Cuando el amor no basta… y la verdad sí
No fue algo que ocurrió de un momento a otro. No hubo una pelea definitiva ni un evento puntual que marcara un antes y un después. Fue más sutil, más incómodo, más difícil de enfrentar. Fue darme cuenta, poco a poco, de que llevaba tiempo sin estar realmente presente en mi propia relación.
Once años. Once años construyendo una vida con alguien que fue mucho más que una pareja. Sebas fue mi refugio, mi estabilidad, mi lugar seguro en medio de muchas tormentas personales. Con él encontré una especie de paz que, en su momento, interpreté como amor. Pero con el tiempo entendí que no todo lo que se siente seguro es necesariamente amor, y no toda estabilidad implica conexión genuina.
Mirándolo con honestidad, me doy cuenta de que en algún punto comencé a quedarme no por lo que sentía, sino por lo que representaba. La relación dejó de ser un espacio de encuentro real para convertirse en una especie de estructura que me contenía, que me mantenía en una línea que yo creía correcta. Sin darme cuenta, empecé a usarla como un amuleto: una forma de sentir que estaba haciendo lo que debía, incluso cuando por dentro algo ya no estaba vivo.
El problema es que no enfrenté esa verdad cuando debía. No tuve el valor de detenerme y decir: “esto ya no está funcionando”. Me quedé. Y quedarme, en ese estado, no fue un acto de amor, sino una forma de evitar el miedo. Miedo a perder estabilidad, miedo a enfrentarme a mí mismo, miedo a salir de un lugar que, aunque ya no era auténtico, seguía siendo cómodo.
En ese contexto apareció Santiago. Y no, no llegó como una simple tentación ni como una distracción superficial. Llegó como un espejo. Con él no hubo esfuerzo ni cálculo, no hubo que intentar sentir o construir algo desde la voluntad. Simplemente hubo conexión. Y esa experiencia, más que justificar lo que ocurrió después, me obligó a reconocer una verdad que llevaba tiempo evitando: yo ya no estaba en mi relación.
Lo que vino después no fue correcto. Fui infiel. Y decirlo así, sin adornos, es importante. No fue una confusión ni un accidente emocional inevitable. Fue una decisión, una consecuencia directa de no haber cerrado una etapa cuando correspondía hacerlo. Fue el resultado de haber pospuesto una conversación necesaria hasta que la realidad me alcanzó de la forma más desordenada posible.
Sin embargo, el verdadero punto de quiebre no fue ese momento, sino lo que ocurrió después. Ver a Sebas quedarse, intentar sostener la relación, justificar lo que estaba pasando y aferrarse a la idea de que el amor podía resolverlo todo, fue profundamente confrontante. Porque en ese proceso entendí algo que no había querido aceptar: el amor, cuando se mezcla con miedo, deja de ser amor. Se transforma en dependencia, en negación, en resistencia a enfrentar lo que ya es evidente.
Y yo me estaba convirtiendo en el espacio donde esa negación podía seguir existiendo. Permanecer ahí, en esas condiciones, no era un acto de cuidado, sino de deshonestidad. Deshonestidad hacia él, hacia mí y, en el fondo, hacia Dios.
Durante mucho tiempo utilicé esa relación como una especie de refugio espiritual. Como si estar en ella me garantizara cierta “corrección” moral, como si el compromiso en sí mismo pudiera sustituir el trabajo interno que yo no estaba haciendo. Pero esa idea, aunque cómoda, no era verdadera. No puedes usar a otra persona como contención moral ni convertir una relación en un escudo contra tus propios conflictos internos.
Por eso tomé una decisión. No desde el heroísmo ni desde una narrativa de sacrificio, sino desde la responsabilidad. Decidí soltar. Soltar a Sebas, aunque duela, aunque implique perder un espacio que durante años fue mi hogar emocional, aunque una parte de mí quiera quedarse en lo conocido por simple miedo.
Pero esa decisión vino acompañada de otra, igual de importante y quizá más difícil: no correr hacia otro refugio. No usar lo que siento por Santiago como una salida rápida, como una forma de evitar el vacío o de suavizar el impacto de lo que estoy dejando atrás. Porque entendí que el problema no es con quién estoy, sino desde dónde estoy amando.
Hoy no tengo todas las respuestas. No sé qué lugar ocupará Santiago en mi vida en el futuro ni si lo que siento es algo que está llamado a crecer o simplemente una experiencia que vino a despertarme. Pero sí tengo claridad en algo fundamental: no puedo construir nada verdadero desde el desorden.
Por eso elijo el camino incómodo. El de quedarme conmigo mismo. El de asumir mis decisiones sin justificarme, el de enfrentar mis vacíos sin cubrirlos inmediatamente con otra relación, el de permitir que este proceso me confronte de verdad.
Por primera vez en mucho tiempo, no estoy buscando seguridad, ni estabilidad, ni validación externa. Estoy buscando verdad. Y aunque esa verdad incomoda, duele y desarma, también tiene algo que no había experimentado en años: coherencia.
Y hoy, eso pesa más que cualquier sensación de comodidad que haya intentado sostener antes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario