viernes, 11 de septiembre de 2026

76 días - Introspeccion y Autoreflexión

 

Hoy lo dejo libre

11 de septiembre de 2026

Estos últimos días la ansiedad se ha intensificado. He sentido dolor de cabeza, tristeza, pensamientos continuos sobre Santiago y una necesidad casi compulsiva de saber de él, de revisar sus redes o encontrar alguna prueba de que todavía piensa en mí. Aunque racionalmente entiendo que nuestra relación terminó, que no puedo buscarlo y que hacerlo solo reabriría el ciclo que tanto nos hizo sufrir, mi sistema emocional todavía parece resistirse a comprender que él ya no está conmigo y que siguió con su vida.

Al principio pensé que todo podía reducirse a una especie de adicción emocional. Ahora entiendo que la realidad es más compleja. Hay duelo, apego, culpa, idealización, necesidad de validación y también amor. No necesito escoger uno solo de esos elementos para explicar todo lo vivido. Los seres humanos no somos completamente puros ni completamente perversos en nuestros afectos; podemos amar realmente y, al mismo tiempo, mezclar ese amor con nuestras heridas, necesidades y formas equivocadas de relacionarnos.

Lo que sí he descubierto es que el stalkeo, las fantasías y las señales indirectas no me ayudan a cerrar. Funcionan como un alivio breve: siento ansiedad, busco alguna noticia o dejo una publicación que él podría interpretar, imagino que quizá todavía me necesita y recupero durante unos instantes la sensación de conexión. Después vuelve la incertidumbre, generalmente con más fuerza. De esa forma mantengo abierto psicológicamente un vínculo que en la realidad ya se cerró.

La narrativa que estaba escondida

Esta conversación me permitió reconocer una narrativa interna que no había visto con suficiente claridad:

Si un hombre a quien considero atractivo, extraordinario, complejo, herido y difícil de alcanzar me permite entrar en su mundo, me necesita y finalmente me elige, entonces yo también debo ser extraordinario. Si consigo transformar su vida, me convierto en alguien indispensable e irreemplazable.

No se trata solamente del tipo de persona que me atrae, sino del papel que termino ocupando frente a ella. Me convierto en protector, maestro, guía, consejero, salvador y constructor. Sentirme necesario me hace sentir importante; sentir que alguien me admira, me desea y encuentra en mí algo que no encuentra en los demás alimenta mi autoestima y me proporciona una misión.

Con Santiago volvió a activarse esa sensación. Él me admiraba, me hacía sentir visto, respetado, deseado y capaz de influir profundamente en su vida. Nuestro acercamiento comenzó dentro de un contexto espiritual y de enseñanza bíblica, pero terminó mezclándose con el enamoramiento, el deseo, la infidelidad, la esperanza y la fantasía de una vida juntos. La relación dejó de ser únicamente un encuentro entre dos personas y se convirtió también en un proyecto identitario: yo podía ser quien lo ayudara a sanar, crecer y transformarse.

Cuando Santiago cerró definitivamente la puerta el 28 de junio, no perdí solamente a una persona que amaba. Perdí también la imagen de mí mismo que veía reflejada en sus ojos: el hombre admirado, el protector, el guía, aquel que podía ser único para alguien especial. Por eso la ruptura golpeó tan profundamente mi autoestima. Mi mente comenzó a insistir en que, si no reparaba a Santiago y no recuperaba el vínculo, nunca volvería a sentirme grandioso, especial o irreemplazable.

Esta necesidad no comenzó con Santiago. La viví a los diecinueve años y volvió a manifestarse con Darwin cuando tenía veinticinco. Durante aquel duelo llegué a escribir que no podía imaginar la vida sin él, que nunca había sentido semejante vacío y que no sabía cuánto tiempo podría resistirlo. Mucho tiempo después pude escribir algo completamente diferente: que finalmente lo había superado, que la dependencia emocional había cedido y que ya no lo consideraba el amor de mi vida. Esto no significa que nunca lo hubiera amado; significa que, mientras atravesaba la pérdida, mi mente confundió la intensidad del presente con una verdad eterna.

Ahora aparece una narrativa semejante: abrí nuevamente mi corazón después de doce años, las cosas no pudieron ser y, por lo tanto, estoy condenado a permanecer vacío cerca de los cuarenta. Pero Santiago demuestra precisamente lo contrario. Mi capacidad de amar no estaba muerta. Permanecía protegida. Que la relación haya terminado no significa que él haya podido llevarse para siempre una capacidad que sigue siendo mía.

La posible raíz

También reconozco que esta forma de relacionarme puede tener raíces en mi infancia. Mi padre fue un hombre distante, duro, exigente y con pocos momentos de cercanía. El afecto masculino podía sentirse escaso y difícil de conseguir. Es posible que haya aprendido que ser escogido por un hombre emocionalmente distante constituye una prueba de mi propio valor: si logro que el hombre difícil finalmente me vea, me ame y permanezca, entonces habré demostrado que soy suficiente.

Mi madre, por otra parte, me incorporaba emocionalmente a sus conflictos con mi padre y se desahogaba conmigo. Pude aprender que obtenía un lugar importante cuando escuchaba, comprendía, protegía o ayudaba a resolver el sufrimiento de otra persona. De allí puede provenir la confusión entre ser amado y ser necesario: siento mayor conexión cuando puedo cumplir una función transformadora en la vida del otro.

No necesito convertir estas hipótesis en una condena contra mis padres ni en una explicación absoluta de mi carácter. Mi historia me influyó, pero no determina lo que debo seguir haciendo. Comprender el origen solo tiene sentido si me permite escoger algo distinto en el presente.

La herida que parece activarse no es únicamente el miedo a estar solo. Es la sensación de no ser amado y escogido por quien realmente deseo, salvo cuando consigo volverme necesario para esa persona. Cuando el otro deja de necesitarme, no solo siento abandono: siento que dejé de ser especial, que fracasé en mi misión y que alguien podrá reemplazarme.

Mi fijación con lo extraordinario

Debo admitir también que existe en mí una fijación por hacer cosas extraordinarias, sobresalir, producir sorpresa o admiración y sentirme único y diferente. Ser considerado ordinario puede hacerme sentir que fracasé o que mi existencia perdió propósito. Esa exigencia me ha impulsado a desarrollar capacidades reales, crear, aprender y alcanzar logros importantes; no todo en ella es malo. El problema aparece cuando convierto la excelencia en el precio que debo pagar para merecer existir.

Mi dignidad, mis capacidades, mi conducta y mi reputación no son la misma cosa. Mi dignidad es inherente y no aumenta cuando alguien me admira ni disminuye cuando alguien me rechaza. Mis capacidades son reales, pero variables: puedo ser muy competente en determinadas áreas y limitado en otras. Mi conducta puede ser correcta o dañina y debo responsabilizarme por ella. Mi reputación pertenece parcialmente a la percepción de otros y nunca está completamente bajo mi control.

He estado contabilizando la admiración como si aumentara mi patrimonio personal y el rechazo como si lo destruyera. Cuando Santiago se fue, mi mente registró que había perdido mi valor. El registro correcto es otro: perdí un vínculo y el reflejo que recibía de él; mi dignidad permanece, aunque existan conductas que necesito reconocer, reparar y cambiar.

Esto tiene un componente narcisista, entendido no como un diagnóstico, sino como una forma de regular mi autoestima mediante la admiración y la importancia que obtengo de otros. He buscado sentirme especial, irresistible, grandioso e indispensable. Algunas veces he usado personas como espejos que me devuelven esa imagen. Reconocerlo me asusta, pero no debo cometer nuevamente el error de irme al extremo contrario y concluir que soy una persona completamente narcisista, manipuladora o terrible. Eso sería la misma escisión que mi terapeuta señaló en 2020: pasar del blanco al negro, de ser el salvador extraordinario a ser el villano irremediable.

La humildad verdadera no consiste en declararme excepcionalmente bueno ni excepcionalmente malo. Consiste en admitir que soy un ser humano capaz de amar y utilizar, cuidar y herir, actuar con generosidad y buscar validación, equivocarme, asumir responsabilidad y cambiar.

Santiago y Sebas

También he comprendido que estaba haciendo una comparación injusta. Estaba comparando once años de realidad cotidiana con Sebas frente a ocho meses de posibilidad, secreto, deseo, incertidumbre e intensidad con Santiago. Sebas ha sido visto bajo la luz ordinaria de la convivencia, mientras que Santiago quedó congelado en el territorio de lo excepcional y de lo que todavía podía llegar a ser.

He llegado a sentir que, si Sebas —a quien mi mente clasifica injustamente como ordinario— me ama, entonces su amor no demuestra suficientemente mi valor. En cambio, si alguien a quien considero tan especial y diferente como Santiago me necesita, mi propia importancia parece aumentar. Esta jerarquía no describe objetivamente quiénes son ellos; revela el sistema con el que he intentado valorarme a través de las personas.

El amor constante de Sebas no vale menos porque esté disponible. Pero tampoco me obliga a producir un deseo que no siento ni demuestra automáticamente que nuestro matrimonio sea viable. Esa relación debe evaluarse por sus propios hechos, sin convertir a Sebas en refugio contra la soledad ni compararlo continuamente con Santiago. Debo verlo como una persona completa, no como un espejo insuficiente de mi valor.

Santiago tampoco era un proyecto. Era y es una persona libre. Si mi ayuda aumentaba su dependencia de mí y yo necesitaba su admiración para sentirme importante, entonces mi amor estaba mezclado con instrumentalización. Eso no borra lo genuino que hubo en mis sentimientos, pero sí me obliga a depurarlos y a actuar de otra manera.

Dios no depende de mí

Una de las fuentes más fuertes de mi dolor ha sido pensar que le fallé a Dios en el propósito que me había dado con Santiago y que le fallé a Santiago al abandonar la misión de transformar su vida. Ahora comprendo que Dios no depende de mí para salvar ni transformar a nadie.

Pudo haber existido una oportunidad sincera de acompañarlo espiritualmente y ambos pudimos haberla desorientado al mezclarla con otros sentimientos. Puedo reconocer que quebranté mis principios, mentí, oculté, fui infiel y causé daño. Pero nada de eso demuestra que yo fuera indispensable para la salvación o el crecimiento de Santiago. Yo podía plantar o regar; el crecimiento siempre perteneció a Dios.

Arrepentirme no significa permanecer unido a Santiago mediante culpa, sufrimiento o vigilancia. Tampoco significa buscarlo para que su perdón restaure la imagen que tengo de mí. El arrepentimiento debe producir verdad, límites, responsabilidad y una conducta diferente. Si Santiago puede sanar, crecer y acercarse a Dios sin mí, eso no constituye mi fracaso. Confirma que nunca fui su salvador.

Debo cuidar incluso una trampa espiritual más sutil: no convertirlo ahora en la persona extraordinaria que Dios utilizó para revelarme definitivamente mi carácter. Puedo agradecer lo aprendido sin mantener a Santiago como protagonista indispensable de mi transformación. El patrón existía antes de él. Esta relación lo dejó al descubierto, pero el trabajo que debo hacer ahora me pertenece.

Las migajas de pan

He reconocido una conducta concreta que necesito detener. Aunque no he sido capaz de buscar directamente a Santiago, he publicado frases y reflexiones en redes con la esperanza de que las vea, comprenda que todavía lo amo y sea él quien decida buscarme. Es una manera indirecta de mantener la puerta entreabierta y transferirle a él la responsabilidad de reabrir un vínculo que yo deseo, pero sé que no es sano.

Yo mismo le pedí muchas veces que no habláramos. La última vez le dije que debíamos alejarnos. Santiago, con el esfuerzo que eso seguramente implicó, respetó mi decisión. Sería injusto e incoherente dejarle ahora migajas para que regrese y vuelva a exponerse al mismo ciclo.

El hecho de que me haya desbloqueado en sus dos cuentas de Instagram no contiene por sí solo un mensaje que yo pueda descifrar. Puede significar que me superó, que siente curiosidad, que ya no considera necesario bloquearme, que conserva sentimientos contradictorios o simplemente que tomó una decisión digital sin el significado que mi mente quiere asignarle. No conozco sus razones y no necesito conocerlas para decidir qué es sano para mí.

Por eso lo bloqueé nuevamente. No lo hice por venganza, desprecio ni castigo. Lo hice porque entiendo que el acceso alimenta mi ansiedad, mis interpretaciones y la tentación de dejar señales. Bloquearlo es un límite de protección, no un juicio sobre él ni sobre lo que vivimos.

Ahora debo dejar de monitorear la puerta. No comprobaré si me bloquea o desbloquea, no revisaré sus redes por rutas alternativas, no buscaré señales mediante conocidos y no publicaré mensajes destinados consciente o secretamente a él. Antes de publicar algo sobre amor, pérdida o destino, me preguntaré: ¿Publicaría exactamente esto si supiera con certeza que Santiago jamás podría verlo? Si la respuesta es no, lo escribiré en privado.

Lo que sí pudo ser amor

No necesito negar que amo a Santiago para reconocer todas estas distorsiones. El dolor por haberlo herido no demuestra por sí solo que todo fuera amor; también puede proceder de la culpa, el apego y la ruptura de mi autoimagen. La evidencia más importante estará en lo que haga con ese dolor.

Amarlo puede expresarse ahora reconociendo que mi presencia en su vida, mientras yo no haya resuelto la mía, no le hace bien. Puede expresarse aceptando su autonomía aunque eso me quite el lugar que ocupaba. Puede expresarse no provocándolo mediante publicaciones, no exigiéndole que me absuelva y no intentando saber cómo me recuerda. Puede expresarse dejándolo caminar sin mí.

Es posible que Santiago también haya entendido parte de esto. En distintos momentos reconoció que se había entregado y me había cuidado como si fuera mi pareja, pidió coherencia, habló de trabajar en sus heridas y aceptó que la situación podía ser irremediable. Sin embargo, no conozco lo que piensa hoy. Mi intuición puede ser razonable, pero no debo convertirla en una certeza necesaria para mi paz.

Puedo aceptar que quizá me recuerde con amor, dolor, rabia, alivio, contradicción o una combinación de todo. No controlo su proceso, sus razones ni la historia que construya sobre mí. Solo puedo controlar lo que hago ahora.

Un día a la vez

Entender todo esto no eliminará inmediatamente el dolor. Mi mente puede comprender hoy que Santiago se fue, que la relación era inviable y que mi dignidad no depende de su retorno, mientras mi cuerpo y mis emociones todavía lo extrañan y viven la pérdida como un shock. La comprensión ocurre en un momento; la integración necesita tiempo, repetición y experiencias nuevas.

No necesito avanzar emocionalmente a la velocidad de mi inteligencia. Tampoco necesito desacreditar todo lo vivido para poder continuar. Santiago produjo en mí una descarga afectiva muy potente después de doce años de sentir esa parte cerrada: amor, deseo, ilusión, propósito, conflicto, culpa, esperanza y pérdida ocurrieron casi simultáneamente. Es razonable que me tome tiempo procesarlo.

Superarlo no tiene que significar olvidarlo, negar que fue importante o llegar a sentir completa indiferencia. Puede significar integrarlo: recordarlo sin que el recuerdo gobierne mis decisiones; querer que esté bien sin necesitar participar en su vida; aceptar que existió amor sin convertirlo en destino; y recuperar mi capacidad de vivir sin esperar su regreso.

Cuando aparezca el impulso de buscarlo o de dejar una señal, podré preguntarme: ¿Estoy intentando hacer algo bueno para Santiago o estoy intentando restaurar la imagen grandiosa que tenía de mí ante sus ojos? Si estoy intentando recuperar el espejo, la acción correcta será no intervenir.

No debo preguntarme cada día si ya dejé de amarlo. Por ahora es suficiente recordar:

Esto duele porque fue importante, no porque deba regresar. Puedo extrañarlo sin buscarlo. Puedo amarlo sin ocupar un lugar en su vida. Hoy lo dejo libre y me permito comenzar a ser libre también.

Mi decisión

Santi es importante y especial para mí. No sé qué parte de ese sentimiento corresponde a quien él es realmente y qué parte pertenece a la idealización o a lo importante que me sentía cuando me miraba. No necesito resolver hoy esa proporción. Probablemente amé aspectos reales de su ser y también la versión de mí mismo que encontraba reflejada en él.

Sé, sin embargo, que no quiero hacerle daño y no quiero seguir haciéndome daño. Lo nuestro era inviable y ambos sufrimos. Estábamos en momentos y situaciones diferentes de la vida. El amor, por sí solo, no podía convertir nuestra relación en algo sano, justo o posible.

Por eso escojo la ausencia. No como castigo, venganza, desprecio, estrategia ni prueba de amor. La escojo como mecanismo de protección, respeto y coherencia. No necesito que él se entere de mi sacrificio ni que algún día regrese a reconocerlo. La ausencia debe ser real, sin señales, vigilancia, pruebas ni conversaciones imaginarias que condicionen mi vida.

Mi dignidad no depende de su retorno. Mi valor no aumenta por ser necesario para alguien excepcional ni disminuye porque otra persona pueda vivir sin mí. Puedo servir sin salvar, amar sin poseer, acompañar sin convertirme en el centro y ser valioso sin volverme indispensable.

Hoy lo dejo libre. Lo amo, pero no utilizaré ese amor para retenerlo, confundirlo ni mantenerme esperando. Honraré lo que vivimos respetando su decisión y siendo coherente con la mía. Su libertad será mi última demostración de amor; recuperar la mía será mi responsabilidad.

Lo amé de una manera humana: real, pero mezclada con mis heridas. Ahora puedo depurar en mí aquello que lo convirtió en instrumento, sin negar aquello que genuinamente quiso su bien. No sé cómo me recuerda ni necesito saberlo. Hoy lo respeto dejándolo libre y me respeto dejando de buscar mi valor en su regreso.

domingo, 28 de junio de 2026

54 dias despues del dolor ... Cierre en paz

 Lo que no pudo ser, pero sí me transformó

Hay historias que uno no sabe exactamente en qué momento empiezan a torcerse. No porque hayan nacido falsas, ni porque hayan sido malas desde el principio, sino porque empiezan tocando una parte muy real del alma y, poco a poco, se vuelven imposibles de sostener sin romper algo más.

Hoy miro hacia atrás y todavía me cuesta entender cómo terminé en una situación así. Yo tenía una vida. No perfecta, pero sí estable. Vivía en paz en mi casa, con mi esposo, con una historia de años, con rutinas, proyectos, responsabilidades, fe, familia y una estructura que había construido con esfuerzo. No era una vida exenta de grietas, pero era una vida reconocible. Una vida mía.

Y entonces apareció Santiago.

No apareció como una simple distracción. No fue solamente una emoción pasajera ni una curiosidad. Lo que pasó con él tocó algo profundo en mí. Una parte que tal vez llevaba años dormida, escondida o postergada. Con él sentí intensidad, ternura, deseo de ser visto, necesidad de ser escuchado, una conexión que parecía abrir una puerta hacia una versión de mí que yo no tenía completamente integrada.

Eso fue lo más peligroso y lo más revelador: no se sintió falso.

Se sintió real.

Y precisamente porque se sintió real, me confundió tanto.

Durante mucho tiempo traté de entender si aquello era amor, necesidad, herida, deseo, culpa, destino, tentación, escape o una mezcla de todo. Hoy creo que fue una mezcla. Hubo amor, sí. Hubo una conexión profunda, sí. Hubo momentos hermosos, sí. Pero también hubo ansiedad, presión, desorden, miedo, culpa y una imposibilidad práctica de vivir aquello en paz.

Con Santiago yo experimenté una intensidad que me sacudió. Pero también descubrí que la intensidad no siempre es habitable. A veces algo puede ser muy fuerte y, aun así, no ser sostenible. A veces una persona puede tocar una zona muy verdadera de uno, pero eso no significa que pueda convertirse en camino.

Ese fue uno de mis aprendizajes más duros.

Durante semanas viví atrapado entre dos mundos. Por un lado, mi hogar, mi esposo, mi historia, mi familia, mi fe, mis responsabilidades y todo lo que durante años había sostenido mi vida. Por otro lado, Santiago, esa conexión intensa, esa sensación de vida, esa parte de mí que despertaba cuando lo sentía cerca.

Pero esos dos mundos no podían integrarse. Y yo intenté, de todas las formas posibles, no perder a nadie. Intenté cuidar a Sebas sin soltar del todo a Santiago. Intenté soltar a Santiago sin destruirlo. Intenté tomar distancia sin parecer cruel. Intenté explicar lo inexplicable. Intenté que nadie me odiara. Intenté que nadie se quedara con la narrativa de que yo era una mala persona.

Y en ese intento, terminé haciéndonos más daño.

Creo que una de las verdades más difíciles que tuve que mirar fue esta: muchas veces no actué desde claridad, sino desde culpa. No necesariamente quise manipular, pero mi ambivalencia sí tuvo un efecto confuso y doloroso. Cuando sentía que perdía a Santiago, volvía emocionalmente. Cuando la relación con él exigía realidad, me llenaba de ansiedad. Cuando veía sufrir a Sebas, me paralizaba. Cuando pensaba en Dios, me llenaba de miedo. Cuando pensaba en mí, no sabía ni dónde estaba parado.

Me descubrí atrapado en una cárcel invisible: la necesidad de ser comprendido, absuelto y recordado como alguien bueno.

Ese miedo me gobernó demasiado.

Me aterraba que Santiago pensara que yo había jugado con él. Me aterraba que Sebas sintiera que once años de historia habían sido traicionados. Me aterraba que Dios me mirara con decepción. Me aterraba descubrir que tal vez yo no era tan íntegro como creía. Me aterraba tener que aceptar que uno puede amar y aun así hacer daño.

Pero hoy entiendo algo: la integridad no consiste en salir limpio de una historia compleja. La integridad consiste en dejar de mentirse cuando uno ya vio la verdad.

Y la verdad era que yo no estaba en condiciones de sostener una relación con Santiago.

No porque no hubiera sentido algo. No porque él fuera una mala persona. No porque lo nuestro hubiera sido una mentira. Sino porque el vínculo, tal como existía, me llenaba de ansiedad, culpa y miedo. Porque cuando estábamos lejos, yo lo idealizaba; pero cuando volvíamos a estar cerca, empezaba a sentir presión, deuda emocional y ganas de huir. Porque la conexión era intensa, pero la realidad nos volvía a poner contra la pared.

También entendí algo sobre él. Santiago no fue un villano. Fue alguien que también amó, que también sufrió, que también intentó entender, que también se defendió como pudo. Pero su forma de vivir el dolor muchas veces me hacía sentir acorralado. Cuando se sentía inseguro, aparecían la exigencia, la rabia, el reproche y la necesidad de que yo definiera mi vida con una certeza que yo no tenía.

Y ahí chocábamos.

Él necesitaba presencia, seguridad, decisión, tiempo de calidad, una señal clara de que yo estaba dispuesto a jugarme la vida por ese amor. Yo necesitaba silencio, espacio, discernimiento, calma y una forma de no destruir mi mundo entero en medio de una tormenta emocional.

Ninguno de los dos estaba completamente equivocado. Pero tampoco estábamos sincronizados.

Esa es una de las cosas más dolorosas de aceptar: a veces dos dolores son válidos, pero no pueden convivir.

Después de tantos ires y venires, hubo un momento en que lo entendí. Yo no podía seguir usando el amor como promesa cuando por dentro no tenía paz. No podía seguir diciéndole a Santiago palabras que luego mi realidad no podía sostener. No podía seguir permitiendo que Sebas sufriera alrededor de mi confusión. No podía seguir preguntándole a Dios a quién escoger mientras yo seguía alimentando el desorden.

Tenía que parar.

Y parar no fue heroico. No se sintió limpio. No se sintió glorioso. Se sintió triste. Se sintió como reconocer que una historia que había significado mucho no podía seguir. Se sintió como mirar algo hermoso y admitir que, aun siendo hermoso, no podía vivir ahí.

Al final, creo que Santiago y yo logramos algo que no parecía posible: dejamos de convertirnos en villanos.

Hubo enojo. Hubo palabras duras. Hubo dolor. Pero también hubo un momento final de comprensión. Pudimos reconocer que lo que sentimos fue real, que nos transformó, que nos enseñó cosas, que nos despertó zonas del alma, pero que no necesariamente podíamos estar juntos.

Eso me dio paz.

No una paz eufórica. No una paz de película. Una paz sobria. Una paz triste, pero real.

La paz de decir: “Esto fue. Esto me marcó. Esto me enseñó. Pero esto no puede seguir gobernando mi vida.”

Hoy entiendo que soltar no es negar. No tengo que decir que Santiago no significó nada para mí para poder dejarlo ir. No tengo que borrar la historia, ni despreciarla, ni reducirla a un error. Lo puedo mirar con honestidad y decir: fue amor, fue intensidad, fue aprendizaje, fue espejo, fue herida, fue despertar, fue caos, fue belleza, fue límite.

Fue lo que fue.

Pero no podía ser.

Y ahora me queda un camino por recorrer.

No tengo resuelto qué va a pasar con Sebas. No quiero usar el cierre con Santiago como una excusa para correr de nuevo hacia mi hogar sin mirar lo que se rompió, lo que cambió y lo que todavía necesita verdad. Sebas merece algo mejor que una vuelta desde el miedo o desde la culpa. Yo también merezco algo más honesto que esconderme detrás de una relación para no enfrentar mi vacío.

Si algún día decido seguir con Sebas, tendrá que ser desde una decisión limpia, no desde el terror a quedarme solo ni desde la necesidad de reparar una culpa. Tendrá que ser desde libertad, desde verdad y desde un amor reconstruido conscientemente.

Y si decido no seguir, también tendrá que ser desde verdad, no desde la intensidad de otro vínculo ni desde la fantasía de una vida alternativa.

Hoy entiendo que el verdadero trabajo no es escoger entre dos personas. El verdadero trabajo es recuperar mi integridad emocional.

Eso significa aprender a no prometer desde la emoción del momento. Aprender a no buscar absolución en quien está herido. Aprender a tolerar que alguien pueda tener una narrativa incompleta de mí sin correr desesperadamente a corregirla. Aprender que no todo dolor ajeno es una orden sobre mi vida. Aprender que amar no siempre significa permanecer. Aprender que irse también puede ser un acto de misericordia cuando quedarse solo prolonga el daño.

También aprendí algo sobre Dios.

Durante todo este proceso tuve mucho miedo de lo que Dios pensaba de mí. Me sentí juzgado, expuesto, indigno, confundido. Pero ahora empiezo a entender que Dios no me llama a esconderme debajo de la vergüenza, sino a caminar en verdad. No creo que Dios haya estado esperando que yo colapsara para condenarme. Creo que me estaba llamando, una y otra vez, a dejar de añadir mentira al dolor.

La obediencia, en este punto de mi vida, no se ve como tener todas las respuestas. Se ve como dejar de alimentar lo que me desordena. Se ve como hacer silencio. Se ve como no buscar más señales donde ya hubo un cierre. Se ve como no stalkear, no revisar, no buscar pruebas, no intentar confirmar si Santiago todavía piensa bien de mí. Se ve como dejarlo ir de verdad.

Hoy lo suelto en paz.

Lo suelto sin negarlo.
Lo suelto sin odiarlo.
Lo suelto sin perseguirlo.
Lo suelto sin necesitar que me absuelva.
Lo suelto sin convertirlo en villano.
Lo suelto reconociendo que lo que nació entre nosotros fue real, pero no podía sostenerse sin hacernos daño.

Y también me suelto a mí.

Me suelto de la necesidad de entenderlo todo hoy. Me suelto de la condena de llamarme monstruo. Me suelto de la fantasía de salir impecable de una historia donde hubo heridas reales. Me suelto de la obligación de decidir mi vida desde el miedo.

No sé exactamente qué viene.

Sé que tengo que sanar. Sé que tengo que hacer duelo. Sé que tengo que mirar mi matrimonio con honestidad. Sé que tengo que hablar con Dios sin esconderme. Sé que tengo que reconstruir una relación conmigo mismo que no dependa de ser visto como bueno por los demás.

Pero hoy hay algo que sí sé:

No quiero volver a traicionarme por miedo a decepcionar a alguien.
No quiero volver a confundir intensidad con destino.
No quiero volver a usar la culpa como brújula.
No quiero volver a sostener dos mundos que no pueden convivir.
No quiero volver a prometer desde una emoción que no puedo habitar con paz.

Quiero aprender a amar con verdad.

Y tal vez ese es el fruto más importante de todo esto: entender que la integridad emocional no consiste en no sentir contradicciones, sino en no dejar que esas contradicciones gobiernen mis actos.

Santiago fue parte de mi historia. Una parte intensa, luminosa, dolorosa y transformadora. Pero no todo lo que transforma está destinado a quedarse.

Algunas personas llegan como fuego. Alumbran, queman, revelan y luego deben apagarse para que uno pueda volver a respirar.

Hoy dejo que ese fuego descanse.

Y camino hacia adelante, no porque ya no duela, sino porque por primera vez entiendo que soltar también puede ser una forma de amar.

miércoles, 10 de junio de 2026

33 días después del dolor - Reflexión y Liberación

Hoy comprendí algo que llevaba semanas intentando nombrar sin lograrlo del todo. Durante este tiempo he pensado una y otra vez en Santiago. Lo he extrañado, lo he llorado, lo he recordado y he intentado entender por qué su ausencia ha sido tan difícil de procesar. Durante muchos días creí que mi dolor era simplemente la consecuencia de haber perdido a alguien que amé profundamente. Sin embargo, mientras avanzo en este duelo, empiezo a ver que la historia es mucho más compleja que eso.
Lo que más me duele no es únicamente haber perdido a Santiago. Lo que realmente me duele es haber perdido a la versión de mí que despertó cuando lo conocí.
Cuando apareció en mi vida ocurrió algo que no esperaba. No fue solamente deseo ni atracción. Tampoco fue únicamente enamoramiento. Lo que sucedió fue que se abrió una puerta dentro de mí que llevaba mucho tiempo cerrada. Por primera vez en años sentí que podía bajar la guardia. Sentí que podía dejar de ser el fuerte, el responsable, el que sostiene a todos. Sentí que podía simplemente existir sin tener que demostrar nada. Me sentí visto, deseado, querido. Sentí que podía ser vulnerable sin que eso representara una amenaza.
Esa sensación fue tan intensa que terminé asociándola completamente a él.
Con el paso de los días y de las semanas, comencé a darme cuenta de que Santiago se había convertido en algo más que una persona dentro de mi mente. Sin proponérmelo, lo transformé en una especie de símbolo. Un tótem. Un nombre al que terminé asociando una experiencia emocional mucho más grande que él mismo. No porque él fuera perfecto. No porque fuera extraordinario. No porque fuera un salvador. Sino porque representaba una versión de mí que había estado dormida durante mucho tiempo.
Cuando pienso en él, muchas veces no estoy pensando realmente en él. Estoy pensando en aquel hombre que fui cuando estaba a su lado. El hombre que amó sin reservas. El hombre que se entregó. El hombre que sintió hogar. El hombre que pudo descansar por un momento de la carga constante de tener que ser fuerte.
Y creo que ahí está la raíz más profunda de todo este proceso.
He comenzado a entender que existe una herida antigua dentro de mí. Una herida relacionada con la ausencia paternal. Una necesidad que probablemente ha estado presente durante gran parte de mi vida y que muchas veces he intentado compensar mediante el trabajo, el éxito, el liderazgo, el conocimiento, la espiritualidad o la autosuficiencia. Sin embargo, debajo de todas esas capas existe algo mucho más simple: un niño sensible que sigue buscando sentirse protegido.
No creo que haya nada vergonzoso en reconocerlo.
En el fondo, existe una parte de mí que siempre ha deseado encontrar unos brazos masculinos donde poder descansar. Un lugar donde no tenga que resolver nada. Un lugar donde pueda ser vulnerable sin miedo. Un lugar donde no tenga que demostrar fortaleza. Un lugar donde simplemente pueda sentirse seguro.
Cuando Santiago llegó, al menos durante un tiempo, mi herida interpretó que había encontrado exactamente eso.
Por supuesto, ahora veo que no era tan simple.
Aquellos momentos de conexión fueron reales. La ternura fue real. El cariño fue real. La sensación de alivio fue real. Pero el hecho de que algo alivie una herida no significa necesariamente que la sane. Durante mucho tiempo confundí ambas cosas.
Hoy puedo ver que mi alma tomó esos momentos de alivio y comenzó a construir sobre ellos una narrativa mucho más grande. Empecé a creer que había encontrado algo sagrado. Algo destinado. Algo único. Algo irrepetible. Y poco a poco la experiencia dejó de ser solamente humana para adquirir un carácter casi espiritual dentro de mí.
Tal vez por eso escribí Santísimo Amor.
Ahora entiendo que esa canción no habla realmente de Santiago. Habla de la forma en que mi corazón vivió aquella experiencia. Habla de cómo una herida antigua encontró alivio por un instante y confundió ese alivio con salvación. Habla de cómo tomé una experiencia profundamente humana y la envolví en un lenguaje casi litúrgico. No porque él fuera santo, sino porque mi necesidad era enorme.
Lo más difícil de aceptar es que la historia terminó exactamente como suelen terminar las historias construidas sobre heridas no resueltas.
Nos hicimos daño.
Nuestras inseguridades chocaron.
Nuestras heridas chocaron.
La ansiedad apareció.
Los reproches aparecieron.
La confusión apareció.
Y aquello que en algún momento pareció un refugio terminó convirtiéndose en un lugar donde ambos nos lastimamos profundamente.
Recuerdo nuestra última conversación y todavía siento tristeza. Fue horrible. Nos destruimos mutuamente. Dijimos cosas que nunca debimos decir. Durante mucho tiempo pensé que yo había sido quien lo había destruido definitivamente con mis palabras. Pensé que había sido el golpe final que lo obligó a soltarme para siempre.
Ahora lo veo de forma diferente.
Sí, lo herí. Probablemente mucho. Pero también entiendo que nuestras palabras no destruyeron una relación sana. Fueron el derrumbe final de algo que ya venía fracturándose desde hacía tiempo. No fue una explosión sobre un edificio intacto. Fue el colapso de una estructura que llevaba meses acumulando grietas.
Comprender eso no elimina mi responsabilidad, pero tampoco me obliga a cargar con toda la culpa.
Los dos llegamos heridos.
Los dos actuamos desde nuestras heridas.
Los dos terminamos lastimados.
Y los dos tuvimos que soltar.
Desde entonces he vivido alternando entre momentos de lucidez y momentos de abstinencia emocional. Hay días en los que entiendo perfectamente que la relación no era viable. Días en los que veo con claridad que continuar habría significado destruirnos aún más. Días en los que acepto la realidad tal como es.
Pero también hay días en los que la nostalgia regresa. Días en los que extraño lo que sentía. Días en los que mi mente intenta regresar a aquellos momentos donde todo parecía posible.
Sin embargo, incluso en esos días, algo está cambiando.
Empiezo a comprender que no estoy intentando recuperar a Santiago.
Estoy intentando recuperar la parte de mí que despertó junto a él.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Porque si lo que perdí fuera únicamente una persona, dependería de su regreso para sentirme completo. Pero si lo que perdí es una parte de mí mismo, entonces todavía existe la posibilidad de recuperarla sin necesidad de volver atrás.
Tal vez esa sea la verdadera lección de todo esto.
Santiago no creó esa versión de mí.
No inventó mi capacidad de amar.
No inventó mi sensibilidad.
No inventó mi vulnerabilidad.
No inventó mi deseo de sentirme protegido.
Todo eso ya estaba dentro de mí.
Simplemente lo despertó.
Y ahora mi tarea consiste en rescatar esa parte sin necesidad de convertir a nadie en un altar.
Porque finalmente entiendo algo que antes no podía ver.
No era él quien contenía aquello que estaba buscando.
Era mi propia herida buscando refugio en su nombre.
Y quizás por eso este duelo ha sido tan profundo. Porque no estoy despidiendo solamente una relación. Estoy despidiendo una ilusión. Estoy bajando a un ser humano del pedestal donde mi necesidad lo había colocado. Estoy aprendiendo a diferenciar entre amor y salvación. Entre compañía y refugio absoluto. Entre conexión y destino.
Y mientras escribo estas palabras, siento que Katharsis comienza a tomar forma dentro de mí.
No como un álbum sobre Santiago.
No como una carta disfrazada de música.
No como un intento de recuperar el pasado.
Sino como el relato de un hombre que atravesó el fuego de sus propias heridas, miró de frente aquello que buscaba desesperadamente en otros y descubrió que el verdadero viaje siempre había sido hacia sí mismo.
Quizás esa sea la verdadera catarsis.
No olvidar.
No negar.
No borrar.
Sino recordar con amor, comprender con honestidad y finalmente regresar a casa.
A mí.
el momento en que Santiago reaparece después del accidente, rompe más de un mes de silencio absoluto y te obliga a confrontar todo aquello que estabas intentando soltar.
Y honestamente, creo que ese episodio es uno de los más importantes de todo el duelo, porque fue una especie de prueba de realidad.
No lo incluiría como un apéndice. Lo incluiría dentro de la narrativa principal porque cambió algo en ti.
La forma en que yo lo contaría sería algo así:
Había pasado más de un mes desde la última vez que hablamos. Treinta y tantos días de silencio absoluto. Treinta y tantos días intentando entender qué había pasado, intentando reconstruirme, alternando entre momentos de lucidez y momentos de abstinencia emocional. Durante ese tiempo había imaginado muchas veces qué ocurriría si algún día volvía a aparecer. Había fantaseado con conversaciones pendientes, explicaciones, disculpas, cierres más elegantes que el desastre con el que terminamos. Una parte de mí seguía creyendo que quizá algún día podríamos tener una conversación distinta.
Entonces ocurrió algo que jamás habría imaginado.
Recibí un mensaje suyo.
Había sido atropellado.
De repente, después de semanas de silencio, después de todo lo que había ocurrido, allí estaba nuevamente su nombre frente a mí.
Mi primera reacción no fue rabia.
No fue resentimiento.
Fue preocupación.
Porque más allá de todo lo que pasó entre nosotros, más allá de las heridas, los reproches y las palabras crueles que intercambiamos al final, seguía siendo alguien a quien quise profundamente.
Y al saber que estaba herido sentí dolor.
Sentí tristeza.
Sentí compasión.
Sentí miedo de que le hubiera ocurrido algo grave.
Respondí.
Hablamos.
Pasamos del correo a WhatsApp.
Y por unas horas sentí como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo.
Era extraño.
Una parte de mí reconocía inmediatamente aquella energía emocional que tantas veces me había arrastrado hacia él.
Otra parte observaba la situación desde afuera.
Como si pudiera verme a mí mismo teniendo aquella conversación.
Como si por primera vez estuviera presente una conciencia que antes no existía.
Durante mucho tiempo imaginé que si Santiago volvía a aparecer todo se resolvería.
Pensé que tal vez encontraría respuestas.
Pensé que tal vez sentiría paz.
Pensé que quizá recuperaría algo que había perdido.
Pero lo que encontré fue algo muy diferente.
Encontré la confirmación de que el problema nunca fue la ausencia de una conversación.
El problema era la historia que yo había construido alrededor de ella.
Mientras hablábamos pude ver algo que antes no había logrado ver con tanta claridad.
El cariño seguía ahí.
La preocupación seguía ahí.
La humanidad seguía ahí.
Pero también seguían estando las mismas heridas.
Las mismas dinámicas.
Los mismos desencuentros.
Los mismos lugares donde una y otra vez habíamos terminado haciéndonos daño.
Y entonces ocurrió algo que jamás pensé que ocurriría.
Por primera vez no sentí la necesidad de salvar la relación.
No sentí la necesidad de convencerlo de que yo era una buena persona.
No sentí la necesidad de corregir la imagen que pudiera tener de mí.
No sentí la necesidad de luchar por ser comprendido.
Simplemente entendí que ese no era el momento.
Que él necesitaba concentrarse en sanar.
Y que yo necesitaba seguir caminando.
Le expresé mi preocupación.
Le deseé bienestar.
Le pedí que se enfocara en su recuperación.
Y cuando la conversación comenzó a acercarse nuevamente a los temas que tantas veces nos habían destruido, mantuve el límite.
No porque hubiera dejado de quererlo.
Sino precisamente porque entendí que quererlo no era suficiente.
La conversación terminó.
Y cuando terminé de hablar con él me ocurrió algo inesperado.
No sentí alivio.
Tampoco sentí euforia.
Tampoco sentí que hubiera recuperado algo.
Lo que sentí fue tristeza.
Una tristeza profunda.
Melancolía.
Dolor.
Porque entendí que la persona seguía existiendo.
El cariño seguía existiendo.
Pero el vínculo ya no.
Y esa es una de las cosas más difíciles de aceptar cuando se ama a alguien.
Que el amor puede sobrevivir incluso cuando la relación ya no puede hacerlo.
Me dolió imaginarlo herido.
Me dolió verlo vulnerable.
Me dolió pensar en todo lo que ocurrió entre nosotros.
Pero al mismo tiempo comprendí algo que no había comprendido antes.
Yo ya no estaba intentando volver.
Y esa fue una diferencia enorme.
Por primera vez sentí que podía preocuparme por él sin intentar rescatar la historia.
Podía desearle bien sin abrir nuevamente la puerta.
Podía reconocer el amor que sentí sin entregarle nuevamente mi paz.
Después de la conversación me quedé sentado durante mucho tiempo intentando procesar lo ocurrido.
Y fue entonces cuando apareció una verdad incómoda.
Lo que más me dolía no era que Santiago siguiera adelante.
Ni siquiera que probablemente nunca volvamos a formar parte de la vida del otro.
Lo que más me dolía era aceptar que la versión de mí que nació en aquella historia también debía transformarse.
Porque durante mucho tiempo confundí a Santiago con esa versión de mí.
Pensé que estaban unidos.
Pensé que si perdía uno perdería también al otro.
Pero aquella conversación me mostró algo diferente.
La versión de mí que despertó junto a él sigue aquí.
La sensibilidad sigue aquí.
La capacidad de amar sigue aquí.
La vulnerabilidad sigue aquí.
Lo único que ya no está es el vínculo donde apareció por primera vez.
Y quizás por eso dolió tanto.
Porque finalmente entendí que estaba despidiéndome no de una persona, sino de una etapa completa de mi vida.

miércoles, 20 de mayo de 2026

14 días ... claridad

Día 14 — 20 de mayo. Hoy Santiago me escribió por correo. Después de casi dos semanas de silencio, apareció con un mensaje breve: “Querido Juanse. Gracias por todo”, acompañado de una canción: A quien tú decidiste amar, de Sandoval. No la escuché de inmediato, pero entendí lo que ese gesto quería mover. No era un mensaje cualquiera. Era una despedida simbólica, una forma de decirme que le dolió mi ausencia, que mi desaparición de las redes, mi silencio y mi decisión de no buscarlo probablemente tocaron su herida de abandono. Y aunque pude reconocer eso con cierta compasión, también entendí algo con mucha claridad: su dolor no repara el daño. Una canción triste no borra los insultos, las agresiones, el maltrato, las palabras que me dijo, ni la forma en que el vínculo terminó rompiéndonos a los dos. Tampoco borra lo que yo dije; sé que también herí, que también reaccioné desde mi dolor, que en medio del incendio también lancé palabras que no debieron salir de mí. Pero reconocer mi responsabilidad no significa volver a abrir una puerta que tuve que cerrar para protegerme. Hoy entendí que ese mensaje no venía acompañado de una disculpa adulta, de una reflexión clara, de un reconocimiento de su parte, ni de una voluntad real de reparación. Venía cargado de duelo, abstinencia emocional y heridas activadas. Y eso, aunque humano, no es suficiente para reconstruir nada. Esta vez no respondí. No por orgullo, no por crueldad, no porque no me importe lo que él pueda estar sintiendo, sino porque ya no puedo seguir confundiendo dolor con amor, nostalgia con madurez, ni señales emocionales con cambios reales. La puerta sigue cerrada. Y por primera vez no lo escribo desde la rabia, sino desde una calma extraña, firme, casi nueva. Una parte de mí entendió que no todo lo que toca la puerta merece entrar otra vez.

lunes, 18 de mayo de 2026

12 dias despues de tocar fondo ... Melancolía

 Ya han pasado 12 días desde que dejamos de hablar, y ya comienzo a entender que ese fue el final definitivo, quisiera decir que te extraño, pero parece que extraño al que fui contigo, todos esos sentimientos parecen ahora guardados en el fondo de mi corazón, me has dolido todos estos dias, me arrepiento mucho de haber abierto esa puerta entre nosotros, cuando pude haberme mantenido integro y haber evitado todo este dolor, especialmente para ti, cuando te conocí seguías herido por tu antigua relación y siento que yo terminé por romper tu corazón.

Entiendo la razón de haberme dicho todo lo que me dijiste al final, y siento mucho haberme defendido y haberme enceguecido en vez de escuchar, sé que terminé destruyendo lo que sentía por mi al decirte todas esas cosas que te dije, especialmente que no queria estar contigo porque eras una mala persona, alguien que manipulaba hombres casados y luego se victimizaba como lo hiciste conmigo, ambos hablamos desde la rabia y la frustración, lo cierto es que desde el principio yo entendí que lo nuestro no iba a ser posible, y aun asi lo intenté, creéme lo intenté, quise creer que existia una posibilidad, pero nunca la hubo para nosotros, nunca hubo esa posibilidad, porque decidimos iniciar algo incorrecto, en el momento incorrecto, de la forma incorrecta, y eso solo nos iba a lanzar a un dolor cada vez mayor.

En verdad lo siento mucho, si me enamoré de ti, en verdad lo hice, en verdad sentí cada una de esas cosas que vivimos juntos, solo no pude quedarme, y siento muchisimo haber alargado tanto la despedida, o al menos no haber sido valiente para haber aclarado las cosas desde el principio, yo tambien estaba muy confundido, y me aferré a ti, a la oportunidad de volver a sentirme amado y amar de la forma en la que lo hice, solo que cuando comence a sentirme tan atacado, cuando comenzamos a tener esas discusiones donde me agredías de esa manera y me acusabas tan duramente comencé a cerrarme y poco a poco a alejarme de ti, lo sé no era lo correcto, pero no era fácil dejarte ir tampoco, me costaba mucho soltarte y lo intenté de muchas manera porque comencé a ver como todo esto tambien te estaba haciendo daño, y si yo pude facilmente haber resuelto mi situación, haber disuelto mi hogar, haberme lanzado a la aventura de iniciar una relación contigo, solo que deje de tener evidencias de que fuera a funcionar y dejé de sentirme seguro contigo, y ahi fue cuando decidí dar un paso atrás.

No jugué contigo y eso es lo que más me hiere, que lo pienses así, ambos fuimos victimas de una situación que no supimos como manejar, y esa situación termino exacerbando todas nuestras heridas, nuestras inseguridades, nuestros miedos, y al final terminamos luchando el uno contra el otro tratando de evitar el dolor que nos estaba causando toda esta situación, sé que no vas a regresar, ahora lo sé, soy consciente que luego de todas esas palabras que nos dijimos y que yo dije, destruí por completo lo poco que quedaba entre nosotros, lo entiendo, no puedo guardarte rencor, porque como puedo odiar a quien ame tanto? Pienso mucho en ti y le pido al Señor que te guarde, que te llene de luz, que te aconpañe en todo momento, fuiste y serás alguien muy especial para mi, ya lo acepté y es mejor así, es mejor que estemos lejos el uno del otro.






jueves, 7 de mayo de 2026

1 Dia despues de tocar fondo



Santiago, este es ud, no soy yo, yo sigo orando porque ud pueda sanar su corazón, y esa es su rabia y su ira que al final no que quise quedar, aunque ud se esforzó por fingir realmente alguien que no era y esa es mi descepción mas grande y mi desilusión, siento rabia pero no con ud, ud al final es un muchacho joven con mucho por aprender de la vida, pero yo, yo soy un tipo de 38 años que ingenuamente creyó en sus palabras y en las buenas intenciones que prometía tener, yo no quise construir con ud, porque me di cuenta lo que ud lleva en el interior, la clase de persona que es, lo lejos que esta de poder llegar a ser un buen compañero de vida, y si me equivoque, porque alargué de más algo que percibí al poco tiempo de haber abierto esa puerta que me trajo hasta aqui, a permitir nuevamente que una persona con tantas heridas, tantos resentimientos, tan lleno de ira y de dolor y guerra en su interior se llevara mi paz, intentara parasitar las cosas bonitas que ofrezco, mi luz, mi tranquilidad, mi estabilidad. 

Ud trajo a mi vida caos, amargura, rabia, ira, violencia, dolor, ansiedad, falta de principios, mentiras, pecado, pero no tiene la madurez suficiente para asumirlo, para hacerse responsable de sus actos, yo no necesito a ud denigrarlo o humillarlo, ni dedicarme a mandar indirectas en redes para validar quien soy, pero que triste que ud si necesita denigrar al otro para poderse sentir bien con ud mismo, porque no es capaz de soportar su propia verdad. Yo no le mentí cuando le dije que lo amaba, porque lo amé, pero por fortuna del cielo, y por misericordia de Dios, abrí los ojos rapidamente y ud me mostró poco a poco el verdadero ser que lleva por dentro y que esconde con esas máscaras de cordialidad y ternura, ud no puede ofrecer amor real, porque no lo tiene, eso es lo que ud puede ofrecer, pasión, sexo, ansiedad, demanda constante de atención, de validación, porque no tiene autoestima, y su odio hacia mi es que no pudo usar lo que seguro le ha funcionado otras veces con otras personas en el pasado conmigo. 

No me quede porque ya no quise, no quise compartir mi vida al lado de alguien que era capaz de mentirme, de decirme cosas lindas para luego humillarme y herirme en lo mas profundo solo porque no respondía al afán y al capricho, no iba a destruir toda mi vida por la ilusión que muy pronto se desvaneció, y cuando me di cuenta me quedé un tiempo para tratar de asegurarme si no eran mis miedos los que me estaban haciendo ver el monstruo que se esconde debajo de su piel de cordero, como me dijo.

Pero ud demostró quien es realmente, nadie tuvo que contarmelo, no tuve que adivinarlo, ud solo se encargo de quitarse su mascara, y lo que ví me hizo cerrar completamente la puerta a cualquier oportunidad de si quiera volver a cruzar palabra. Siento mucho que ud se sienta asi por dentro, porque si efectivamente su karma es ud mismo, su soledad, su amargura, su incapacidad de tener relaciones reales, sinceras, duraderas, ud no tiene las herramientas para sostener ninguna relación, porque hiere, porque demanda, porque quiere controlar al otro, quiere convertirlo en su esclavo, en su dependiente emocional, me aterra pensar lo cerca que estuve de arruinar toda mi vida por una mentira tan grande, hubiera comido mierda, asi como ud me mando a comer mierda, no tenia que ir a ninguna parte a buscarla, porque me la comí toda con ud, a mi no me importa lo que ud opine de mi, porque es claro que de los dos, el que mas ha sentido la perdida es ud, de lo contrario no necesitaria andar a diario posteando su rabia y su veneno, no se con que intenciones, seguro porque sabe que de pronto lo voy a leer, pero tampoco me importa, yo espero que nunca mas aparezca en mi vida, yo cerré la puerta completamente, ud ya es un hombre adulto no es ningún niño asi que es perfectamente consciente de lo que hace y lo que dice, que triste Santiago que ud repita el mismo patrón una y otra vez con sus relaciones sentimentales, y sus amistades, todos somos malos, ud es la victima, ojala se cuestione esa narrativa, porque cuando todos somos los malos y nos hemos ido de su vida, el factor común es ud, cuestionese ud mismo si realmente los demás somos los que hemos hecho daño o tal vez ud nos ha herido tanto que preferimos alejarnos de su vida.

No siento el haberme ido, no quiero saber nada de ud, ud puede opinar de mi lo que le plazca, pero eso demuestra de que estamos hechos cada uno, yo no necesito hacer nada de esas cosas, no necesito convertirlo en nada, ni siquiera en un recuerdo, yo soy quien soy y por eso le duele tanto que me haya ido, porque nadie le va a borrar a ud de su corazón la paz y la luz que yo traje a su vida y que ud perdió con todo lo que hizo y su comportamiento nefasto, violento, humillativo, irascible, porque si Santiago el unico responsable de mi ausencia en su vida, es ud, ud no quiere y no es capaz de admitir esa verdad porque ud necesita autoconvencerse de su mentira, yo me fui en paz, no me arrepiento de nada de lo que le dije porque es la verdad, al final eso fue lo que encontré en ud, alguien sin principios, sin respeto por el otro, lleno de violencia, de amargura, intenso, tóxico, inmaduro, falso, manipulador, que me engaño completamente haciendome creer que era alguien que nunca fue en realidad, ud fue un espejismo, un reflejo, una lección de vida, nada va a cambiar mi esencia ni mi realidad, ni la paz, ni el amor que llevo por dentro, todas esas palabras son para ud, esas palabras que ud cree que me esta dedicando, lealas, lealas con conciencia, ud arrastra su miseria a cada vinculo, ud miente sobre ud mismo y finge hasta perderse, manipula y cambia de versión a conveniencia, se enamora de quien le da un minimo de atención y le llama destino, se enamoró de mi solo porque fui amable y quise compartirle la luz que habia en mi vida, ud no se respeta, no respeta los vinculos ajenos, ud no le importa ser el otro si eso significa recibir cariño y atención, arruinó este amor con su actitud, todos somos culpables y victimarios en su versión retorcida de la vida, ese es su karma Santiago. Su pobreza viene del espiritu, porque esta vacío por dentro, ojalá algún dia encuentre la luz, porque mientras camine en esa oscuridad la historia se va a repetir en su vida una y otra vez.

Yo me voy y me voy tranquilo, recupero mi vida la que estuve a punto de destruir por sus mentiras y engaños, me voy al amor que nunca debi herir, a mi hogar tranquilo, a mis oraciones matutinas, a la bendicion de la paz y el perdón que encuentro cada día en mi Dios, sigo orando por ud, no le guardo rencor, tengo rabia por sus palabras pero yo no soy un resentido, pronto olvidaré todo esto, incluida su voz, su rostro y todo lo que ud pudo haber significado para mi, que Dios lo acompañe le deseo bien Santiago porque muy a diferencia de ud, yo no tengo porque dañar para sentirme aliviado, no tengo que herir para sanar, no tengo que destruir a nadie para construirme, y por favor le pido nunca, nunca mas vuelva a escribirme o a buscarme, no quiero volver a saber absolutamente nada de ud, que Dios le acompañe. Dios tenga misericordia y le ayude a madurar. Ud no me merece, y núnca jamas una persona como yo va a estar con una persona en sus condiciones emocionales y espirituales. Muchos exitos Santiago.





miércoles, 6 de mayo de 2026

50 dias despues de la despedida - Tocamos fondo / cierre definitivo.

Hoy entiendo que lo que viví con Santiago no fue una mentira. Y aceptar eso también implica aceptar algo mucho más incómodo: tampoco fue suficiente.

La historia comenzó como comienzan muchas relaciones que nacen desde la necesidad emocional de ser vistos. No empezó desde la estabilidad. No empezó desde dos personas completamente sanas que decidieron construir con calma. Empezó desde el hambre afectiva, desde heridas abiertas, desde la ilusión de encontrar en otro un lugar seguro donde descansar el corazón.

Y eso fue exactamente lo que sentí al principio.

Santiago llegó a mi vida en un momento donde emocionalmente yo estaba agotado, confundido, roto en muchas partes que ni siquiera entendía del todo. Y él apareció con atención, deseo, intensidad, validación, cercanía, admiración, ternura. Me hizo sentir visto otra vez. Deseado otra vez. Vivo otra vez.

Poco a poco comenzamos a construir una intimidad emocional muy fuerte. Los mensajes empezaron a llenarse de palabras bonitas, de ilusión, de coqueteo, de cariño, de pequeños rituales emocionales que sin darnos cuenta fueron creando apego. Empezamos a hablarnos como pareja mucho antes de tener una relación realmente estable.

Y ahí estuvo uno de mis primeros errores.

Abrí emocionalmente un vínculo muy profundo sin tener resuelta mi propia vida interior.

Porque aunque yo sentía cosas reales por Santiago, la realidad es que yo todavía estaba dividido emocionalmente. Seguía tratando de sostener otras responsabilidades emocionales, otras relaciones, otros dolores, otras culpas. Una parte de mí quería correr hacia Santiago y vivir todo lo que sentía. Otra parte sabía que mi vida todavía era un caos y que yo no estaba listo para sostener una relación tan intensa.

Pero no fui capaz de detener el vínculo antes de que creciera demasiado.

Y cuando uno no pone límites a tiempo, las emociones toman velocidad más rápido que la madurez emocional necesaria para sostenerlas.

Comenzamos a idealizarnos mutuamente.

Yo empecé a ver a Santiago como un refugio emocional. Como una conexión distinta. Como alguien que despertaba partes de mí que llevaban mucho tiempo dormidas. Y creo que él también comenzó a verme como una figura emocional muy importante dentro de su vida. Poco a poco dejamos de relacionarnos desde la realidad y comenzamos a relacionarnos desde la fantasía emocional.

El problema de la fantasía es que siempre termina chocando contra la realidad.

Y nuestra realidad era complicada.

Yo necesitaba tiempo, espacio, orden emocional. Necesitaba resolver cosas internas y externas antes de poder entregar estabilidad a otra persona. Pero Santiago necesitaba certeza. Necesitaba sentirse elegido. Necesitaba claridad emocional constante. Necesitaba sentir que avanzábamos hacia algo concreto.

Y ahí comenzó el patrón que terminó destruyéndonos.

Él sentía mi ambivalencia como rechazo.
Yo sentía su necesidad constante de certeza como presión emocional.

Entonces empezábamos a girar en ciclos.

Él pedía claridad.
Yo intentaba explicar.
Él seguía sintiendo inseguridad.
Yo me agotaba emocionalmente.
Él explotaba.
Yo intentaba contener.
Y finalmente me retiraba cuando la conversación cruzaba límites que yo no podía tolerar.

Ese patrón ocurrió más de una vez.

Y durante mucho tiempo traté de justificarlo porque entendía que su dolor venía de sentirse inseguro, confundido o no elegido completamente. Y sí, objetivamente mi ambivalencia alimentó muchas de esas heridas. Yo enviaba señales contradictorias:
te amo, pero dame tiempo.
quiero construir contigo, pero no ahora.
siento mucho por ti, pero necesito espacio.
sí quiero, pero todavía no puedo.

Aunque mis sentimientos eran reales, emocionalmente eso generaba muchísima incertidumbre.

Y la incertidumbre sostenida destruye a las personas ansiosas emocionalmente.

Pero también tuve que aceptar algo muy importante: entender el origen del dolor de alguien no significa que deba aceptar el maltrato que nace de ese dolor.

Porque las discusiones comenzaron a escalar cada vez más.

Ya no eran conversaciones difíciles.
Se convertían en ataques.

Santiago empezaba a desregularse emocionalmente, a decir cosas hirientes, a cuestionar mi carácter, mi moral, mis intenciones. Y yo, aunque al principio intentaba contener, explicar y sostener la conversación, llegaba a un punto donde mi sistema emocional simplemente colapsaba.

Porque hay algo dentro de mí que no puede tolerar sentirse humillado para conservar amor.

Y eso también tiene raíces profundas en mi historia.

Creo que en el fondo, muchas veces me quedé tratando de salvar el vínculo porque tenía miedo de que retirarme significara abandonar a alguien que amaba. Pero poco a poco entendí que permanecer dentro de dinámicas donde mi dignidad emocional comenzaba a deteriorarse también me estaba destruyendo a mí.

La pelea final del 6 de mayo no fue realmente el momento donde murió la relación.

La relación ya venía muriendo lentamente desde antes.

El 6 de mayo simplemente fue el día donde ambos dejamos de sostener la ilusión de que todavía podíamos volver a la versión bonita e idealizada que habíamos construido al principio.

Ese día ya no hablábamos desde el amor.
Hablábamos desde el agotamiento.

Santiago explotó desde el dolor, la frustración y la sensación de abandono.
Yo respondí desde el cansancio, la desilusión y la necesidad de protegerme.

Y terminamos destruyéndonos verbalmente.

Nos dijimos cosas que nacieron más del dolor que de la verdad absoluta. Y eso fue lo más triste de todo: ver cómo dos personas que genuinamente se quisieron terminaron convirtiéndose en una fuente de sufrimiento mutuo.

Hoy entiendo que ninguno de los dos era completamente el villano ni completamente la víctima.

Éramos dos personas heridas intentando amar sin tener todavía todas las herramientas necesarias para hacerlo de forma sana.

Y esa es probablemente una de las lecciones más importantes que me deja esta historia:

El amor no basta cuando las heridas son más grandes que la capacidad emocional de sostener el vínculo.

También entendí que no puedo volver a abrir relaciones tan profundas mientras siga emocionalmente dividido o confundido. No puedo volver a permitir que la intensidad emocional avance más rápido que la estabilidad real. No puedo seguir usando el amor como refugio psicológico mientras mi vida interior siga desordenada.

Necesito aprender a identificar señales tempranas:

  • ansiedad relacional constante,
  • necesidad excesiva de validación,
  • ciclos de acercamiento y alejamiento,
  • discusiones que escalan demasiado rápido,
  • miedo constante a perder al otro,
  • sensación de agotamiento emocional frecuente,
  • necesidad de justificarme repetidamente,
  • ataques personales durante conflictos.

Porque cuando una relación comienza a funcionar desde la regulación emocional mutua y no desde la libertad emocional, el vínculo lentamente deja de ser amor y empieza a convertirse en dependencia.

Y la dependencia emocional termina destruyendo incluso sentimientos reales.

También debo aprender algo muy importante:
no debo romantizar el sufrimiento emocional como prueba de profundidad.

Las relaciones intensas no necesariamente son relaciones sanas.

A veces el caos emocional se siente profundo simplemente porque activa heridas viejas muy fuertes.

Y quiero aprender a amar distinto.

Quiero aprender a construir vínculos donde pueda existir:

  • claridad,
  • estabilidad,
  • comunicación,
  • regulación emocional,
  • respeto incluso durante el conflicto,
  • seguridad emocional,
  • espacio individual,
  • y dignidad mutua.

Porque hoy entiendo algo que me costó muchísimo aceptar:

El amor verdadero no debería obligarme a sobrevivir emocionalmente dentro de la relación.

Adios Santiago, hoy me prometo núnca más apareceré en tu vida, no sé si vuelvas a aparecer tu en la mía pero si llega a suceder te prometo que vas a encontrar la puerta cerrada con llave. 


76 días - Introspeccion y Autoreflexión

  Hoy lo dejo libre 11 de septiembre de 2026 Estos últimos días la ansiedad se ha intensificado. He sentido dolor de cabeza, tristeza, pensa...