanente. Amar no puede significar explicar una y otra vez lo mismo para que el otro decida si mi verdad merece ser creída.

También aprendí algo muy importante sobre mí. Entendí que tengo que escucharme antes de llegar al borde del colapso. Tengo que dejar de romantizar vínculos intensos que me hacen sentir vivo al principio, pero me vacían por dentro después. Tengo que dejar de confundir conexión profunda con compatibilidad real. No todo lo que toca el alma está destinado a quedarse. Hay personas que llegan a mostrarnos algo, a despertarnos algo, a confrontarnos con partes nuestras que necesitaban salir a la luz, pero no necesariamente llegan para construir un hogar con nosotros. Y aceptar eso no invalida la historia. Solo la pone en su lugar correcto.

Cuando Santiago volvió a escribirme al día siguiente, diciendo que se sentía mal, sentí con más claridad que nunca que si yo reabría esa conversación iba a volver a entrar en el mismo círculo. Y esta vez decidí no hacerlo. Esa fue una de las decisiones más importantes que tomé por mí. Ya no intenté convencer. Ya no intenté que entendiera. Ya no intenté defender mis motivos. Solo afirmé mi decisión. Entendí que una decisión sana no siempre será bien recibida, y que poner un límite no deja de ser correcto solo porque al otro le duele. Por primera vez no me quedé atrapado en la necesidad de ser comprendido. Me mantuve firme. Y en esa firmeza empecé a recuperar algo que había perdido: mi paz.

Hoy sé que esta historia me dejó una enseñanza definitiva. Ya no voy a permitir en mi vida vínculos donde tenga que mendigar comprensión. Ya no voy a permitir relaciones donde mi valor dependa del estado emocional del otro. Ya no voy a aceptar que el amor se use como argumento para invadir mis límites. Ya no voy a negociar mi tranquilidad para evitar que alguien se enoje, me juzgue o me castigue. Ya no voy a quedarme en lugares donde el afecto se mezcla con control, donde la cercanía se convierte en vigilancia y donde la intimidad emocional termina siendo una puerta para herirme.

Lo que comenzó como algo mágico terminó mostrándome, con una crudeza que no esperaba, todo lo que ya no estoy dispuesto a tolerar. Y aunque me duele lo vivido, también agradezco haberlo visto. Porque ahora entiendo mejor quién soy, qué necesito, qué me rompe y qué debo proteger. No me llevo solo una ruptura. Me llevo una revelación. Me llevo la certeza de que mi paz no es negociable. Me llevo la convicción de que ninguna historia, por intensa o hermosa que parezca al principio, vale el precio de perderme a mí mismo. Y sobre todo, me llevo la decisión de no volver a entrar jamás en una relación que me obligue a escoger entre amar al otro o conservarme entero.

Al final entendí algo que me costó mucho aceptar: la forma en que Santiago reaccionó hasta el último momento me mostró que no había la madurez emocional necesaria para sostener una relación adulta. Incluso cuando yo ya le había dicho con claridad que todo esto me estaba haciendo daño, que me sentía agotado, confundido y profundamente afectado, él siguió empujándome a cargar con sus emociones, con sus heridas y con su necesidad de encontrar un culpable. Hasta el final quiso hacerme responsable de cómo se sentía, quiso convertirme en el villano de su historia y necesitó reducir todo lo que vivimos a una narrativa donde él era la víctima absoluta y yo el hombre cruel, cobarde e incapaz de amar.

Eso fue lo que terminó de abrirme los ojos. Una persona emocionalmente adulta, aunque esté rota por dentro, aunque esté dolida, aunque se sienta herida y decepcionada, también es capaz de reconocer la realidad con más honestidad. Habría podido aceptar que ambos fuimos responsables de lo que hicimos, que ambos cruzamos límites, que ambos participamos en una historia que desde su origen ya venía cargada de consecuencias, culpa, desorden y sufrimiento. Habría podido ver que continuar solo iba a profundizar el daño, no solo entre nosotros, sino también alrededor de nosotros. Habría entendido que a veces terminar no es traicionar, sino detener una cadena de heridas antes de seguir destruyéndonos más.

Pero no fue así como terminó. Y esa forma de terminar me confirmó algo que yo ya venía sintiendo, aunque me doliera nombrarlo: lo que al principio parecía un amor casi perfecto, intenso, especial y lleno de luz, también escondía una dinámica vieja, una dinámica que yo ya conocía demasiado bien. La dinámica en la que yo terminaba sintiéndome responsable de sostener emocionalmente a otro. La dinámica en la que, para evitar conflicto, culpa o abandono, yo tenía que romperme por dentro, adaptarme, ceder, explicarme, justificarme y cargar un peso que no me correspondía. La dinámica en la que mi paz quedaba en segundo lugar, mientras la estabilidad emocional del otro se convertía en una exigencia silenciosa pero constante.

Ahí entendí que no estaba frente a un amor que me cuidaba, sino frente a una estructura emocional en la que, tarde o temprano, yo iba a terminar fragmentándome para sostener algo que no podía sostenerse. Porque cuando una relación te obliga a demostrar permanentemente que amas, cuando te pone a defender tu verdad todo el tiempo, cuando interpreta tus límites como rechazo y tu cansancio como traición, eso ya no es intimidad sana. Eso es desgaste. Eso es presión. Eso es una forma de control emocional que termina vaciándote.

Y esa fue quizás la lección más fuerte de todas: yo ya no estoy dispuesto a volver a romperme para hacer feliz a otro. Ya no estoy dispuesto a entrar otra vez en una relación donde amar signifique sacrificar mi paz, mi dignidad y mi estabilidad emocional para sostener la tranquilidad de otra persona. Ya no estoy dispuesto a vivir bajo culpa, bajo sospecha, bajo exigencia o bajo la necesidad constante de demostrar que mis sentimientos son reales. Aprendí que el amor no puede pedirme que me abandone a mí mismo. El amor no puede construirse sobre la ansiedad, la vigilancia emocional y el miedo a decepcionar.

Hoy entiendo que lo que viví con Santiago no fue una mentira, pero tampoco fue la historia que yo quise creer al principio. Fue real, sí. Hubo amor, hubo conexión, hubo ternura, hubo momentos hermosos. Pero también hubo una verdad más profunda que al final ya no pude seguir ignorando: esa relación me estaba llevando de nuevo a un lugar donde yo tenía que desaparecer un poco para que otro se sintiera sostenido. Y yo ya no puedo vivir así. Ya no quiero vivir así. Ya no voy a volver a elegir una historia donde, para que el otro no se caiga, tenga que ser yo quien se rompa.

Adios Santi, gracias por lo bonito y tambien gracias por recordarme exactamente lo que ya no quiero vivir ni admitir en mi vida.


sábado, 4 de abril de 2026

18 dias despues de la despedida - el ciclo se repite

 Esa historia venía arrastrando una tensión que ya no podía sostenerse por mucho más tiempo, aunque en ese momento yo todavía no quisiera admitirlo. Después de haber dejado de hablar por un tiempo, el domingo 22 de marzo nos volvimos a ver. Esa noche nos quedamos juntos en el hotel Dann Carlton, justo en medio de una semana en la que yo tenía un evento y debía estar enfocado en otras responsabilidades. Sin embargo, desde que nos reencontramos, fue evidente que entre nosotros seguía habiendo una conexión viva, intensa, difícil de ignorar. Había cariño, deseo de cercanía, necesidad del otro, y también esa sensación de estar entrando otra vez en un territorio delicado, uno que ya antes nos había demostrado que podía hacernos mucho daño.

Durante los primeros días de esa semana traté de sostenerme entre dos realidades. Por un lado, estaba el contexto del evento, el hotel, el cansancio, la exigencia de estar presente, funcional y concentrado. Por el otro, estaba Santiago, y todo lo que despertaba en mí: afecto, ternura, ilusión, pero también ansiedad, conflicto interno y una presión emocional que nunca terminaba de desaparecer. Estar cerca de él me hacía sentir visto, acompañado, profundamente amado en ciertas formas, pero al mismo tiempo me confrontaba con todo lo que yo no había resuelto, con las contradicciones de mi vida, con mis debilidades y con un futuro que no estaba claro. En el fondo, aunque compartíamos momentos lindos, la relación ya venía cargada de tensiones que ninguno de los dos sabía manejar con la madurez suficiente.

El jueves todo eso explotó. Tuvimos una pelea muy fuerte, de esas discusiones en las que ya no solo se confrontan ideas o desacuerdos, sino heridas profundas, frustraciones acumuladas, miedos, expectativas y cansancio emocional. Nos dijimos cosas muy duras. Nos ofendimos. Nos herimos. Yo me sentí acorralado, llevado a un límite en el que reaccioné desde una parte de mí que no me gusta, una parte fría, áspera, cruel, que aparece cuando siento que me están empujando demasiado. Él también estaba herido, exigente, necesitado de respuestas, de certezas, de algo que yo no podía darle. Lo que pudo haber sido una conversación sincera terminó convertido en un choque que nos dejó profundamente lastimados a los dos.

Después de esa pelea quedó un silencio pesado, doloroso, un silencio lleno de culpa, rabia, tristeza y vergüenza. Seguimos varios días sin hablar. Yo seguí con mi semana, con el evento, con el hotel, con mis obligaciones, pero por dentro estaba completamente removido. Cargaba el peso de lo que había dicho y de lo que había dejado salir de mí. También cargaba el dolor de entender que lo nuestro, por bonito que hubiera sido en muchos momentos, estaba entrando en una zona demasiado oscura. No era solo la tristeza por la pelea; era la sensación de que algo se había quebrado de una forma que ya no era fácil reparar.

Cuando finalmente llegó el mensaje de él, no llegó a una historia intacta, sino a una relación ya herida. Su mensaje abrió de nuevo el canal entre nosotros, y a partir de ahí los dos intentamos reconstruir algo sobre las ruinas. Nos pedimos perdón, nos reconocimos mutuamente las heridas, tratamos de rescatar lo bueno, de volver a vernos con compasión, de recordarnos que no éramos solo ese jueves terrible. En medio de ese intento, volvimos a acercarnos emocionalmente. Nos dijimos que confiáramos, que todo debía quedar en manos de Dios, que quizás esto podía purificarse, que tal vez lo que había empezado de una manera tan convulsa podía transformarse en algo más limpio, más sano, más maduro. Hablamos incluso de alejarnos “en serio”, pero lo cierto es que no nos alejamos. Hicimos exactamente lo contrario.

Al día siguiente ya nos estábamos buscando otra vez. Pasamos de hablar de distancia a planear un almuerzo juntos, a vernos, a retomar los pequeños rituales cotidianos que nos hacían sentir cercanos. Empezamos a escribirnos de nuevo como si quisiéramos recuperar una rutina afectiva: mensajes en la mañana, saludos cariñosos, bromas, planes, detalles, citas, conversaciones ligeras y otras más profundas. Yo también entré en ese movimiento. No voy a disfrazarlo. Yo también quise volver a sentir esa conexión, esa sincronía, esa ternura que parecía sobrevivir incluso después de habernos herido. Y durante varios días vivimos en esa especie de tregua emocional, tratando de convencernos de que todavía había algo hermoso que podía sostenerse si los dos nos esforzábamos lo suficiente.

Así transcurrió toda la semana siguiente. Nos seguimos viendo, seguimos hablándonos con cariño, seguimos tratando de acomodarnos dentro de una dinámica que en apariencia se había suavizado, pero que en el fondo seguía estando contaminada. Había gestos lindos, intimidad emocional, conversaciones sobre el pasado, sobre lo aprendido, sobre lo que el uno significaba para el otro. Santiago me hablaba con esperanza, como si todavía hubiera un mañana posible para nosotros. Yo también seguía respondiendo desde un lugar afectivo, todavía atrapado en esa mezcla de amor, culpa, nostalgia y deseo de no perderlo del todo. El viernes pasado estuve en su casa, y todavía en ese momento seguíamos intentando darle una continuidad a algo que, en realidad, ya venía roto por dentro.

Pero el sábado, cuando estuve en la finca, lejos del ruido, lejos de la inmediatez de los mensajes, lejos de su presencia y de la emoción del vínculo, tuve por fin el espacio para reflexionar con más honestidad. Y ahí me cayó la verdad encima sin adornos. Entendí que no había futuro con Santiago. Entendí que ya no me sentía igual respecto de él. Entendí que las cosas entre nosotros se habían contaminado demasiado: por la confusión, por la intensidad, por las heridas, por la culpa, por el desgaste, por las expectativas irreales y por todo lo que fuimos activando el uno en el otro. Lo que alguna vez sentí como una posibilidad luminosa empezó a revelarse más bien como una historia insostenible, una historia que me estaba alejando de mí mismo y de la vida que por poco destruyo en medio de mi confusión y mi debilidad.

Fue en ese momento cuando vi con más claridad que ya no quería seguir empujando una relación que me llenaba de ansiedad, que me colocaba en una posición de hacer cosas que yo no quería hacer, de decir cosas que no debía decir, de cruzar límites que nunca debí haber cruzado. Comprendí que la fantasía se había terminado. Fue bonito mientras duró, sí. Tuvo momentos reales, intensos, tiernos, memorables. Pero una cosa es que algo haya sido bello en ciertos momentos y otra muy distinta es que sea sostenible, sano o correcto para mi vida. Y lo que finalmente entendí en la finca fue precisamente eso: que yo ya no quería seguir persiguiendo una historia que no tenía futuro, sino recuperar la vida que casi arruino por no haber sabido manejar a tiempo mi vacío, mi necesidad afectiva y mi debilidad.

Mirando todo con más distancia, comprendí que durante esos días no estábamos sanando de verdad; estábamos anestesiando el dolor mientras prolongábamos la misma dinámica. Intentamos recuperar la rutina, pero no recuperamos la paz. Intentamos tratarnos con amor, pero ya había demasiada contaminación emocional debajo. Intentamos convencernos de que con suficiente ternura podíamos corregir el daño, pero el daño no estaba solo en la pelea: estaba en el vínculo mismo, en su volatilidad, en la forma en que me estaba desordenando por dentro. Y aceptar eso fue doloroso, porque implicó renunciar no solo a Santiago, sino también a la fantasía de que lo nuestro todavía podía salvarse.

Al final entendí que no todo lo que se siente intenso es verdadero en el sentido más profundo, y no todo lo que se vive con belleza está llamado a permanecer. Hay relaciones que llegan para confrontar, para revelar, para romper ilusiones, para obligarnos a mirar de frente nuestras grietas. Santiago fue eso para mí. Fue cariño, fue compañía, fue ternura, fue espejo, fue deseo, fue refugio por momentos, pero también fue una historia que terminó mostrándome hasta qué punto yo podía perderme si no ponía límites. Y por eso, aunque me duela reconocerlo, también entendí que dejarlo ir no era una traición al amor, sino una forma de volver a la verdad y de intentar rescatar mi vida antes de destruirla por completo.

lunes, 30 de marzo de 2026

13 dias despues de la despedida ... Miedo

 

Cuando el amor no basta… y la verdad sí

No fue algo que ocurrió de un momento a otro. No hubo una pelea definitiva ni un evento puntual que marcara un antes y un después. Fue más sutil, más incómodo, más difícil de enfrentar. Fue darme cuenta, poco a poco, de que llevaba tiempo sin estar realmente presente en mi propia relación.

Once años. Once años construyendo una vida con alguien que fue mucho más que una pareja. Sebas fue mi refugio, mi estabilidad, mi lugar seguro en medio de muchas tormentas personales. Con él encontré una especie de paz que, en su momento, interpreté como amor. Pero con el tiempo entendí que no todo lo que se siente seguro es necesariamente amor, y no toda estabilidad implica conexión genuina.

Mirándolo con honestidad, me doy cuenta de que en algún punto comencé a quedarme no por lo que sentía, sino por lo que representaba. La relación dejó de ser un espacio de encuentro real para convertirse en una especie de estructura que me contenía, que me mantenía en una línea que yo creía correcta. Sin darme cuenta, empecé a usarla como un amuleto: una forma de sentir que estaba haciendo lo que debía, incluso cuando por dentro algo ya no estaba vivo.

El problema es que no enfrenté esa verdad cuando debía. No tuve el valor de detenerme y decir: “esto ya no está funcionando”. Me quedé. Y quedarme, en ese estado, no fue un acto de amor, sino una forma de evitar el miedo. Miedo a perder estabilidad, miedo a enfrentarme a mí mismo, miedo a salir de un lugar que, aunque ya no era auténtico, seguía siendo cómodo.

En ese contexto apareció Santiago. Y no, no llegó como una simple tentación ni como una distracción superficial. Llegó como un espejo. Con él no hubo esfuerzo ni cálculo, no hubo que intentar sentir o construir algo desde la voluntad. Simplemente hubo conexión. Y esa experiencia, más que justificar lo que ocurrió después, me obligó a reconocer una verdad que llevaba tiempo evitando: yo ya no estaba en mi relación.

Lo que vino después no fue correcto. Fui infiel. Y decirlo así, sin adornos, es importante. No fue una confusión ni un accidente emocional inevitable. Fue una decisión, una consecuencia directa de no haber cerrado una etapa cuando correspondía hacerlo. Fue el resultado de haber pospuesto una conversación necesaria hasta que la realidad me alcanzó de la forma más desordenada posible.

Sin embargo, el verdadero punto de quiebre no fue ese momento, sino lo que ocurrió después. Ver a Sebas quedarse, intentar sostener la relación, justificar lo que estaba pasando y aferrarse a la idea de que el amor podía resolverlo todo, fue profundamente confrontante. Porque en ese proceso entendí algo que no había querido aceptar: el amor, cuando se mezcla con miedo, deja de ser amor. Se transforma en dependencia, en negación, en resistencia a enfrentar lo que ya es evidente.

Y yo me estaba convirtiendo en el espacio donde esa negación podía seguir existiendo. Permanecer ahí, en esas condiciones, no era un acto de cuidado, sino de deshonestidad. Deshonestidad hacia él, hacia mí y, en el fondo, hacia Dios.

Durante mucho tiempo utilicé esa relación como una especie de refugio espiritual. Como si estar en ella me garantizara cierta “corrección” moral, como si el compromiso en sí mismo pudiera sustituir el trabajo interno que yo no estaba haciendo. Pero esa idea, aunque cómoda, no era verdadera. No puedes usar a otra persona como contención moral ni convertir una relación en un escudo contra tus propios conflictos internos.

Por eso tomé una decisión. No desde el heroísmo ni desde una narrativa de sacrificio, sino desde la responsabilidad. Decidí soltar. Soltar a Sebas, aunque duela, aunque implique perder un espacio que durante años fue mi hogar emocional, aunque una parte de mí quiera quedarse en lo conocido por simple miedo.

Pero esa decisión vino acompañada de otra, igual de importante y quizá más difícil: no correr hacia otro refugio. No usar lo que siento por Santiago como una salida rápida, como una forma de evitar el vacío o de suavizar el impacto de lo que estoy dejando atrás. Porque entendí que el problema no es con quién estoy, sino desde dónde estoy amando.

Hoy no tengo todas las respuestas. No sé qué lugar ocupará Santiago en mi vida en el futuro ni si lo que siento es algo que está llamado a crecer o simplemente una experiencia que vino a despertarme. Pero sí tengo claridad en algo fundamental: no puedo construir nada verdadero desde el desorden.

Por eso elijo el camino incómodo. El de quedarme conmigo mismo. El de asumir mis decisiones sin justificarme, el de enfrentar mis vacíos sin cubrirlos inmediatamente con otra relación, el de permitir que este proceso me confronte de verdad.

Por primera vez en mucho tiempo, no estoy buscando seguridad, ni estabilidad, ni validación externa. Estoy buscando verdad. Y aunque esa verdad incomoda, duele y desarma, también tiene algo que no había experimentado en años: coherencia.

Y hoy, eso pesa más que cualquier sensación de comodidad que haya intentado sostener antes.

1 Dia despues de tocar fondo

Santiago, este es ud, no soy yo, yo sigo orando porque ud pueda sanar su corazón, y esa es su rabia y su ira que al final no que quise queda...