Estoy tratando de recoger los pedazos que me quedan después de todo esto. El sábado por la tarde le envié el mensaje de despedida a Santi y, desde ese momento, el corazón se me convirtió en una masa de espinas y cuchillos que me desgarran por dentro; me arde con cada latido. Bloqueé a Santi de todas partes para evitar reabrir el ciclo de dolor que estábamos viviendo: yo intentando resolver la situación en casa mientras él se llenaba de ansiedad e incertidumbre, sin saber qué pasaría después. Lo entendí y tomé la que creo es la decisión más cara que me ha tocado asumir: cerrar la puerta y renunciar a él, amándolo como lo empecé a amar.
La historia de mi vida sentimental en los últimos doce años ha sido de desamor, de afectos vanos, superfluos, superficiales y pasajeros. Pero este amor, específicamente este, me desarmó por completo. No lo esperaba en absoluto; llegó de forma tempestiva cuando yo ya me había convencido de que la vida en mi matrimonio era la que merecía, la que me tocaba, a la que debía resignarme. Eso pensé hasta que apareció mi Santi con su personalidad jovial, lleno de vida y optimismo, con esa forma de quererme bonito, de hacerme reír, de llorar juntos y de soportar esta situación hasta donde pudo. Creo que es la primera vez en la vida que renuncio a alguien para no dañarlo, para que ese amor tan puro no se contaminara con la densidad de mis complejidades actuales. No quiero herir a Sebas porque entiendo que también fallé; es mi responsabilidad que, si he de hacer un cierre, este sea de la forma más misericordiosa y sana posible. Todo en su momento y en su orden.
Sé que para Santi esto fue una despedida definitiva; me lo repitió mil veces y me lo dejó claro el domingo por la mañana cuando me dedicó varias canciones. Se despidió de mí, no sin antes dejarme saber con un «te amo» cuánto le dolía, aunque también comprendía mis decisiones. Esto me ha dolido como nada. A veces lo acepto y me digo que fue lo correcto —porque lo fue—, pero luego llegan olas de desesperación y lágrimas, el deseo de verlo, de abrazarlo, de besarlo, de salir de aquí y correr hacia él. Sin embargo, me detengo: «esto es lo correcto», me repito. Es lo que mi conciencia dicta que debe suceder y cómo debe suceder. Es irónico que ahora, después de trece años o más, vuelva a sentir este amor por alguien y no pueda ejercerlo. Me quedé con todo este sentimiento en las manos. ¿A dónde lo llevaré? ¿Cómo lo enfocaré para honrar lo que sentí por ese niño que le dio la vuelta a mi mundo? Siento que lo perdí y que tal vez nunca lo vuelva a ver. No lo sé; en este estado emocional todo se percibe en términos extremos de eternidad y absolutos. Lo extraño demasiado.
Aquí, en esta casa, las conversaciones son continuas. Sebas intenta resarcir el daño; lo entiendo y trato de valorar sus esfuerzos, pero ya no puedo creer en esos cambios. Aun cuando sean reales, siento que mi corazón ya se ha ido de aquí, que de alguna manera yo ya hice un cierre en esta relación. Aunque no quiero tomar decisiones apresuradas dadas mis condiciones emocionales, no logro sacarme de la cabeza la idea de empezar de cero, volver a estar solo y encontrarme con Dios desde mi nueva realidad. No sé si encontraré lo que realmente me satisfaga; puede que no halle la felicidad completa en este mundo de dolor. Estamos tan cerca del final que no sé si volveré a encontrar un amor así. Tampoco pienso salir corriendo tras Santi, porque sé que en unos meses, cuando todo esto termine, ya no encontraré al chico que dejé; posiblemente habrá encontrado otro amor, y se lo merece. Merece al hombre de sus sueños que lo haga feliz.
En este momento, olas de ansiedad y una necesidad extrema de escribirle me inundan, pero sé que no debo hacerlo. Me contengo para evitar a toda costa reiniciar el ciclo de dolor, pues no puedo darle la relación que él desea tener, no hasta que todo esto termine, y para eso aún faltan meses. Así que ni siquiera guardo la esperanza de volver a estar juntos. Para mí, él fue el catalizador que me recordó lo que era amar y ser amado, pero sigo sintiendo que el amor no es para mí. Las miles de líneas en este diario me recuerdan el fracaso que ha sido mi historia tras historia; todas las veces que lo intenté hasta drenarme para sostener la ilusión de un hogar que nunca funcionó y con el que terminé de agotarme.
Y luego, sin pedirlo, sin necesitarlo y sin buscarlo, aparece por fin alguien con quien me sentía libre de amar y correspondido, y la vida me dice: «No, no es para ti. Déjalo ir. Te enamoraste, pero no vas a poder disfrutar de ese amor; ahora tienes que abandonarlo, cerrar la puerta, perderlo y sobrellevar el vacío». No puedo ver con claridad. Siento que mis oraciones no pasan del techo y lo sé, no quiero pecar murmurando contra mi Creador, pero todo esto me duele y me lastima profundamente. Soy consciente de que no fue correcto; abrí la puerta sin calcular las consecuencias, pero sigo preguntándome: ¿Por qué? ¿Por qué tenía que aparecer justo en este momento? ¿Por qué no después, cuando estuviera solo? ¿Por qué cuando no lo puedo amar y tengo que dejarlo ir así, quedándome con el corazón roto, el desasosiego y la desesperanza?
Siento que mi historia con Sebas terminó; tengo que enfrentar esa verdad. No me veo en un futuro con él. No siento resentimiento ni rabia, siento paz en mi mente. Durante once años luché con todo para sostener este hogar, pero ya no me quedan fuerzas. La psicóloga de la terapia de pareja todavía me pregunta si estoy dispuesto a hacer cosas para recuperar el matrimonio, pero ¿dispuesto a qué? ¿Por qué tengo que seguir entregando? ¿Por qué seguir dando de mí cuando ya lo di todo y no recibí casi nada a cambio? Siento náuseas. Con Santi no tuve que exigir nada; él, desde el primer día, quiso dármelo todo y yo quise darle todo lo que tenía de forma natural, sin forzar nada.
Todavía me siento acorralado, tratando de salvar un matrimonio que murió, que matamos entre los dos. Ya no quiero empezar de nuevo; quiero irme y cerrar este capítulo, aunque eso signifique quedarme solo el resto de mi vida. No sé si son mis emociones las que hablan; me siento triste, desesperanzado, atrapado y atado a una realidad que ya dejé atrás. Lamento el dolor que esto le causa a Sebas, pero tendrá que aceptarlo en algún momento. No sé si haya algo que salvar, pero ya no tengo la voluntad. Pagué un costo muy alto al cerrarle la puerta a Santiago porque me lo pidió Sebas, por honrar nuestro compromiso, por respeto a mis palabras al firmar ese contrato y por este vínculo. Quise cerrar de la mejor manera porque no puedo llevar una doble vida ni gestionar las emociones de Sebas y Santi al mismo tiempo que resuelvo mi existencia. Me siento frustrado y dolido: sigo sacrificando mi felicidad por la tranquilidad de Sebas. Aquí estoy, con el corazón roto mientras él duerme tranquilo, permaneciendo en este lugar en vez de correr a abrazar a mi Santi para decirle que también lo amo.
Todo es confuso. No sé dónde terminará esto. No puedo respirar ni me siento feliz con nada. Renuncié una vez más al amor por hacer lo correcto, a un costo altísimo. Lo más seguro es que termine solo y amargado, como escribí en este blog: un cincuentón solitario con una mascota, viviendo de los recuerdos de amores perdidos. ¿Acaso es ese mi destino? Me falta la fe, me lleno de desesperanza. Lloro, no veo la luz y me duele, me duele mucho todo esto.
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