viernes, 13 de febrero de 2026

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El día que dejé de usar mi matrimonio como escudo

Hoy entiendo algo que llevaba once años intentando no mirar de frente. No estoy rompiendo mi relación por un impulso pasajero, ni por una crisis de la mediana edad, ni por una simple aventura. Lo hago porque, finalmente, el dato mató al relato.

Durante años me conté el relato de que "estaba luchando por mi matrimonio", de que "era mi cruz" o de que "era la voluntad de Dios". Pero mis propios registros, mi propia bitácora de vida desde 2015 hasta hoy, cuentan una historia muy distinta.

1. La evidencia del patrón (2015 - 2026)

No me desperté un día, conocí a Santiago y decidí que ya no quería a Sebas. La realidad es que las semillas de esta ruptura estaban plantadas desde el 15 de diciembre de 2015. Ya en ese entonces escribía sobre la desconfianza, la sensación de un muro invisible, el miedo a ser solo un "aprendizaje" para él y una pasión desbordada que nunca encontró un eco de intimidad real.

He vivido en un ciclo de erosión sistemática:

  • El hallazgo: Traición, mentira o frialdad.

  • El colapso: Mi sistema nervioso estalla en ataques de ansiedad y vértigo.

  • El retorno: Él vuelve con vulnerabilidad total, promesas de terapia y una intensidad sexual que funciona como anestesia.

  • La estabilización: Yo bajo la guardia, trato de convencerme de que "esta vez sí".

  • La realidad: Nada cambia. Él vuelve a sus juegos, a su vida virtual, a su silencio. Yo vuelvo a mi resentimiento, a mi soledad acompañado y a mi sequedad emocional.

No tengo evidencia en 11 años de que este ciclo se vaya a romper. Tengo evidencia de que se ha sofisticado.

2. El amuleto espiritual y el secuestro del "Yo"

He usado mi matrimonio como un amuleto espiritual. Me convencí de que estar con Sebas era mi "círculo de seguridad" contra el pecado, un salvoconducto para que el Espíritu Santo no me soltara. Usé la estructura de esta relación como un escudo para no enfrentar mi propio caos y mi miedo a la libertad.

Hoy entiendo que eso no es fe; es superstición religiosa. Dios no opera mediante contratos de infelicidad ni chantajes emocionales. Si mi fidelidad depende de estar atrapado en una relación donde me siento invisible, entonces no es fidelidad, es contención externa. He pasado años sacrificándome en un altar que Dios nunca me pidió que construyera. Negarme al "yo" no significa apagarme por completo; significa integrar mis emociones, mi espíritu y mi razón sin que el terror sea quien tome las decisiones.

3. Santiago: El catalizador, no el salvavidas

Santiago no es el "hombre de mi destino" ni un "enviado divino" para mi romance eterno. Santiago es un catalizador. Su aparición fue la providencia que necesitó mi realidad para despertar. Él no creó el vacío en mi corazón; él simplemente encendió la luz en una habitación que ya estaba vacía y llena de polvo desde hacía años.

Agradezco su presencia porque me dio la fuerza para reconocer que ya no puedo ser incoherente. Pero no voy a cometer el error de convertirlo en mi nueva muleta. Santiago no es mi salvavidas emocional; es el espejo que me mostró que todavía puedo sentir, que todavía estoy vivo y que el "corazón muerto" que creía tener solo estaba anestesiado por el miedo.

4. La renuncia al rol de salvador

Me rompe el alma ver a Sebas llorar. Me desgarra sentirme responsable de su soledad. Pero he entendido que mi felicidad no puede ser el precio de su estabilidad. Durante 11 años he sido su madre, su padre emocional, su proveedora de orden y limpieza, su comodín de seguridad. Me rendí ante sus manías y sus silencios para evitar el conflicto, y en ese proceso, me borré a mí mismo.

Ya no tengo más que dar. Estoy seco. No puedo seguir remando solo en un barco donde la otra persona prefiere su realidad virtual a la conexión real conmigo. No es justo para él vivir con alguien que lo resiente, ni es justo para mí vivir como un apéndice de su rutina.

5. La decisión: Coherencia sobre miedo

Tengo terror. Miedo a la soledad, miedo a no ser atractivo a los 37, miedo a la incertidumbre económica, miedo a que el mundo se acabe y yo esté "fuera de lugar". Pero tengo más miedo de despertarme en dos años y escribir exactamente lo mismo que escribí en 2022 y 2023.

Mi cárcel es mental y hoy decido abrir la puerta.

  • Hoy camino en coherencia.

  • No puedo controlar lo que pasará con Santiago ni con Sebas.

  • No veo con claridad el futuro, pero decido confiar en que Dios camina con la honestidad, no con la apariencia.

  • Dejo de usar mi relación como garantía de salvación. Mi fe está en Jesús, no en mi estado civil.

Cierro este ciclo no por odio, sino por supervivencia integral. Prefiero el riesgo de una soledad honesta que la seguridad de una compañía falsa. Hoy dejo de ser un robot sin emociones y elijo ser un hombre que siente, que se equivoca, pero que finalmente ha decidido dejar de traicionarse a sí mismo.

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