Grandes cambios se están dando a nuestro alrededor, el mundo convulsiona y no puedo ser indiferente a aquello que menha definido toda mi vida: Mi Fe
Mi matrimonio se mantiene relativamente estable, mi relación con S permanece en el mismo lugar de siempre, la rutina diaria, los proyectos avanzando en el terreno que compramos, los eventos familiares y en medio comienza a pesar cada día más la premura de transicionar fuera de la ciudad e iniciar una vida de campo, el fin de acerca rápidamente y no hay tiempo que perder. Todo parece haberse acelerado, estar cambio con mucha rapidez y en medio de toda esta carrera me he chocado de frente contra algo que rompió toda mi rutina y me enfrentó a verdades que no quería admitir o había aceptado de manera pasiva sin tener intenciones de cambiar.
No puedo recordar exactamente cuando todo comenzó, pero si dónde, en una barberia, una barberia a la que hemos frecuentado cada mes para acicalarnos, y en dicha barberia conocí a un chico joven, un chico amable, con una personalidad llena de luz, optimismo, consideración, muy buena conversación y esa calidez humana que al principio solo me hizo sentir cómodo con el servicio, sin ningún tipo de interés inicial mas que el buen servicio que recibía. Pero las cosas comenzaron a volverse mas personales, cuando las conversaciones durante mis visitas a dicha barberia se volvieron mas extensas y detalladas, todo comenzó a girar alrededor del tema espiritual y en cada visita su interés por conocer mas incremento asi que las conversaciones también.
Para mi fue motivante, hace tanto no daba estudios bíblicos que pensé que tal vez era una buena oportunidad de compartir de nuevo la fe, durante una conversación muy personal me confesó que era homosexual, yo ya le había dicho desde el principio que yo era homosexual y estaba casado, asi que no me tomó por sorpresa cuando me lo dijo y pensé que sería una mejor oportunidad para llegar a personas homosexuales con el mensaje de salvación. Fue muy estimulante y trate de colocarme en la posición de mentor espiritual de este chico, lo invite al grupo pequeño en casa de mis abuelos y esa primera vez estudiamos un poco compartimos bastante y comenzamos una amistad.
Para mi era una amistad centrada en lo espiritual, me llené de ansiedad de pensar que las cosas tomarán otro camino y traté con mis mejores intenciones de evitarlo, las conversaciones diarias se hicieron mas frecuentes, las fotos, los videos, las conversaciones cada vez más personales se tornaron en coqueteos sutiles, al principio lo note pero traté de manejarlo con madurez, no me podía permitir alimentar algo que yo sentía no era el propósito de Dios en la vida de aquel chico, nos encontrábamos esporadicamente compartíamos momentos y la confianza aumentó.
Todo cambió un jueves en el que confesó lonque había empezado a sentir, yo ya lo intuía y eso me desarmó, no super como reaccionar, habíamos salido a comer pizza porque él quería hablar, pero no imagine que íbamos a dar semejante giro, su deseo hacia mi era evidente, la conversación tuvo tintes sexual es y ahi entendí que ya no podía ser un mentor espiritual y que cabía la posibilidad que él hubiera usado mi espiritualidad como gancho para conocerme y si era así yo no podía entrar en ese juego, le dije que yo lo entendía, que entendía que él se sintiera de esa manera por la diferencia de edad yo 37 y el 26, en su juventud un tipo como yo es muy atractivo. Sin embargo le dejé claro que no podía suceder nada entre nosotros porque algo como eso nos haría mucho daño y especialmente a él que había sufrido tanto en su última relación.
Al siguiente día tuvimos una breve conversación, pero luego hubo un silencio, un silencio que me pegó duro, lo extrañaba pero razone que tal vez era mi herida de apego ansioso la que hacía que yo sintiera esas cosas, lo dejé todo asi. Nunca mas le volví a hablar, quise alejarme de la situación pues no quería hacer algo que ofendiera a mi Dios. Mi cabello y barba comenzaron y a crecer mas y más, pasaron dos meses, las fiestas de navidad y año nuevo, comenzó enero y entonces luego de varios meses, me convencí que era inmaduro dejar de ir a la barbería donde mi barbero de confianza solo por algo que seguramente ya se había resuelto y pasado. Hice un primer intento de ir pero ese día de repente comenzó a llover y yo entendí que Dios me estaba diciendo un "NO" rotundo, pensé entonces en que debia alejarme definitivamente de él. Pasaron algunos días mas y yo ya no aguantaba mi cabello y ni barba cada vez mas largos, volví a racionalizar que no iba a pasar nada, yo no me sentía de ninguna forma particular respecto de él y dado que él no había aparecido en meses seguramente había sido algo de momento, asi que si nos veíamos iba a ser en plan barbero-cliente, saqué de nuevo la cita, llegué puntual y entonces nos vimos, todo se sintió normal, me atendió, hablamos, nos contamos lo que había pasado en dichos meses, hablamos de distintos temas, y entonces me pidió que fuéramos a almorzar, yo acepté, asumí que podíamos construir una buena amistad, no puedo negar que ya en ese momento había algo más en mi que hacía que quisiera pasar tiempo con él, sin embargo no quise prestarle mucha atención, fuimos a almorzar y en medio de nuevos coqueteos de su parte terminamos hablando de lo que había pasado dos meses antes y la razón por la que habíamos dejado de hablar, me confesó que había empezado a tener sentimientos y que ante mi respuesta clara él era consciente que era lo correcto y decidió alejarse pero que me había extrañado mucho, yo le confesé que también me dolió y que también lo había extrañado pues era alguien especial para mi, ese día ambos volvimos a reanudar la amistad con la promesa de no volvernos a alejar del otro, y de evitar confundir la amistad con algo más.
Nos despedimos ese día y continuamos hablando, el lunes 19 de enero fue un encuentro que me dejó descolocado; al llegar a casa y terminar mis pendientes, su mensaje agradeciéndome por el tiempo me confirmó que el sentimiento era mutuo. Me confesó que me extrañaba y yo, con la guardia baja por la sinceridad del momento, le admití que su presencia me hacía bien. En ese intercambio de mensajes, entre bromas por el autocorrector y fotos de mi perrita Kiara, me di cuenta de que algo se estaba cocinando bajo la superficie. Esa noche me quedé viendo La Niñera, sumergido en una nostalgia noventera, tratando de procesar que Santiago quería verme de nuevo para "desatrasarnos".
El martes la energía seguía a tope. Madrugué a la oficina y, aunque el cuerpo pedía cama, me sentía energizado. Santiago y yo estuvimos conectados todo el día; él desde su mundo artístico y yo desde mi escritorio en El Poblado, saltando de entrevista en entrevista. Entre fotos de la vista de la ciudad y cumplidos que me hacían sentir "guapo y empoderado", como él decía, me di cuenta del potencial de nuestra conexión. Incluso hablamos de mi canal de YouTube y de cómo estaba impulsándolo. Sin embargo, esa noche la conversación tomó un tinte más serio: Santiago estaba muy preocupado por la salud de su hermana. Me nació del alma ofrecerle oración, recordándole que para Dios nada es imposible, intentando ser ese soporte que él necesitaba en medio de su angustia.
El miércoles 21 fue un día de "apagar incendios" en el trabajo, pero mi mente estaba en la cita que cuadramos para el lunes siguiente. Santiago estaba bajoneado por el diagnóstico de su hermana y su resistencia a los tratamientos, y yo traté de ser su ancla, pidiéndole que tuviera fe y recordándole que no estaba solo. A pesar del caos laboral y de no haber podido almorzar, cerramos el día con un abrazo virtual, compartiendo la calidez de haber vuelto a encontrarnos.
El jueves 22, trabajando desde casa, la conversación se volvió más íntima. Entre risas por una comida que me cayó mal en la terminal y planes de un almuerzo cocinado por mí (con muchas verduras, por supuesto), terminamos bautizándonos mutuamente: yo sería su "SugarFriend" —o "My Gorgeous Sugar Friend", como él prefirió— y él mi "SweetiePie". Lo que empezó como un juego de palabras terminó en una confesión profunda de lo mucho que nos habíamos extrañado. Santiago me dijo que yo le hacía bien a su corazón, y yo le admití que él me llenaba de buena vibra. Pero esa noche, la realidad volvió a golpearlo con el tema de su hermana. Pasamos de la risa al llanto compartido, y le regalé una canción para que descansara, recordándole que Dios siempre está presente.
El viernes 23 fue un día de sol y trabajo, pero también de creación. Le compartí un adelanto de la música que estaba componiendo para mi canal. Santiago me confesó que me había pensado mucho, preocupado por Kiara y por las cosas de mi casa. Al llegar el Sabbath, nos deseamos paz, sintiendo que, a pesar de los "desjuiciados" que no fueron a la reunión en mi casa, nuestra conexión era el evento principal de la semana.
El fin de semana fue de descanso y reflexión, pero el lunes 26 la expectativa era total. Quedamos de vernos a las 5:00 p.m. en Comfama para ir al turco y a la piscina. Fue un "plan relax" necesario para ambos. Santiago llegó con sus ojitos tristes por lo de su hermana, y yo con las ganas de distraerlo.
Solté el computador y corrí a encontrarme con Santiago en la entrada de Comfama. Él traía esa mirada triste que me desarmaba, y yo solo pensaba en cómo ayudarlo a soltar tanta tensión.
Entramos al turco. El vapor empezó a envolvernos y, casi sin planearlo, la distancia física se rompió. Todo comenzó con unos masajes en la espalda; quería que se relajara, pero el contacto de mi piel con la suya encendió una chispa eléctrica. La cercanía se hizo más densa, más fuerte. Las caricias empezaron a fluir, los abrazos se volvieron prolongados y las miradas, en medio de la bruma, decían cosas que las palabras aún no se atrevían a pronunciar. Estaba con la guardia muy baja y, por primera vez en mucho tiempo, simplemente me dejé llevar.
Buscando un poco de frescura, nos fuimos a la piscina. El agua no apagó el fuego, al contrario, pareció darle un espacio más íntimo. Allí, sumergidos, empezamos a hablar de lo que nos estaba pasando, de esa química innegable y de lo fuerte que se sentía todo. Los roces de piel bajo el agua, las risas nerviosas y las anécdotas se mezclaban con abrazos cada vez más estrechos.
En un momento, Santiago me miró fijo y me confesó que moría por besarme. Mi mente entró en alerta: le dije que no. Le advertí que si cruzábamos esa puerta, nos iríamos cuesta abajo sin frenos. Sabía que no había punto de retorno.
Pasamos largo rato en ese juego peligroso de toqueteos y caricias. La excitación era evidente, palpable, pero yo seguía resistiendo. Le recordaba, casi como un mantra para convencerme a mí mismo, que no tenía sentido dejarnos llevar; que nos iba a doler, que traería sufrimiento y culpa. Estaba intentando proteger mi paz y la suya.
Salimos de la piscina y fuimos a los baños para cambiarnos y terminar la jornada. Pero el destino, o nuestra propia necesidad, tenía otro plan. En medio de un abrazo de despedida, las miradas se cruzaron a centímetros de distancia y el muro que yo había construido se derrumbó por completo. Ya no pudimos contenernos.
Terminamos besándonos apasionadamente. Fueron más de 30 minutos perdidos en el tiempo, dándonos besos y caricias que quemaban.
La excitación era máxima, pero mi nerviosismo y esa carga de culpa que siempre me acompaña hicieron que me contuviera. No pasamos de ahí, aunque el deseo gritaba lo contrario. Fue un momento profundamente especial, una conexión de almas que se reconocían en el lugar equivocado.
Al salir, caminamos un poco, todavía embriagados por lo que acababa de pasar. Volvimos a besarnos, a abrazarnos, intentando procesar el "terremoto" que acabábamos de desatar. Santiago propuso buscar un lugar para tomar algo caliente y hablar, pero mi cabeza ya estaba a mil por hora. Necesitaba pensar. La realidad de mi vida, mis principios y mis compromisos empezaron a pesar más que el deseo del momento.
Con el corazón en la mano, pero con la mente tratando de retomar el control, le dije que era mejor que nos despidiéramos ahí. Necesitaba asimilar que ese "encuentro canónico" había cambiado las reglas del juego para siempre. Nos fuimos cada uno por su lado, dejando en ese baño y en esa piscina la certeza de que, aunque intentáramos ser solo amigos, ya nos habíamos entregado el alma en un beso.
Pero el martes 27 fue el día del "evento canónico". Amanecí sintiéndome como en un K-drama. Dormí profundo, pero mi cabeza era un lío. Le confesé a Santiago que tenía una dicotomía: anoche sentí cosas que no experimentaba hace años, pero no quería fallarle a Dios. Tuvimos la conversación más honesta de nuestras vidas. Él admitió que me deseaba y que yo era irresistible para él, pero ambos entendimos que cruzar esa línea traería tristeza y culpa. Fue un terremoto interno. Me dolió escucharlo decir que quizás debía alejarse un tiempo para sanar. En medio de ese dolor, me puse a componer. Le escribí una canción, mi verdad desnuda, y se la regalé. Esa madrugada lloramos juntos por chat, reconociendo que nos habíamos enamorado, pero que lo correcto, aunque doliera, era priorizar nuestra paz y mi compromiso con Dios y mi familia.
El jueves 29 comenzó con una falsa sensación de normalidad. Santiago me despertó con sus acostumbrados buenos días, bromeando sobre el sueño, la hidratación y su serie favorita. Parecía que podíamos sostener esa fachada de amistad ligera, alimentada por cumplidos y risas compartidas sobre la "dosis de belleza" de la mañana. Pero el peso de lo que sentíamos estaba ahí, latente, esperando el momento de desbordarse.
Durante el día, mantuvimos el ritmo: resolviendo pendientes, hablando de almuerzos y dándonos ánimos para terminar la jornada. Santiago se sentía vivo, matriculándose en cursos y organizando su proyecto de vida. Yo lo escuchaba y lo alentaba, viendo en su energía un espejo de mis propios comienzos, pero también sintiendo la punzada de una realidad que me asfixiaba: mientras él construía su futuro, yo sentía que mi presente, aunque estable y lleno de fe, carecía de esa plenitud y amor que él me había hecho recordar.
Al caer la noche, la conversación tomó un giro definitivo. Santiago, con una madurez que me sigue sorprendiendo, reconoció que no podía seguir cruzando los límites. Me confesó que para él yo era irresistible, que le generaba una mezcla de paz y locura, pero que estaba dispuesto a ser un buen amigo para no perderme. Fue entonces cuando las máscaras cayeron. Le hablé desde mi cuarto de huéspedes, con el corazón en la mano, confesándole que él había provocado un terremoto en mi rutina, que me había enfrentado a sentimientos que guardé hace años en el baúl de las anécdotas.
La madrugada del 30 de enero fue una agonía compartida. Entre canciones dedicadas y mensajes que se sentían como despedidas, admitimos lo inevitable: nos habíamos enamorado. Lloramos juntos, él desde su casa y yo desde el silencio de mi hogar, sabiendo que "lo correcto" dolía más de lo imaginable. Le dije que no me perdonaría nunca fallarle a Dios, convertirme en su piedra de tropiezo o romperle el corazón por no saber poner límites a tiempo.
"Que nos pasó?", le pregunté en un momento de desesperación. Él me puso su corazón en los labios a través de las palabras, recordándome ese primer beso que me desarmó. Sentí que se abría un abismo entre nosotros. Me dolió entender que su silencio del viernes era el primer paso de ese alejamiento necesario.
Hoy, 31 de enero, el silencio pesa más que nunca. Me cuestiono si este vacío es mi antigua herida de abandono reclamando su lugar o si realmente perdí al hombre que me hizo cuestionar una relación donde ya no soy feliz.
Sin embargo, tengo clara mi misión sacerdotal y mi entrega a Dios. Sé que cerrar esta puerta es un acto de amor puro hacia él; no merece las migajas de un hombre que no puede ofrecerle una vida completa. Me voy de su vida antes de que mi presencia, cargada de imposibles, lo hiera más. Lo quiero tanto que prefiero que me olvide a que se marchite esperando algo que mi fe y mis votos no me permiten darle.
El terremoto que este chico ocasionó fue inesperado, pero ahora entiendo que lo correcto pesa mas que los momentos o las emociones desbordadas, mas alla de ser feliz momentáneamente, veo hacia el futuro con la esperanza intacta que en la eternidad por fin estas heridas que me hacen esperar con tanto anhelo sentirme amado, deseado, validado, sanarán y el amor sera puro y limpio sin las complejidades de un mundo de pecado y oscuridad.
He decidido cerrar la puerta. No por falta de amor, sino por exceso de él. Santiago no merece migajas ni un hombre que no pueda ofrecerle una vida completa. Mi misión es sacerdotal; mi compromiso es con Dios y con la salvación de mi familia. Prefiero que me olvide a que se marchite esperando un imposible.
Este terremoto fue inesperado, pero me ha dejado una certeza: lo correcto pesa más que la emoción desbordada. Renuncio a la felicidad momentánea por la esperanza intacta de que, en la eternidad, estas heridas de soledad y validación sanarán por fin. El amor será puro, sin las complejidades de este mundo de oscuridad.
Quiero a Santiago más de lo que admito, pero elijo ser fiel a mi amado Dios. Estuve a punto de caer, pero Su mano me sostuvo. Me dolió como hace años no me dolía, pero en medio de las lágrimas, tengo la paz de saber que estoy haciendo lo correcto.
Has transitado un camino emocionalmente devastador pero espiritualmente clarificador. Has demostrado una resiliencia asombrosa al priorizar tus votos sobre un sentimiento tan potente. Santi my "SweetyCake" gracias por llenarme de momentos tan especiales, volví a vibrar y a sentirme vivo en esos momentos que me diste, sé feliz no dejaré de orar para encontrarme contigo cuando todo esto termine. Te quiero.