Lo que más me duele no es únicamente haber perdido a Santiago. Lo que realmente me duele es haber perdido a la versión de mí que despertó cuando lo conocí.
Cuando apareció en mi vida ocurrió algo que no esperaba. No fue solamente deseo ni atracción. Tampoco fue únicamente enamoramiento. Lo que sucedió fue que se abrió una puerta dentro de mí que llevaba mucho tiempo cerrada. Por primera vez en años sentí que podía bajar la guardia. Sentí que podía dejar de ser el fuerte, el responsable, el que sostiene a todos. Sentí que podía simplemente existir sin tener que demostrar nada. Me sentí visto, deseado, querido. Sentí que podía ser vulnerable sin que eso representara una amenaza.
Esa sensación fue tan intensa que terminé asociándola completamente a él.
Con el paso de los días y de las semanas, comencé a darme cuenta de que Santiago se había convertido en algo más que una persona dentro de mi mente. Sin proponérmelo, lo transformé en una especie de símbolo. Un tótem. Un nombre al que terminé asociando una experiencia emocional mucho más grande que él mismo. No porque él fuera perfecto. No porque fuera extraordinario. No porque fuera un salvador. Sino porque representaba una versión de mí que había estado dormida durante mucho tiempo.
Cuando pienso en él, muchas veces no estoy pensando realmente en él. Estoy pensando en aquel hombre que fui cuando estaba a su lado. El hombre que amó sin reservas. El hombre que se entregó. El hombre que sintió hogar. El hombre que pudo descansar por un momento de la carga constante de tener que ser fuerte.
Y creo que ahí está la raíz más profunda de todo este proceso.
He comenzado a entender que existe una herida antigua dentro de mí. Una herida relacionada con la ausencia paternal. Una necesidad que probablemente ha estado presente durante gran parte de mi vida y que muchas veces he intentado compensar mediante el trabajo, el éxito, el liderazgo, el conocimiento, la espiritualidad o la autosuficiencia. Sin embargo, debajo de todas esas capas existe algo mucho más simple: un niño sensible que sigue buscando sentirse protegido.
No creo que haya nada vergonzoso en reconocerlo.
En el fondo, existe una parte de mí que siempre ha deseado encontrar unos brazos masculinos donde poder descansar. Un lugar donde no tenga que resolver nada. Un lugar donde pueda ser vulnerable sin miedo. Un lugar donde no tenga que demostrar fortaleza. Un lugar donde simplemente pueda sentirse seguro.
Cuando Santiago llegó, al menos durante un tiempo, mi herida interpretó que había encontrado exactamente eso.
Por supuesto, ahora veo que no era tan simple.
Aquellos momentos de conexión fueron reales. La ternura fue real. El cariño fue real. La sensación de alivio fue real. Pero el hecho de que algo alivie una herida no significa necesariamente que la sane. Durante mucho tiempo confundí ambas cosas.
Hoy puedo ver que mi alma tomó esos momentos de alivio y comenzó a construir sobre ellos una narrativa mucho más grande. Empecé a creer que había encontrado algo sagrado. Algo destinado. Algo único. Algo irrepetible. Y poco a poco la experiencia dejó de ser solamente humana para adquirir un carácter casi espiritual dentro de mí.
Tal vez por eso escribí Santísimo Amor.
Ahora entiendo que esa canción no habla realmente de Santiago. Habla de la forma en que mi corazón vivió aquella experiencia. Habla de cómo una herida antigua encontró alivio por un instante y confundió ese alivio con salvación. Habla de cómo tomé una experiencia profundamente humana y la envolví en un lenguaje casi litúrgico. No porque él fuera santo, sino porque mi necesidad era enorme.
Lo más difícil de aceptar es que la historia terminó exactamente como suelen terminar las historias construidas sobre heridas no resueltas.
Nos hicimos daño.
Nuestras inseguridades chocaron.
Nuestras heridas chocaron.
La ansiedad apareció.
Los reproches aparecieron.
La confusión apareció.
Y aquello que en algún momento pareció un refugio terminó convirtiéndose en un lugar donde ambos nos lastimamos profundamente.
Recuerdo nuestra última conversación y todavía siento tristeza. Fue horrible. Nos destruimos mutuamente. Dijimos cosas que nunca debimos decir. Durante mucho tiempo pensé que yo había sido quien lo había destruido definitivamente con mis palabras. Pensé que había sido el golpe final que lo obligó a soltarme para siempre.
Ahora lo veo de forma diferente.
Sí, lo herí. Probablemente mucho. Pero también entiendo que nuestras palabras no destruyeron una relación sana. Fueron el derrumbe final de algo que ya venía fracturándose desde hacía tiempo. No fue una explosión sobre un edificio intacto. Fue el colapso de una estructura que llevaba meses acumulando grietas.
Comprender eso no elimina mi responsabilidad, pero tampoco me obliga a cargar con toda la culpa.
Los dos llegamos heridos.
Los dos actuamos desde nuestras heridas.
Los dos terminamos lastimados.
Y los dos tuvimos que soltar.
Desde entonces he vivido alternando entre momentos de lucidez y momentos de abstinencia emocional. Hay días en los que entiendo perfectamente que la relación no era viable. Días en los que veo con claridad que continuar habría significado destruirnos aún más. Días en los que acepto la realidad tal como es.
Pero también hay días en los que la nostalgia regresa. Días en los que extraño lo que sentía. Días en los que mi mente intenta regresar a aquellos momentos donde todo parecía posible.
Sin embargo, incluso en esos días, algo está cambiando.
Empiezo a comprender que no estoy intentando recuperar a Santiago.
Estoy intentando recuperar la parte de mí que despertó junto a él.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Porque si lo que perdí fuera únicamente una persona, dependería de su regreso para sentirme completo. Pero si lo que perdí es una parte de mí mismo, entonces todavía existe la posibilidad de recuperarla sin necesidad de volver atrás.
Tal vez esa sea la verdadera lección de todo esto.
Santiago no creó esa versión de mí.
No inventó mi capacidad de amar.
No inventó mi sensibilidad.
No inventó mi vulnerabilidad.
No inventó mi deseo de sentirme protegido.
Todo eso ya estaba dentro de mí.
Simplemente lo despertó.
Y ahora mi tarea consiste en rescatar esa parte sin necesidad de convertir a nadie en un altar.
Porque finalmente entiendo algo que antes no podía ver.
No era él quien contenía aquello que estaba buscando.
Era mi propia herida buscando refugio en su nombre.
Y quizás por eso este duelo ha sido tan profundo. Porque no estoy despidiendo solamente una relación. Estoy despidiendo una ilusión. Estoy bajando a un ser humano del pedestal donde mi necesidad lo había colocado. Estoy aprendiendo a diferenciar entre amor y salvación. Entre compañía y refugio absoluto. Entre conexión y destino.
Y mientras escribo estas palabras, siento que Katharsis comienza a tomar forma dentro de mí.
No como un álbum sobre Santiago.
No como una carta disfrazada de música.
No como un intento de recuperar el pasado.
Sino como el relato de un hombre que atravesó el fuego de sus propias heridas, miró de frente aquello que buscaba desesperadamente en otros y descubrió que el verdadero viaje siempre había sido hacia sí mismo.
Quizás esa sea la verdadera catarsis.
No olvidar.
No negar.
No borrar.
Sino recordar con amor, comprender con honestidad y finalmente regresar a casa.
A mí.
el momento en que Santiago reaparece después del accidente, rompe más de un mes de silencio absoluto y te obliga a confrontar todo aquello que estabas intentando soltar.
Y honestamente, creo que ese episodio es uno de los más importantes de todo el duelo, porque fue una especie de prueba de realidad.
No lo incluiría como un apéndice. Lo incluiría dentro de la narrativa principal porque cambió algo en ti.
La forma en que yo lo contaría sería algo así:
Había pasado más de un mes desde la última vez que hablamos. Treinta y tantos días de silencio absoluto. Treinta y tantos días intentando entender qué había pasado, intentando reconstruirme, alternando entre momentos de lucidez y momentos de abstinencia emocional. Durante ese tiempo había imaginado muchas veces qué ocurriría si algún día volvía a aparecer. Había fantaseado con conversaciones pendientes, explicaciones, disculpas, cierres más elegantes que el desastre con el que terminamos. Una parte de mí seguía creyendo que quizá algún día podríamos tener una conversación distinta.
Entonces ocurrió algo que jamás habría imaginado.
Recibí un mensaje suyo.
Había sido atropellado.
De repente, después de semanas de silencio, después de todo lo que había ocurrido, allí estaba nuevamente su nombre frente a mí.
Mi primera reacción no fue rabia.
No fue resentimiento.
Fue preocupación.
Porque más allá de todo lo que pasó entre nosotros, más allá de las heridas, los reproches y las palabras crueles que intercambiamos al final, seguía siendo alguien a quien quise profundamente.
Y al saber que estaba herido sentí dolor.
Sentí tristeza.
Sentí compasión.
Sentí miedo de que le hubiera ocurrido algo grave.
Respondí.
Hablamos.
Pasamos del correo a WhatsApp.
Y por unas horas sentí como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo.
Era extraño.
Una parte de mí reconocía inmediatamente aquella energía emocional que tantas veces me había arrastrado hacia él.
Otra parte observaba la situación desde afuera.
Como si pudiera verme a mí mismo teniendo aquella conversación.
Como si por primera vez estuviera presente una conciencia que antes no existía.
Durante mucho tiempo imaginé que si Santiago volvía a aparecer todo se resolvería.
Pensé que tal vez encontraría respuestas.
Pensé que tal vez sentiría paz.
Pensé que quizá recuperaría algo que había perdido.
Pero lo que encontré fue algo muy diferente.
Encontré la confirmación de que el problema nunca fue la ausencia de una conversación.
El problema era la historia que yo había construido alrededor de ella.
Mientras hablábamos pude ver algo que antes no había logrado ver con tanta claridad.
El cariño seguía ahí.
La preocupación seguía ahí.
La humanidad seguía ahí.
Pero también seguían estando las mismas heridas.
Las mismas dinámicas.
Los mismos desencuentros.
Los mismos lugares donde una y otra vez habíamos terminado haciéndonos daño.
Y entonces ocurrió algo que jamás pensé que ocurriría.
Por primera vez no sentí la necesidad de salvar la relación.
No sentí la necesidad de convencerlo de que yo era una buena persona.
No sentí la necesidad de corregir la imagen que pudiera tener de mí.
No sentí la necesidad de luchar por ser comprendido.
Simplemente entendí que ese no era el momento.
Que él necesitaba concentrarse en sanar.
Y que yo necesitaba seguir caminando.
Le expresé mi preocupación.
Le deseé bienestar.
Le pedí que se enfocara en su recuperación.
Y cuando la conversación comenzó a acercarse nuevamente a los temas que tantas veces nos habían destruido, mantuve el límite.
No porque hubiera dejado de quererlo.
Sino precisamente porque entendí que quererlo no era suficiente.
La conversación terminó.
Y cuando terminé de hablar con él me ocurrió algo inesperado.
No sentí alivio.
Tampoco sentí euforia.
Tampoco sentí que hubiera recuperado algo.
Lo que sentí fue tristeza.
Una tristeza profunda.
Melancolía.
Dolor.
Porque entendí que la persona seguía existiendo.
El cariño seguía existiendo.
Pero el vínculo ya no.
Y esa es una de las cosas más difíciles de aceptar cuando se ama a alguien.
Que el amor puede sobrevivir incluso cuando la relación ya no puede hacerlo.
Me dolió imaginarlo herido.
Me dolió verlo vulnerable.
Me dolió pensar en todo lo que ocurrió entre nosotros.
Pero al mismo tiempo comprendí algo que no había comprendido antes.
Yo ya no estaba intentando volver.
Y esa fue una diferencia enorme.
Por primera vez sentí que podía preocuparme por él sin intentar rescatar la historia.
Podía desearle bien sin abrir nuevamente la puerta.
Podía reconocer el amor que sentí sin entregarle nuevamente mi paz.
Después de la conversación me quedé sentado durante mucho tiempo intentando procesar lo ocurrido.
Y fue entonces cuando apareció una verdad incómoda.
Lo que más me dolía no era que Santiago siguiera adelante.
Ni siquiera que probablemente nunca volvamos a formar parte de la vida del otro.
Lo que más me dolía era aceptar que la versión de mí que nació en aquella historia también debía transformarse.
Porque durante mucho tiempo confundí a Santiago con esa versión de mí.
Pensé que estaban unidos.
Pensé que si perdía uno perdería también al otro.
Pero aquella conversación me mostró algo diferente.
La versión de mí que despertó junto a él sigue aquí.
La sensibilidad sigue aquí.
La capacidad de amar sigue aquí.
La vulnerabilidad sigue aquí.
Lo único que ya no está es el vínculo donde apareció por primera vez.
Y quizás por eso dolió tanto.
Porque finalmente entendí que estaba despidiéndome no de una persona, sino de una etapa completa de mi vida.