miércoles, 6 de mayo de 2026

50 dias despues de la despedida - Tocamos fondo / cierre definitivo.

Hoy entiendo que lo que viví con Santiago no fue una mentira. Y aceptar eso también implica aceptar algo mucho más incómodo: tampoco fue suficiente.

La historia comenzó como comienzan muchas relaciones que nacen desde la necesidad emocional de ser vistos. No empezó desde la estabilidad. No empezó desde dos personas completamente sanas que decidieron construir con calma. Empezó desde el hambre afectiva, desde heridas abiertas, desde la ilusión de encontrar en otro un lugar seguro donde descansar el corazón.

Y eso fue exactamente lo que sentí al principio.

Santiago llegó a mi vida en un momento donde emocionalmente yo estaba agotado, confundido, roto en muchas partes que ni siquiera entendía del todo. Y él apareció con atención, deseo, intensidad, validación, cercanía, admiración, ternura. Me hizo sentir visto otra vez. Deseado otra vez. Vivo otra vez.

Poco a poco comenzamos a construir una intimidad emocional muy fuerte. Los mensajes empezaron a llenarse de palabras bonitas, de ilusión, de coqueteo, de cariño, de pequeños rituales emocionales que sin darnos cuenta fueron creando apego. Empezamos a hablarnos como pareja mucho antes de tener una relación realmente estable.

Y ahí estuvo uno de mis primeros errores.

Abrí emocionalmente un vínculo muy profundo sin tener resuelta mi propia vida interior.

Porque aunque yo sentía cosas reales por Santiago, la realidad es que yo todavía estaba dividido emocionalmente. Seguía tratando de sostener otras responsabilidades emocionales, otras relaciones, otros dolores, otras culpas. Una parte de mí quería correr hacia Santiago y vivir todo lo que sentía. Otra parte sabía que mi vida todavía era un caos y que yo no estaba listo para sostener una relación tan intensa.

Pero no fui capaz de detener el vínculo antes de que creciera demasiado.

Y cuando uno no pone límites a tiempo, las emociones toman velocidad más rápido que la madurez emocional necesaria para sostenerlas.

Comenzamos a idealizarnos mutuamente.

Yo empecé a ver a Santiago como un refugio emocional. Como una conexión distinta. Como alguien que despertaba partes de mí que llevaban mucho tiempo dormidas. Y creo que él también comenzó a verme como una figura emocional muy importante dentro de su vida. Poco a poco dejamos de relacionarnos desde la realidad y comenzamos a relacionarnos desde la fantasía emocional.

El problema de la fantasía es que siempre termina chocando contra la realidad.

Y nuestra realidad era complicada.

Yo necesitaba tiempo, espacio, orden emocional. Necesitaba resolver cosas internas y externas antes de poder entregar estabilidad a otra persona. Pero Santiago necesitaba certeza. Necesitaba sentirse elegido. Necesitaba claridad emocional constante. Necesitaba sentir que avanzábamos hacia algo concreto.

Y ahí comenzó el patrón que terminó destruyéndonos.

Él sentía mi ambivalencia como rechazo.
Yo sentía su necesidad constante de certeza como presión emocional.

Entonces empezábamos a girar en ciclos.

Él pedía claridad.
Yo intentaba explicar.
Él seguía sintiendo inseguridad.
Yo me agotaba emocionalmente.
Él explotaba.
Yo intentaba contener.
Y finalmente me retiraba cuando la conversación cruzaba límites que yo no podía tolerar.

Ese patrón ocurrió más de una vez.

Y durante mucho tiempo traté de justificarlo porque entendía que su dolor venía de sentirse inseguro, confundido o no elegido completamente. Y sí, objetivamente mi ambivalencia alimentó muchas de esas heridas. Yo enviaba señales contradictorias:
te amo, pero dame tiempo.
quiero construir contigo, pero no ahora.
siento mucho por ti, pero necesito espacio.
sí quiero, pero todavía no puedo.

Aunque mis sentimientos eran reales, emocionalmente eso generaba muchísima incertidumbre.

Y la incertidumbre sostenida destruye a las personas ansiosas emocionalmente.

Pero también tuve que aceptar algo muy importante: entender el origen del dolor de alguien no significa que deba aceptar el maltrato que nace de ese dolor.

Porque las discusiones comenzaron a escalar cada vez más.

Ya no eran conversaciones difíciles.
Se convertían en ataques.

Santiago empezaba a desregularse emocionalmente, a decir cosas hirientes, a cuestionar mi carácter, mi moral, mis intenciones. Y yo, aunque al principio intentaba contener, explicar y sostener la conversación, llegaba a un punto donde mi sistema emocional simplemente colapsaba.

Porque hay algo dentro de mí que no puede tolerar sentirse humillado para conservar amor.

Y eso también tiene raíces profundas en mi historia.

Creo que en el fondo, muchas veces me quedé tratando de salvar el vínculo porque tenía miedo de que retirarme significara abandonar a alguien que amaba. Pero poco a poco entendí que permanecer dentro de dinámicas donde mi dignidad emocional comenzaba a deteriorarse también me estaba destruyendo a mí.

La pelea final del 6 de mayo no fue realmente el momento donde murió la relación.

La relación ya venía muriendo lentamente desde antes.

El 6 de mayo simplemente fue el día donde ambos dejamos de sostener la ilusión de que todavía podíamos volver a la versión bonita e idealizada que habíamos construido al principio.

Ese día ya no hablábamos desde el amor.
Hablábamos desde el agotamiento.

Santiago explotó desde el dolor, la frustración y la sensación de abandono.
Yo respondí desde el cansancio, la desilusión y la necesidad de protegerme.

Y terminamos destruyéndonos verbalmente.

Nos dijimos cosas que nacieron más del dolor que de la verdad absoluta. Y eso fue lo más triste de todo: ver cómo dos personas que genuinamente se quisieron terminaron convirtiéndose en una fuente de sufrimiento mutuo.

Hoy entiendo que ninguno de los dos era completamente el villano ni completamente la víctima.

Éramos dos personas heridas intentando amar sin tener todavía todas las herramientas necesarias para hacerlo de forma sana.

Y esa es probablemente una de las lecciones más importantes que me deja esta historia:

El amor no basta cuando las heridas son más grandes que la capacidad emocional de sostener el vínculo.

También entendí que no puedo volver a abrir relaciones tan profundas mientras siga emocionalmente dividido o confundido. No puedo volver a permitir que la intensidad emocional avance más rápido que la estabilidad real. No puedo seguir usando el amor como refugio psicológico mientras mi vida interior siga desordenada.

Necesito aprender a identificar señales tempranas:

  • ansiedad relacional constante,
  • necesidad excesiva de validación,
  • ciclos de acercamiento y alejamiento,
  • discusiones que escalan demasiado rápido,
  • miedo constante a perder al otro,
  • sensación de agotamiento emocional frecuente,
  • necesidad de justificarme repetidamente,
  • ataques personales durante conflictos.

Porque cuando una relación comienza a funcionar desde la regulación emocional mutua y no desde la libertad emocional, el vínculo lentamente deja de ser amor y empieza a convertirse en dependencia.

Y la dependencia emocional termina destruyendo incluso sentimientos reales.

También debo aprender algo muy importante:
no debo romantizar el sufrimiento emocional como prueba de profundidad.

Las relaciones intensas no necesariamente son relaciones sanas.

A veces el caos emocional se siente profundo simplemente porque activa heridas viejas muy fuertes.

Y quiero aprender a amar distinto.

Quiero aprender a construir vínculos donde pueda existir:

  • claridad,
  • estabilidad,
  • comunicación,
  • regulación emocional,
  • respeto incluso durante el conflicto,
  • seguridad emocional,
  • espacio individual,
  • y dignidad mutua.

Porque hoy entiendo algo que me costó muchísimo aceptar:

El amor verdadero no debería obligarme a sobrevivir emocionalmente dentro de la relación.

Adios Santiago, hoy me prometo núnca más apareceré en tu vida, no sé si vuelvas a aparecer tu en la mía pero si llega a suceder te prometo que vas a encontrar la puerta cerrada con llave. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

50 dias despues de la despedida - Tocamos fondo / cierre definitivo.

Hoy entiendo que lo que viví con Santiago no fue una mentira. Y aceptar eso también implica aceptar algo mucho más incómodo: tampoco fue suf...