viernes, 11 de septiembre de 2026

76 días - Introspeccion y Autoreflexión

 

Hoy lo dejo libre

11 de septiembre de 2026

Estos últimos días la ansiedad se ha intensificado. He sentido dolor de cabeza, tristeza, pensamientos continuos sobre Santiago y una necesidad casi compulsiva de saber de él, de revisar sus redes o encontrar alguna prueba de que todavía piensa en mí. Aunque racionalmente entiendo que nuestra relación terminó, que no puedo buscarlo y que hacerlo solo reabriría el ciclo que tanto nos hizo sufrir, mi sistema emocional todavía parece resistirse a comprender que él ya no está conmigo y que siguió con su vida.

Al principio pensé que todo podía reducirse a una especie de adicción emocional. Ahora entiendo que la realidad es más compleja. Hay duelo, apego, culpa, idealización, necesidad de validación y también amor. No necesito escoger uno solo de esos elementos para explicar todo lo vivido. Los seres humanos no somos completamente puros ni completamente perversos en nuestros afectos; podemos amar realmente y, al mismo tiempo, mezclar ese amor con nuestras heridas, necesidades y formas equivocadas de relacionarnos.

Lo que sí he descubierto es que el stalkeo, las fantasías y las señales indirectas no me ayudan a cerrar. Funcionan como un alivio breve: siento ansiedad, busco alguna noticia o dejo una publicación que él podría interpretar, imagino que quizá todavía me necesita y recupero durante unos instantes la sensación de conexión. Después vuelve la incertidumbre, generalmente con más fuerza. De esa forma mantengo abierto psicológicamente un vínculo que en la realidad ya se cerró.

La narrativa que estaba escondida

Esta conversación me permitió reconocer una narrativa interna que no había visto con suficiente claridad:

Si un hombre a quien considero atractivo, extraordinario, complejo, herido y difícil de alcanzar me permite entrar en su mundo, me necesita y finalmente me elige, entonces yo también debo ser extraordinario. Si consigo transformar su vida, me convierto en alguien indispensable e irreemplazable.

No se trata solamente del tipo de persona que me atrae, sino del papel que termino ocupando frente a ella. Me convierto en protector, maestro, guía, consejero, salvador y constructor. Sentirme necesario me hace sentir importante; sentir que alguien me admira, me desea y encuentra en mí algo que no encuentra en los demás alimenta mi autoestima y me proporciona una misión.

Con Santiago volvió a activarse esa sensación. Él me admiraba, me hacía sentir visto, respetado, deseado y capaz de influir profundamente en su vida. Nuestro acercamiento comenzó dentro de un contexto espiritual y de enseñanza bíblica, pero terminó mezclándose con el enamoramiento, el deseo, la infidelidad, la esperanza y la fantasía de una vida juntos. La relación dejó de ser únicamente un encuentro entre dos personas y se convirtió también en un proyecto identitario: yo podía ser quien lo ayudara a sanar, crecer y transformarse.

Cuando Santiago cerró definitivamente la puerta el 28 de junio, no perdí solamente a una persona que amaba. Perdí también la imagen de mí mismo que veía reflejada en sus ojos: el hombre admirado, el protector, el guía, aquel que podía ser único para alguien especial. Por eso la ruptura golpeó tan profundamente mi autoestima. Mi mente comenzó a insistir en que, si no reparaba a Santiago y no recuperaba el vínculo, nunca volvería a sentirme grandioso, especial o irreemplazable.

Esta necesidad no comenzó con Santiago. La viví a los diecinueve años y volvió a manifestarse con Darwin cuando tenía veinticinco. Durante aquel duelo llegué a escribir que no podía imaginar la vida sin él, que nunca había sentido semejante vacío y que no sabía cuánto tiempo podría resistirlo. Mucho tiempo después pude escribir algo completamente diferente: que finalmente lo había superado, que la dependencia emocional había cedido y que ya no lo consideraba el amor de mi vida. Esto no significa que nunca lo hubiera amado; significa que, mientras atravesaba la pérdida, mi mente confundió la intensidad del presente con una verdad eterna.

Ahora aparece una narrativa semejante: abrí nuevamente mi corazón después de doce años, las cosas no pudieron ser y, por lo tanto, estoy condenado a permanecer vacío cerca de los cuarenta. Pero Santiago demuestra precisamente lo contrario. Mi capacidad de amar no estaba muerta. Permanecía protegida. Que la relación haya terminado no significa que él haya podido llevarse para siempre una capacidad que sigue siendo mía.

La posible raíz

También reconozco que esta forma de relacionarme puede tener raíces en mi infancia. Mi padre fue un hombre distante, duro, exigente y con pocos momentos de cercanía. El afecto masculino podía sentirse escaso y difícil de conseguir. Es posible que haya aprendido que ser escogido por un hombre emocionalmente distante constituye una prueba de mi propio valor: si logro que el hombre difícil finalmente me vea, me ame y permanezca, entonces habré demostrado que soy suficiente.

Mi madre, por otra parte, me incorporaba emocionalmente a sus conflictos con mi padre y se desahogaba conmigo. Pude aprender que obtenía un lugar importante cuando escuchaba, comprendía, protegía o ayudaba a resolver el sufrimiento de otra persona. De allí puede provenir la confusión entre ser amado y ser necesario: siento mayor conexión cuando puedo cumplir una función transformadora en la vida del otro.

No necesito convertir estas hipótesis en una condena contra mis padres ni en una explicación absoluta de mi carácter. Mi historia me influyó, pero no determina lo que debo seguir haciendo. Comprender el origen solo tiene sentido si me permite escoger algo distinto en el presente.

La herida que parece activarse no es únicamente el miedo a estar solo. Es la sensación de no ser amado y escogido por quien realmente deseo, salvo cuando consigo volverme necesario para esa persona. Cuando el otro deja de necesitarme, no solo siento abandono: siento que dejé de ser especial, que fracasé en mi misión y que alguien podrá reemplazarme.

Mi fijación con lo extraordinario

Debo admitir también que existe en mí una fijación por hacer cosas extraordinarias, sobresalir, producir sorpresa o admiración y sentirme único y diferente. Ser considerado ordinario puede hacerme sentir que fracasé o que mi existencia perdió propósito. Esa exigencia me ha impulsado a desarrollar capacidades reales, crear, aprender y alcanzar logros importantes; no todo en ella es malo. El problema aparece cuando convierto la excelencia en el precio que debo pagar para merecer existir.

Mi dignidad, mis capacidades, mi conducta y mi reputación no son la misma cosa. Mi dignidad es inherente y no aumenta cuando alguien me admira ni disminuye cuando alguien me rechaza. Mis capacidades son reales, pero variables: puedo ser muy competente en determinadas áreas y limitado en otras. Mi conducta puede ser correcta o dañina y debo responsabilizarme por ella. Mi reputación pertenece parcialmente a la percepción de otros y nunca está completamente bajo mi control.

He estado contabilizando la admiración como si aumentara mi patrimonio personal y el rechazo como si lo destruyera. Cuando Santiago se fue, mi mente registró que había perdido mi valor. El registro correcto es otro: perdí un vínculo y el reflejo que recibía de él; mi dignidad permanece, aunque existan conductas que necesito reconocer, reparar y cambiar.

Esto tiene un componente narcisista, entendido no como un diagnóstico, sino como una forma de regular mi autoestima mediante la admiración y la importancia que obtengo de otros. He buscado sentirme especial, irresistible, grandioso e indispensable. Algunas veces he usado personas como espejos que me devuelven esa imagen. Reconocerlo me asusta, pero no debo cometer nuevamente el error de irme al extremo contrario y concluir que soy una persona completamente narcisista, manipuladora o terrible. Eso sería la misma escisión que mi terapeuta señaló en 2020: pasar del blanco al negro, de ser el salvador extraordinario a ser el villano irremediable.

La humildad verdadera no consiste en declararme excepcionalmente bueno ni excepcionalmente malo. Consiste en admitir que soy un ser humano capaz de amar y utilizar, cuidar y herir, actuar con generosidad y buscar validación, equivocarme, asumir responsabilidad y cambiar.

Santiago y Sebas

También he comprendido que estaba haciendo una comparación injusta. Estaba comparando once años de realidad cotidiana con Sebas frente a ocho meses de posibilidad, secreto, deseo, incertidumbre e intensidad con Santiago. Sebas ha sido visto bajo la luz ordinaria de la convivencia, mientras que Santiago quedó congelado en el territorio de lo excepcional y de lo que todavía podía llegar a ser.

He llegado a sentir que, si Sebas —a quien mi mente clasifica injustamente como ordinario— me ama, entonces su amor no demuestra suficientemente mi valor. En cambio, si alguien a quien considero tan especial y diferente como Santiago me necesita, mi propia importancia parece aumentar. Esta jerarquía no describe objetivamente quiénes son ellos; revela el sistema con el que he intentado valorarme a través de las personas.

El amor constante de Sebas no vale menos porque esté disponible. Pero tampoco me obliga a producir un deseo que no siento ni demuestra automáticamente que nuestro matrimonio sea viable. Esa relación debe evaluarse por sus propios hechos, sin convertir a Sebas en refugio contra la soledad ni compararlo continuamente con Santiago. Debo verlo como una persona completa, no como un espejo insuficiente de mi valor.

Santiago tampoco era un proyecto. Era y es una persona libre. Si mi ayuda aumentaba su dependencia de mí y yo necesitaba su admiración para sentirme importante, entonces mi amor estaba mezclado con instrumentalización. Eso no borra lo genuino que hubo en mis sentimientos, pero sí me obliga a depurarlos y a actuar de otra manera.

Dios no depende de mí

Una de las fuentes más fuertes de mi dolor ha sido pensar que le fallé a Dios en el propósito que me había dado con Santiago y que le fallé a Santiago al abandonar la misión de transformar su vida. Ahora comprendo que Dios no depende de mí para salvar ni transformar a nadie.

Pudo haber existido una oportunidad sincera de acompañarlo espiritualmente y ambos pudimos haberla desorientado al mezclarla con otros sentimientos. Puedo reconocer que quebranté mis principios, mentí, oculté, fui infiel y causé daño. Pero nada de eso demuestra que yo fuera indispensable para la salvación o el crecimiento de Santiago. Yo podía plantar o regar; el crecimiento siempre perteneció a Dios.

Arrepentirme no significa permanecer unido a Santiago mediante culpa, sufrimiento o vigilancia. Tampoco significa buscarlo para que su perdón restaure la imagen que tengo de mí. El arrepentimiento debe producir verdad, límites, responsabilidad y una conducta diferente. Si Santiago puede sanar, crecer y acercarse a Dios sin mí, eso no constituye mi fracaso. Confirma que nunca fui su salvador.

Debo cuidar incluso una trampa espiritual más sutil: no convertirlo ahora en la persona extraordinaria que Dios utilizó para revelarme definitivamente mi carácter. Puedo agradecer lo aprendido sin mantener a Santiago como protagonista indispensable de mi transformación. El patrón existía antes de él. Esta relación lo dejó al descubierto, pero el trabajo que debo hacer ahora me pertenece.

Las migajas de pan

He reconocido una conducta concreta que necesito detener. Aunque no he sido capaz de buscar directamente a Santiago, he publicado frases y reflexiones en redes con la esperanza de que las vea, comprenda que todavía lo amo y sea él quien decida buscarme. Es una manera indirecta de mantener la puerta entreabierta y transferirle a él la responsabilidad de reabrir un vínculo que yo deseo, pero sé que no es sano.

Yo mismo le pedí muchas veces que no habláramos. La última vez le dije que debíamos alejarnos. Santiago, con el esfuerzo que eso seguramente implicó, respetó mi decisión. Sería injusto e incoherente dejarle ahora migajas para que regrese y vuelva a exponerse al mismo ciclo.

El hecho de que me haya desbloqueado en sus dos cuentas de Instagram no contiene por sí solo un mensaje que yo pueda descifrar. Puede significar que me superó, que siente curiosidad, que ya no considera necesario bloquearme, que conserva sentimientos contradictorios o simplemente que tomó una decisión digital sin el significado que mi mente quiere asignarle. No conozco sus razones y no necesito conocerlas para decidir qué es sano para mí.

Por eso lo bloqueé nuevamente. No lo hice por venganza, desprecio ni castigo. Lo hice porque entiendo que el acceso alimenta mi ansiedad, mis interpretaciones y la tentación de dejar señales. Bloquearlo es un límite de protección, no un juicio sobre él ni sobre lo que vivimos.

Ahora debo dejar de monitorear la puerta. No comprobaré si me bloquea o desbloquea, no revisaré sus redes por rutas alternativas, no buscaré señales mediante conocidos y no publicaré mensajes destinados consciente o secretamente a él. Antes de publicar algo sobre amor, pérdida o destino, me preguntaré: ¿Publicaría exactamente esto si supiera con certeza que Santiago jamás podría verlo? Si la respuesta es no, lo escribiré en privado.

Lo que sí pudo ser amor

No necesito negar que amo a Santiago para reconocer todas estas distorsiones. El dolor por haberlo herido no demuestra por sí solo que todo fuera amor; también puede proceder de la culpa, el apego y la ruptura de mi autoimagen. La evidencia más importante estará en lo que haga con ese dolor.

Amarlo puede expresarse ahora reconociendo que mi presencia en su vida, mientras yo no haya resuelto la mía, no le hace bien. Puede expresarse aceptando su autonomía aunque eso me quite el lugar que ocupaba. Puede expresarse no provocándolo mediante publicaciones, no exigiéndole que me absuelva y no intentando saber cómo me recuerda. Puede expresarse dejándolo caminar sin mí.

Es posible que Santiago también haya entendido parte de esto. En distintos momentos reconoció que se había entregado y me había cuidado como si fuera mi pareja, pidió coherencia, habló de trabajar en sus heridas y aceptó que la situación podía ser irremediable. Sin embargo, no conozco lo que piensa hoy. Mi intuición puede ser razonable, pero no debo convertirla en una certeza necesaria para mi paz.

Puedo aceptar que quizá me recuerde con amor, dolor, rabia, alivio, contradicción o una combinación de todo. No controlo su proceso, sus razones ni la historia que construya sobre mí. Solo puedo controlar lo que hago ahora.

Un día a la vez

Entender todo esto no eliminará inmediatamente el dolor. Mi mente puede comprender hoy que Santiago se fue, que la relación era inviable y que mi dignidad no depende de su retorno, mientras mi cuerpo y mis emociones todavía lo extrañan y viven la pérdida como un shock. La comprensión ocurre en un momento; la integración necesita tiempo, repetición y experiencias nuevas.

No necesito avanzar emocionalmente a la velocidad de mi inteligencia. Tampoco necesito desacreditar todo lo vivido para poder continuar. Santiago produjo en mí una descarga afectiva muy potente después de doce años de sentir esa parte cerrada: amor, deseo, ilusión, propósito, conflicto, culpa, esperanza y pérdida ocurrieron casi simultáneamente. Es razonable que me tome tiempo procesarlo.

Superarlo no tiene que significar olvidarlo, negar que fue importante o llegar a sentir completa indiferencia. Puede significar integrarlo: recordarlo sin que el recuerdo gobierne mis decisiones; querer que esté bien sin necesitar participar en su vida; aceptar que existió amor sin convertirlo en destino; y recuperar mi capacidad de vivir sin esperar su regreso.

Cuando aparezca el impulso de buscarlo o de dejar una señal, podré preguntarme: ¿Estoy intentando hacer algo bueno para Santiago o estoy intentando restaurar la imagen grandiosa que tenía de mí ante sus ojos? Si estoy intentando recuperar el espejo, la acción correcta será no intervenir.

No debo preguntarme cada día si ya dejé de amarlo. Por ahora es suficiente recordar:

Esto duele porque fue importante, no porque deba regresar. Puedo extrañarlo sin buscarlo. Puedo amarlo sin ocupar un lugar en su vida. Hoy lo dejo libre y me permito comenzar a ser libre también.

Mi decisión

Santi es importante y especial para mí. No sé qué parte de ese sentimiento corresponde a quien él es realmente y qué parte pertenece a la idealización o a lo importante que me sentía cuando me miraba. No necesito resolver hoy esa proporción. Probablemente amé aspectos reales de su ser y también la versión de mí mismo que encontraba reflejada en él.

Sé, sin embargo, que no quiero hacerle daño y no quiero seguir haciéndome daño. Lo nuestro era inviable y ambos sufrimos. Estábamos en momentos y situaciones diferentes de la vida. El amor, por sí solo, no podía convertir nuestra relación en algo sano, justo o posible.

Por eso escojo la ausencia. No como castigo, venganza, desprecio, estrategia ni prueba de amor. La escojo como mecanismo de protección, respeto y coherencia. No necesito que él se entere de mi sacrificio ni que algún día regrese a reconocerlo. La ausencia debe ser real, sin señales, vigilancia, pruebas ni conversaciones imaginarias que condicionen mi vida.

Mi dignidad no depende de su retorno. Mi valor no aumenta por ser necesario para alguien excepcional ni disminuye porque otra persona pueda vivir sin mí. Puedo servir sin salvar, amar sin poseer, acompañar sin convertirme en el centro y ser valioso sin volverme indispensable.

Hoy lo dejo libre. Lo amo, pero no utilizaré ese amor para retenerlo, confundirlo ni mantenerme esperando. Honraré lo que vivimos respetando su decisión y siendo coherente con la mía. Su libertad será mi última demostración de amor; recuperar la mía será mi responsabilidad.

Lo amé de una manera humana: real, pero mezclada con mis heridas. Ahora puedo depurar en mí aquello que lo convirtió en instrumento, sin negar aquello que genuinamente quiso su bien. No sé cómo me recuerda ni necesito saberlo. Hoy lo respeto dejándolo libre y me respeto dejando de buscar mi valor en su regreso.

76 días - Introspeccion y Autoreflexión

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