domingo, 28 de junio de 2026

54 dias despues del dolor ... Cierre en paz

 Lo que no pudo ser, pero sí me transformó

Hay historias que uno no sabe exactamente en qué momento empiezan a torcerse. No porque hayan nacido falsas, ni porque hayan sido malas desde el principio, sino porque empiezan tocando una parte muy real del alma y, poco a poco, se vuelven imposibles de sostener sin romper algo más.

Hoy miro hacia atrás y todavía me cuesta entender cómo terminé en una situación así. Yo tenía una vida. No perfecta, pero sí estable. Vivía en paz en mi casa, con mi esposo, con una historia de años, con rutinas, proyectos, responsabilidades, fe, familia y una estructura que había construido con esfuerzo. No era una vida exenta de grietas, pero era una vida reconocible. Una vida mía.

Y entonces apareció Santiago.

No apareció como una simple distracción. No fue solamente una emoción pasajera ni una curiosidad. Lo que pasó con él tocó algo profundo en mí. Una parte que tal vez llevaba años dormida, escondida o postergada. Con él sentí intensidad, ternura, deseo de ser visto, necesidad de ser escuchado, una conexión que parecía abrir una puerta hacia una versión de mí que yo no tenía completamente integrada.

Eso fue lo más peligroso y lo más revelador: no se sintió falso.

Se sintió real.

Y precisamente porque se sintió real, me confundió tanto.

Durante mucho tiempo traté de entender si aquello era amor, necesidad, herida, deseo, culpa, destino, tentación, escape o una mezcla de todo. Hoy creo que fue una mezcla. Hubo amor, sí. Hubo una conexión profunda, sí. Hubo momentos hermosos, sí. Pero también hubo ansiedad, presión, desorden, miedo, culpa y una imposibilidad práctica de vivir aquello en paz.

Con Santiago yo experimenté una intensidad que me sacudió. Pero también descubrí que la intensidad no siempre es habitable. A veces algo puede ser muy fuerte y, aun así, no ser sostenible. A veces una persona puede tocar una zona muy verdadera de uno, pero eso no significa que pueda convertirse en camino.

Ese fue uno de mis aprendizajes más duros.

Durante semanas viví atrapado entre dos mundos. Por un lado, mi hogar, mi esposo, mi historia, mi familia, mi fe, mis responsabilidades y todo lo que durante años había sostenido mi vida. Por otro lado, Santiago, esa conexión intensa, esa sensación de vida, esa parte de mí que despertaba cuando lo sentía cerca.

Pero esos dos mundos no podían integrarse. Y yo intenté, de todas las formas posibles, no perder a nadie. Intenté cuidar a Sebas sin soltar del todo a Santiago. Intenté soltar a Santiago sin destruirlo. Intenté tomar distancia sin parecer cruel. Intenté explicar lo inexplicable. Intenté que nadie me odiara. Intenté que nadie se quedara con la narrativa de que yo era una mala persona.

Y en ese intento, terminé haciéndonos más daño.

Creo que una de las verdades más difíciles que tuve que mirar fue esta: muchas veces no actué desde claridad, sino desde culpa. No necesariamente quise manipular, pero mi ambivalencia sí tuvo un efecto confuso y doloroso. Cuando sentía que perdía a Santiago, volvía emocionalmente. Cuando la relación con él exigía realidad, me llenaba de ansiedad. Cuando veía sufrir a Sebas, me paralizaba. Cuando pensaba en Dios, me llenaba de miedo. Cuando pensaba en mí, no sabía ni dónde estaba parado.

Me descubrí atrapado en una cárcel invisible: la necesidad de ser comprendido, absuelto y recordado como alguien bueno.

Ese miedo me gobernó demasiado.

Me aterraba que Santiago pensara que yo había jugado con él. Me aterraba que Sebas sintiera que once años de historia habían sido traicionados. Me aterraba que Dios me mirara con decepción. Me aterraba descubrir que tal vez yo no era tan íntegro como creía. Me aterraba tener que aceptar que uno puede amar y aun así hacer daño.

Pero hoy entiendo algo: la integridad no consiste en salir limpio de una historia compleja. La integridad consiste en dejar de mentirse cuando uno ya vio la verdad.

Y la verdad era que yo no estaba en condiciones de sostener una relación con Santiago.

No porque no hubiera sentido algo. No porque él fuera una mala persona. No porque lo nuestro hubiera sido una mentira. Sino porque el vínculo, tal como existía, me llenaba de ansiedad, culpa y miedo. Porque cuando estábamos lejos, yo lo idealizaba; pero cuando volvíamos a estar cerca, empezaba a sentir presión, deuda emocional y ganas de huir. Porque la conexión era intensa, pero la realidad nos volvía a poner contra la pared.

También entendí algo sobre él. Santiago no fue un villano. Fue alguien que también amó, que también sufrió, que también intentó entender, que también se defendió como pudo. Pero su forma de vivir el dolor muchas veces me hacía sentir acorralado. Cuando se sentía inseguro, aparecían la exigencia, la rabia, el reproche y la necesidad de que yo definiera mi vida con una certeza que yo no tenía.

Y ahí chocábamos.

Él necesitaba presencia, seguridad, decisión, tiempo de calidad, una señal clara de que yo estaba dispuesto a jugarme la vida por ese amor. Yo necesitaba silencio, espacio, discernimiento, calma y una forma de no destruir mi mundo entero en medio de una tormenta emocional.

Ninguno de los dos estaba completamente equivocado. Pero tampoco estábamos sincronizados.

Esa es una de las cosas más dolorosas de aceptar: a veces dos dolores son válidos, pero no pueden convivir.

Después de tantos ires y venires, hubo un momento en que lo entendí. Yo no podía seguir usando el amor como promesa cuando por dentro no tenía paz. No podía seguir diciéndole a Santiago palabras que luego mi realidad no podía sostener. No podía seguir permitiendo que Sebas sufriera alrededor de mi confusión. No podía seguir preguntándole a Dios a quién escoger mientras yo seguía alimentando el desorden.

Tenía que parar.

Y parar no fue heroico. No se sintió limpio. No se sintió glorioso. Se sintió triste. Se sintió como reconocer que una historia que había significado mucho no podía seguir. Se sintió como mirar algo hermoso y admitir que, aun siendo hermoso, no podía vivir ahí.

Al final, creo que Santiago y yo logramos algo que no parecía posible: dejamos de convertirnos en villanos.

Hubo enojo. Hubo palabras duras. Hubo dolor. Pero también hubo un momento final de comprensión. Pudimos reconocer que lo que sentimos fue real, que nos transformó, que nos enseñó cosas, que nos despertó zonas del alma, pero que no necesariamente podíamos estar juntos.

Eso me dio paz.

No una paz eufórica. No una paz de película. Una paz sobria. Una paz triste, pero real.

La paz de decir: “Esto fue. Esto me marcó. Esto me enseñó. Pero esto no puede seguir gobernando mi vida.”

Hoy entiendo que soltar no es negar. No tengo que decir que Santiago no significó nada para mí para poder dejarlo ir. No tengo que borrar la historia, ni despreciarla, ni reducirla a un error. Lo puedo mirar con honestidad y decir: fue amor, fue intensidad, fue aprendizaje, fue espejo, fue herida, fue despertar, fue caos, fue belleza, fue límite.

Fue lo que fue.

Pero no podía ser.

Y ahora me queda un camino por recorrer.

No tengo resuelto qué va a pasar con Sebas. No quiero usar el cierre con Santiago como una excusa para correr de nuevo hacia mi hogar sin mirar lo que se rompió, lo que cambió y lo que todavía necesita verdad. Sebas merece algo mejor que una vuelta desde el miedo o desde la culpa. Yo también merezco algo más honesto que esconderme detrás de una relación para no enfrentar mi vacío.

Si algún día decido seguir con Sebas, tendrá que ser desde una decisión limpia, no desde el terror a quedarme solo ni desde la necesidad de reparar una culpa. Tendrá que ser desde libertad, desde verdad y desde un amor reconstruido conscientemente.

Y si decido no seguir, también tendrá que ser desde verdad, no desde la intensidad de otro vínculo ni desde la fantasía de una vida alternativa.

Hoy entiendo que el verdadero trabajo no es escoger entre dos personas. El verdadero trabajo es recuperar mi integridad emocional.

Eso significa aprender a no prometer desde la emoción del momento. Aprender a no buscar absolución en quien está herido. Aprender a tolerar que alguien pueda tener una narrativa incompleta de mí sin correr desesperadamente a corregirla. Aprender que no todo dolor ajeno es una orden sobre mi vida. Aprender que amar no siempre significa permanecer. Aprender que irse también puede ser un acto de misericordia cuando quedarse solo prolonga el daño.

También aprendí algo sobre Dios.

Durante todo este proceso tuve mucho miedo de lo que Dios pensaba de mí. Me sentí juzgado, expuesto, indigno, confundido. Pero ahora empiezo a entender que Dios no me llama a esconderme debajo de la vergüenza, sino a caminar en verdad. No creo que Dios haya estado esperando que yo colapsara para condenarme. Creo que me estaba llamando, una y otra vez, a dejar de añadir mentira al dolor.

La obediencia, en este punto de mi vida, no se ve como tener todas las respuestas. Se ve como dejar de alimentar lo que me desordena. Se ve como hacer silencio. Se ve como no buscar más señales donde ya hubo un cierre. Se ve como no stalkear, no revisar, no buscar pruebas, no intentar confirmar si Santiago todavía piensa bien de mí. Se ve como dejarlo ir de verdad.

Hoy lo suelto en paz.

Lo suelto sin negarlo.
Lo suelto sin odiarlo.
Lo suelto sin perseguirlo.
Lo suelto sin necesitar que me absuelva.
Lo suelto sin convertirlo en villano.
Lo suelto reconociendo que lo que nació entre nosotros fue real, pero no podía sostenerse sin hacernos daño.

Y también me suelto a mí.

Me suelto de la necesidad de entenderlo todo hoy. Me suelto de la condena de llamarme monstruo. Me suelto de la fantasía de salir impecable de una historia donde hubo heridas reales. Me suelto de la obligación de decidir mi vida desde el miedo.

No sé exactamente qué viene.

Sé que tengo que sanar. Sé que tengo que hacer duelo. Sé que tengo que mirar mi matrimonio con honestidad. Sé que tengo que hablar con Dios sin esconderme. Sé que tengo que reconstruir una relación conmigo mismo que no dependa de ser visto como bueno por los demás.

Pero hoy hay algo que sí sé:

No quiero volver a traicionarme por miedo a decepcionar a alguien.
No quiero volver a confundir intensidad con destino.
No quiero volver a usar la culpa como brújula.
No quiero volver a sostener dos mundos que no pueden convivir.
No quiero volver a prometer desde una emoción que no puedo habitar con paz.

Quiero aprender a amar con verdad.

Y tal vez ese es el fruto más importante de todo esto: entender que la integridad emocional no consiste en no sentir contradicciones, sino en no dejar que esas contradicciones gobiernen mis actos.

Santiago fue parte de mi historia. Una parte intensa, luminosa, dolorosa y transformadora. Pero no todo lo que transforma está destinado a quedarse.

Algunas personas llegan como fuego. Alumbran, queman, revelan y luego deben apagarse para que uno pueda volver a respirar.

Hoy dejo que ese fuego descanse.

Y camino hacia adelante, no porque ya no duela, sino porque por primera vez entiendo que soltar también puede ser una forma de amar.

miércoles, 10 de junio de 2026

33 días después del dolor - Reflexión y Liberación

Hoy comprendí algo que llevaba semanas intentando nombrar sin lograrlo del todo. Durante este tiempo he pensado una y otra vez en Santiago. Lo he extrañado, lo he llorado, lo he recordado y he intentado entender por qué su ausencia ha sido tan difícil de procesar. Durante muchos días creí que mi dolor era simplemente la consecuencia de haber perdido a alguien que amé profundamente. Sin embargo, mientras avanzo en este duelo, empiezo a ver que la historia es mucho más compleja que eso.
Lo que más me duele no es únicamente haber perdido a Santiago. Lo que realmente me duele es haber perdido a la versión de mí que despertó cuando lo conocí.
Cuando apareció en mi vida ocurrió algo que no esperaba. No fue solamente deseo ni atracción. Tampoco fue únicamente enamoramiento. Lo que sucedió fue que se abrió una puerta dentro de mí que llevaba mucho tiempo cerrada. Por primera vez en años sentí que podía bajar la guardia. Sentí que podía dejar de ser el fuerte, el responsable, el que sostiene a todos. Sentí que podía simplemente existir sin tener que demostrar nada. Me sentí visto, deseado, querido. Sentí que podía ser vulnerable sin que eso representara una amenaza.
Esa sensación fue tan intensa que terminé asociándola completamente a él.
Con el paso de los días y de las semanas, comencé a darme cuenta de que Santiago se había convertido en algo más que una persona dentro de mi mente. Sin proponérmelo, lo transformé en una especie de símbolo. Un tótem. Un nombre al que terminé asociando una experiencia emocional mucho más grande que él mismo. No porque él fuera perfecto. No porque fuera extraordinario. No porque fuera un salvador. Sino porque representaba una versión de mí que había estado dormida durante mucho tiempo.
Cuando pienso en él, muchas veces no estoy pensando realmente en él. Estoy pensando en aquel hombre que fui cuando estaba a su lado. El hombre que amó sin reservas. El hombre que se entregó. El hombre que sintió hogar. El hombre que pudo descansar por un momento de la carga constante de tener que ser fuerte.
Y creo que ahí está la raíz más profunda de todo este proceso.
He comenzado a entender que existe una herida antigua dentro de mí. Una herida relacionada con la ausencia paternal. Una necesidad que probablemente ha estado presente durante gran parte de mi vida y que muchas veces he intentado compensar mediante el trabajo, el éxito, el liderazgo, el conocimiento, la espiritualidad o la autosuficiencia. Sin embargo, debajo de todas esas capas existe algo mucho más simple: un niño sensible que sigue buscando sentirse protegido.
No creo que haya nada vergonzoso en reconocerlo.
En el fondo, existe una parte de mí que siempre ha deseado encontrar unos brazos masculinos donde poder descansar. Un lugar donde no tenga que resolver nada. Un lugar donde pueda ser vulnerable sin miedo. Un lugar donde no tenga que demostrar fortaleza. Un lugar donde simplemente pueda sentirse seguro.
Cuando Santiago llegó, al menos durante un tiempo, mi herida interpretó que había encontrado exactamente eso.
Por supuesto, ahora veo que no era tan simple.
Aquellos momentos de conexión fueron reales. La ternura fue real. El cariño fue real. La sensación de alivio fue real. Pero el hecho de que algo alivie una herida no significa necesariamente que la sane. Durante mucho tiempo confundí ambas cosas.
Hoy puedo ver que mi alma tomó esos momentos de alivio y comenzó a construir sobre ellos una narrativa mucho más grande. Empecé a creer que había encontrado algo sagrado. Algo destinado. Algo único. Algo irrepetible. Y poco a poco la experiencia dejó de ser solamente humana para adquirir un carácter casi espiritual dentro de mí.
Tal vez por eso escribí Santísimo Amor.
Ahora entiendo que esa canción no habla realmente de Santiago. Habla de la forma en que mi corazón vivió aquella experiencia. Habla de cómo una herida antigua encontró alivio por un instante y confundió ese alivio con salvación. Habla de cómo tomé una experiencia profundamente humana y la envolví en un lenguaje casi litúrgico. No porque él fuera santo, sino porque mi necesidad era enorme.
Lo más difícil de aceptar es que la historia terminó exactamente como suelen terminar las historias construidas sobre heridas no resueltas.
Nos hicimos daño.
Nuestras inseguridades chocaron.
Nuestras heridas chocaron.
La ansiedad apareció.
Los reproches aparecieron.
La confusión apareció.
Y aquello que en algún momento pareció un refugio terminó convirtiéndose en un lugar donde ambos nos lastimamos profundamente.
Recuerdo nuestra última conversación y todavía siento tristeza. Fue horrible. Nos destruimos mutuamente. Dijimos cosas que nunca debimos decir. Durante mucho tiempo pensé que yo había sido quien lo había destruido definitivamente con mis palabras. Pensé que había sido el golpe final que lo obligó a soltarme para siempre.
Ahora lo veo de forma diferente.
Sí, lo herí. Probablemente mucho. Pero también entiendo que nuestras palabras no destruyeron una relación sana. Fueron el derrumbe final de algo que ya venía fracturándose desde hacía tiempo. No fue una explosión sobre un edificio intacto. Fue el colapso de una estructura que llevaba meses acumulando grietas.
Comprender eso no elimina mi responsabilidad, pero tampoco me obliga a cargar con toda la culpa.
Los dos llegamos heridos.
Los dos actuamos desde nuestras heridas.
Los dos terminamos lastimados.
Y los dos tuvimos que soltar.
Desde entonces he vivido alternando entre momentos de lucidez y momentos de abstinencia emocional. Hay días en los que entiendo perfectamente que la relación no era viable. Días en los que veo con claridad que continuar habría significado destruirnos aún más. Días en los que acepto la realidad tal como es.
Pero también hay días en los que la nostalgia regresa. Días en los que extraño lo que sentía. Días en los que mi mente intenta regresar a aquellos momentos donde todo parecía posible.
Sin embargo, incluso en esos días, algo está cambiando.
Empiezo a comprender que no estoy intentando recuperar a Santiago.
Estoy intentando recuperar la parte de mí que despertó junto a él.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Porque si lo que perdí fuera únicamente una persona, dependería de su regreso para sentirme completo. Pero si lo que perdí es una parte de mí mismo, entonces todavía existe la posibilidad de recuperarla sin necesidad de volver atrás.
Tal vez esa sea la verdadera lección de todo esto.
Santiago no creó esa versión de mí.
No inventó mi capacidad de amar.
No inventó mi sensibilidad.
No inventó mi vulnerabilidad.
No inventó mi deseo de sentirme protegido.
Todo eso ya estaba dentro de mí.
Simplemente lo despertó.
Y ahora mi tarea consiste en rescatar esa parte sin necesidad de convertir a nadie en un altar.
Porque finalmente entiendo algo que antes no podía ver.
No era él quien contenía aquello que estaba buscando.
Era mi propia herida buscando refugio en su nombre.
Y quizás por eso este duelo ha sido tan profundo. Porque no estoy despidiendo solamente una relación. Estoy despidiendo una ilusión. Estoy bajando a un ser humano del pedestal donde mi necesidad lo había colocado. Estoy aprendiendo a diferenciar entre amor y salvación. Entre compañía y refugio absoluto. Entre conexión y destino.
Y mientras escribo estas palabras, siento que Katharsis comienza a tomar forma dentro de mí.
No como un álbum sobre Santiago.
No como una carta disfrazada de música.
No como un intento de recuperar el pasado.
Sino como el relato de un hombre que atravesó el fuego de sus propias heridas, miró de frente aquello que buscaba desesperadamente en otros y descubrió que el verdadero viaje siempre había sido hacia sí mismo.
Quizás esa sea la verdadera catarsis.
No olvidar.
No negar.
No borrar.
Sino recordar con amor, comprender con honestidad y finalmente regresar a casa.
A mí.
el momento en que Santiago reaparece después del accidente, rompe más de un mes de silencio absoluto y te obliga a confrontar todo aquello que estabas intentando soltar.
Y honestamente, creo que ese episodio es uno de los más importantes de todo el duelo, porque fue una especie de prueba de realidad.
No lo incluiría como un apéndice. Lo incluiría dentro de la narrativa principal porque cambió algo en ti.
La forma en que yo lo contaría sería algo así:
Había pasado más de un mes desde la última vez que hablamos. Treinta y tantos días de silencio absoluto. Treinta y tantos días intentando entender qué había pasado, intentando reconstruirme, alternando entre momentos de lucidez y momentos de abstinencia emocional. Durante ese tiempo había imaginado muchas veces qué ocurriría si algún día volvía a aparecer. Había fantaseado con conversaciones pendientes, explicaciones, disculpas, cierres más elegantes que el desastre con el que terminamos. Una parte de mí seguía creyendo que quizá algún día podríamos tener una conversación distinta.
Entonces ocurrió algo que jamás habría imaginado.
Recibí un mensaje suyo.
Había sido atropellado.
De repente, después de semanas de silencio, después de todo lo que había ocurrido, allí estaba nuevamente su nombre frente a mí.
Mi primera reacción no fue rabia.
No fue resentimiento.
Fue preocupación.
Porque más allá de todo lo que pasó entre nosotros, más allá de las heridas, los reproches y las palabras crueles que intercambiamos al final, seguía siendo alguien a quien quise profundamente.
Y al saber que estaba herido sentí dolor.
Sentí tristeza.
Sentí compasión.
Sentí miedo de que le hubiera ocurrido algo grave.
Respondí.
Hablamos.
Pasamos del correo a WhatsApp.
Y por unas horas sentí como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo.
Era extraño.
Una parte de mí reconocía inmediatamente aquella energía emocional que tantas veces me había arrastrado hacia él.
Otra parte observaba la situación desde afuera.
Como si pudiera verme a mí mismo teniendo aquella conversación.
Como si por primera vez estuviera presente una conciencia que antes no existía.
Durante mucho tiempo imaginé que si Santiago volvía a aparecer todo se resolvería.
Pensé que tal vez encontraría respuestas.
Pensé que tal vez sentiría paz.
Pensé que quizá recuperaría algo que había perdido.
Pero lo que encontré fue algo muy diferente.
Encontré la confirmación de que el problema nunca fue la ausencia de una conversación.
El problema era la historia que yo había construido alrededor de ella.
Mientras hablábamos pude ver algo que antes no había logrado ver con tanta claridad.
El cariño seguía ahí.
La preocupación seguía ahí.
La humanidad seguía ahí.
Pero también seguían estando las mismas heridas.
Las mismas dinámicas.
Los mismos desencuentros.
Los mismos lugares donde una y otra vez habíamos terminado haciéndonos daño.
Y entonces ocurrió algo que jamás pensé que ocurriría.
Por primera vez no sentí la necesidad de salvar la relación.
No sentí la necesidad de convencerlo de que yo era una buena persona.
No sentí la necesidad de corregir la imagen que pudiera tener de mí.
No sentí la necesidad de luchar por ser comprendido.
Simplemente entendí que ese no era el momento.
Que él necesitaba concentrarse en sanar.
Y que yo necesitaba seguir caminando.
Le expresé mi preocupación.
Le deseé bienestar.
Le pedí que se enfocara en su recuperación.
Y cuando la conversación comenzó a acercarse nuevamente a los temas que tantas veces nos habían destruido, mantuve el límite.
No porque hubiera dejado de quererlo.
Sino precisamente porque entendí que quererlo no era suficiente.
La conversación terminó.
Y cuando terminé de hablar con él me ocurrió algo inesperado.
No sentí alivio.
Tampoco sentí euforia.
Tampoco sentí que hubiera recuperado algo.
Lo que sentí fue tristeza.
Una tristeza profunda.
Melancolía.
Dolor.
Porque entendí que la persona seguía existiendo.
El cariño seguía existiendo.
Pero el vínculo ya no.
Y esa es una de las cosas más difíciles de aceptar cuando se ama a alguien.
Que el amor puede sobrevivir incluso cuando la relación ya no puede hacerlo.
Me dolió imaginarlo herido.
Me dolió verlo vulnerable.
Me dolió pensar en todo lo que ocurrió entre nosotros.
Pero al mismo tiempo comprendí algo que no había comprendido antes.
Yo ya no estaba intentando volver.
Y esa fue una diferencia enorme.
Por primera vez sentí que podía preocuparme por él sin intentar rescatar la historia.
Podía desearle bien sin abrir nuevamente la puerta.
Podía reconocer el amor que sentí sin entregarle nuevamente mi paz.
Después de la conversación me quedé sentado durante mucho tiempo intentando procesar lo ocurrido.
Y fue entonces cuando apareció una verdad incómoda.
Lo que más me dolía no era que Santiago siguiera adelante.
Ni siquiera que probablemente nunca volvamos a formar parte de la vida del otro.
Lo que más me dolía era aceptar que la versión de mí que nació en aquella historia también debía transformarse.
Porque durante mucho tiempo confundí a Santiago con esa versión de mí.
Pensé que estaban unidos.
Pensé que si perdía uno perdería también al otro.
Pero aquella conversación me mostró algo diferente.
La versión de mí que despertó junto a él sigue aquí.
La sensibilidad sigue aquí.
La capacidad de amar sigue aquí.
La vulnerabilidad sigue aquí.
Lo único que ya no está es el vínculo donde apareció por primera vez.
Y quizás por eso dolió tanto.
Porque finalmente entendí que estaba despidiéndome no de una persona, sino de una etapa completa de mi vida.

54 dias despues del dolor ... Cierre en paz

 Lo que no pudo ser, pero sí me transformó Hay historias que uno no sabe exactamente en qué momento empiezan a torcerse. No porque hayan nac...